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Mission Taimanin [ES] - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 Extra Recuerdos Rotos
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35: Extra: Recuerdos Rotos 35: Extra: Recuerdos Rotos “Las ruinas industriales de la antigua ciudad de Tokio – mañana” En las ruinas de una zona industrial de Tokio, donde se podía oler el óxido mojado y la carne quemada, el cielo se convirtió en un trapo gris y sucio que nunca terminaba de llover.

Miko caminaba descalza sobre el asfalto agrietado, los pies sangrando en cada paso, pero el dolor ya no registraba como algo nuevo.

Solo era ruido de fondo, como el viento que arrastraba pedazos de carteles publicitarios rotos y plásticos derretidos.

Ella llevaba el traje estándar del club ninja, un traje similar a un spandex negro de cuerpo entero, pero con la mitad inferior completamente desnuda.

Tenía las piernas y los muslos expuestos.

No se molestaba en cubrirlos, nadie la miraba, ya que los pocos que quedaban vivos en esta zona o estaban locos o ya habían aprendido a no mirar a extraños a solas.

Miko se detuvo frente a lo que antes era una estación de tren elevada.

Ahora solo quedaban los pilares de hormigón y un vagón volcado que servía de refugio a ratas mutadas.

Se sentó en el borde de un andén roto, abrazando sus rodillas.

El viento le levantó el cabello y le mostró sus manos, todavía marcadas por cicatrices finas y rosadas que formaban patrones casi artísticos.

Líneas de garras, mordidas curadas, quemaduras eléctricas que habían sanado demasiado rápido para ser humanas.

Ella cerró los ojos y los recuerdos llegaron como cuchillos calientes.

“Primer recuerdo” Ella tenía trece años.

La casa aún olía a la cena que su madre había preparado antes de salir a “trabajar hasta tarde”.

Miko estaba en su habitación, abrazando la almohada, cuando escuchó la puerta principal abrirse con violencia.

Risas.

Voces de hombre.

El olor a alcohol barato y perfume caro.

Ella se levantó descalza y caminó por el pasillo oscuro hasta la puerta entreabierta del dormitorio de sus padres.

Allí estaba él.

Su padre, con los pantalones en los tobillos, follando con una mujer de cabello rojo fuego que gemía como si estuviera en una porno barata.

La mujer tenía la piel demasiado perfecta, los pechos demasiado grandes, la cintura imposible.

Miko se quedó paralizada en la puerta, viendo cómo el miembro de su padre entraba y salía de esa carne desconocida.

La mujer giró la cabeza hacia la puerta y sonrió; sus ojos eran rojos como sangre fresca, y detrás de ella, por un segundo, Miko vio alas membranosas y una cola que terminaba en corazón que se movía como si tuviera vida propia.

Entonces todo se volvió borroso.

Mareo.

Náuseas.

Miko apretó la muñeca de plástico que llevaba en la mano hasta que el plástico crujió y se partió, sintió un calor húmedo entre las piernas y se dio cuenta de que se había orinado encima del miedo.

Su padre nunca la vio, pero la súcubo sí.

“Segundo recuerdo” Varios años después, Miko quiso darle una visita sorpresa a su madre en el apartamento donde se hospedaba, estaba participando en una gran película, por lo que pensó que su presencia la ayudaría.

Fue así que ella ingresó al apartamento de su madre para darle una gran sorpresa, pero la sorprendida fue ella al ver a su madre chupándosela a un anciano decrépito y peludo, que en realidad era el director de la película en la que su madre actuaba.

Por un descuido fue descubierta; su madre y el director entraron en pánico.

Ella trató de hablar, pero un disparo le cortó la voz.

Miko miró al frente y vio a su madre, con una pistola en mano y con una expresión de odio y locura.

Ella no dijo nada, solo disparó como una loca; por suerte, una loca es una mala tiradora, por lo que Miko logró escapar.

Ella corrió por la ciudad, asustada, muy asustada, hasta que finalmente llegó a un almacén abandonado donde se escondió acurrucada detrás de unas cajas, temblando de frío y hambre, intentando entender lo que estaba pasando, pero fue inutil.

Fue en ese momento que Hammer “o mejor dicho, yo en mis días de control” la encontró.

Él no dijo nada al principio, solo se agachó y le levantó la barbilla con sus dos dedos.

—¿Quieres dejar de tener miedo?

Miko asintió sin pensar.

Hammer sonrió, una sonrisa que no llegaba a los ojos; luego la levantó como si no pesara nada y la llevó a una mesa oxidada.

Le arrancó la ropa con una mano mientras con la otra le sujetaba las muñecas por encima de la cabeza.

No había preliminares, no había palabras dulces.

Solo el sonido de su cremallera bajando y el roce frío del metal contra su piel.

Cuando entró en ella de un solo empujón, Miko gritó hasta quedarse sin voz.

Sangró, más de lo que se esperaba, pero Hammer no paró.

Siguió embistiendo con fuerza mecánica, cada golpe haciendo que su cuerpo delgado rebotara contra la mesa.

Las lágrimas le corrían por las sienes, mezcladas con el sudor y la sangre.

—Llora todo lo que quieras —le dijo mientras le apretaba un pecho con tanta fuerza que dejó marcas de dedos —El dolor es solo el principio.

Cuando terminó dentro de ella, mi esencia especial le quemó las entrañas.

Miko sintió cómo algo dentro de su vientre se retorcía, como si estuviera vivo, en ese momento ella vomitó bilis y lágrimas al mismo tiempo.

El parásito demoníaco que le había implantado se esparció por todo su interior, alterando su fisiología y su mente.

—Ahora ya no tienes miedo.

Solo tienes hambre de más.

Y tenía razón.

Cuando el proceso terminó, ella se convirtió en la primera taimanin artificial creada con éxito.

“Tercer recuerdo” Después de su transformación, Hammer llevó a Miko a diferentes lugares como sótanos, azoteas, coches abandonados y demás sitios donde siempre la follaba hasta que perdía el conocimiento, siempre llenándola hasta que su vientre se hinchaba ligeramente por el volumen.

Siempre la dejaba tirada con el semen goteando entre sus muslos.

Una noche, en un parking subterráneo, Hammer trajo algo nuevo, cadenas de metal negro que se movían solas.

Las enrolló alrededor de sus muñecas y tobillos, y la levantó en el aire como si ella fuera una marioneta.

—Vamos a ver cuánto aguantas —le dijo.

Las cadenas comenzaron a apretar.

Miko sintió sus huesos crujir y comenzó a gritar de dolor hasta que su voz se quebró.

Hammer se colocó debajo de ella y la penetró desde abajo mientras las cadenas tiraban de sus extremidades en direcciones opuestas.

El dolor era tan intenso que Miko se orinó encima de él sin poder evitarlo.

—Buena chica —dijo —Ahora entiende por qué te elegí.

Miko no respondió.

En esa pose extrema ambos cogieron hasta que finalmente Hammer se vino dentro de ella; el semen entró tan profundo que Miko sintió como si le estuviera quemando el útero desde dentro hasta que finalmente perdió el conocimiento.

Al despertar estaba sola; las cadenas habían desaparecido, su cuerpo estaba limpio, como si nada hubiera pasado.

Pero… algo estaba extraño, algo en su espalda se movía, algo vivo, algo que no era humano.

… “De regreso a la realidad” Miko abrió los ojos en las ruinas, con el viento secándole las lágrimas en las mejillas.

Ella se tocó los hombros, recordando antiguas cicatrices que ya habían desaparecido.

Ella aún seguía sentada, con sus dos grandes alas negras extendidas que parecían cortar el viento y la lluvia que caía.

Hasta que los recuerdos del demonio que se fusionaron con su alma volvieron a su mente, recordando una vida tormentosa.

“Primer recuerdo de la demonia” El mundo demoníaco no tiene nombre propio.

Los que nacen allí simplemente lo llaman “el Lugar donde nada muere del todo”.

Es un paisaje de lava negra que fluye como sangre espesa, montañas de hueso carbonizado que se agrietan y vuelven a soldarse solas, cielos perpetuamente rojos y nubes que llueven ácido en lugar de agua.

El aire sabe a hierro y en muchos lugares a semen quemado.

Nacer en el peor lugar del mundo demoníaco es una sentencia de muerte; aquí los niños no tienen nombre, solo un número grabado con hierro candente en la base del cuello.

En ese mundo cruel la demonia nació de un útero experimental.

Una súcubo de bajo rango que había sido inseminada con esencia de orco y sangre de un dios menor decapitado.

El parto duró tres días; la madre se desgarró desde el perineo hasta el esternón tratando de expulsarla, y cuando finalmente salió, la criatura ya tenía alas membranosas rotas, cuernos incipientes y ojos violetas que brillaban como lunas en la oscuridad.

La separaron de la madre agonizante antes de que pudiera mamar; la arrojaron a una jaula de huesos vivos que se contraían cada vez que ella lloraba, siendo sus primeros recuerdos de una vida tormentosa.

Primero, manos con garras la levantan por las alas aún húmedas y la empalan en una estaca de obsidiana caliente.

El dolor era tan absoluto que su mente se apaga por segundos, pero el cuerpo se regenera al día siguiente.

Luego, tentáculos de carne negra la envuelven, penetrando todos sus orificios al mismo tiempo.

Uno de ellos le atraviesa la garganta hasta el estómago, otro le abre el útero como si fuera una flor podrida, y un tercero le llena la vejiga hasta que explota y se recompone.

Cada orgasmo forzado es un nuevo descubrimiento para sus crueles amos.

Luego le cortan los cuernos una y otra vez para ingredientes médicos; sus cuernos vuelven a crecer más grandes, pero más sensibles, lo que aumenta la agonía.

Cada regeneración duele como si le arrancaran el cráneo, pero a sus amos eso no les importa.

Y finalmente la atan a un altar y dejan que cientos, quizás miles, de demonios menores abusen de ella convirtiéndola en una madre de cría.

En esa posición ella fue obligada a parir una y otra vez, criaturas deformes que rasgan su camino hacia afuera, que se alimentan de su placenta y luego intentan devorarla a ella.

Siempre la salvan en el último segundo, no por piedad, solo para que el ciclo continúe.

En algún momento dejó de gritar; el dolor se volvió ruido blanco y el placer, una traición que su cuerpo le hacía sin permiso.

Hasta que un día, o lo que allí se considera un día, aquel campo de cría masiva fue atacado por una poderosa y despiadada criatura que no solo exterminó a los amos, sino que además abrió las jaulas para que todos los prisioneros pudieran escapar de aquel infierno.

Cuando su jaula se abrió, ella saltó y cayó contra el suelo; sus alas colgaban inertes, rotas en varios sitios, su vientre estaba hinchado por la última camada que había parido horas antes, por lo que le dolía a horrores el cuerpo.

Aun así se arrastró hacia el siniestro demonio que los había salvado, no por sumisión, sino porque estaba muriendo y no quería morir de esta forma.

Cuando el demonio de ojos rojos y cabello blanco la vio, la levantó y la observó, como quien evalúa una herramienta rota, pero que puede ser útil.

Cuando terminó, levantó la barbilla de la demonia con sus dos dedos y le pregunto —¿Quieres que termine?

La demonia no respondió con palabras, solo abrió la boca y dejó que él la besara; fue el primer contacto que no dolía en toda su vida.

Un beso amable entre un poderoso dios y una criatura insignificante.

Fue así que ella fue consumida por su salvador, entrando en su interior como un parásito en el cuerpo de su salvador, y ahí estuvo hasta que años después despertó en el cuerpo de una humana frágil llamada Miko Shimizu.

… “De regreso a la realidad” Las ruinas seguían lloviendo, y las alas de Miko continuaban creciendo.

Miko, o lo que quedaba de ella, se levantó lentamente del borde del andén roto.

Las alas negras se plegaron contra su espalda con un sonido húmedo, como tela empapada siendo estrujada.

El traje ninja rasgado colgaba de su cuerpo como una segunda piel muerta; el viento le pegaba la tela a los muslos y al vientre, marcando cada cicatriz que ya no dolía físicamente, pero que ardía en la memoria.

Caminó sin rumbo fijo entre los escombros, con los pies descalzos pisando vidrios rotos y metal oxidado.

No sentía el corte.

Solo sentía el peso de los recuerdos que ahora eran uno solo: la niña humana que vio a su padre follando con una súcubo, la niña que vio a su madre chupándosela a un viejo director, la niña que Hammer encontró temblando en un almacén y que se convirtió en su primer experimento vivo.

Y también la demonia que nació para ser rota, consumida y renacida dentro de un dios que luego se partió en cinco.

Ella se detuvo frente a una estructura derrumbada que alguna vez fue un cartel luminoso.

Ahora solo quedaba el esqueleto de metal retorcido.

Se sentó en él, abrazando sus rodillas otra vez, y esperó.

No tardó mucho.

El aire se cargó de ozono y truenos lejanos revelaron una silueta en la niebla de lluvia; era Hammer que había venido por ella, deteniéndose solo a unos metros.

Hammer no habló de inmediato, solo la miró, como si evaluara si la Miko que tenía al frente aún era útil o si ya era hora de desecharla.

Aunque esto solo son ideas de ella, una desconfianza nacida de sus trágicas experiencias.

Miko levantó la vista; sus ojos violetas brillaban con lágrimas que ya dejaron de caer.

—¿Por qué me hiciste esto?

—dijo con la voz rota.

Hammer no respondió.

Miko se puso de pie; las alas se extendieron solas, temblando de rabia contenida.

—¡¿Por qué me violaste?!

¡¿Por qué me salvaste?!

¡¿Por qué me convertiste en… esto?!

—Su voz subió de tono; ahora la demonia hablaba gritando —¡Yo no pedí nacer en ese infierno!

¡No pedí que me abrieran el útero una y otra vez!

¡No pedí que me llenaran de huevos y larvas hasta que mi cuerpo se rompiera y se recompusiera solo para volver a romperse!

¡Y no pedí que tú… que tú me consumieras como si fuera un puto parásito!

Las lágrimas finalmente cayeron; Miko y la demonia lloraron juntas, como una sola persona.

Hammer dio un paso adelante apareciendo al frente de ella; Miko quiso retroceder, pero se detuvo.

Hammer le levantó el mentón, igual que él le había hecho tantas veces.

—Te odio —susurró—.

Te odio por convertirme en esto.

Por hacerme recordar que antes de ser tu esclava fui una incubadora viviente para demonios que me odiaban más que yo misma.

Por hacerme recordar que mis padres siempre me odiaron y que mi madre intentó matarme.

Hammer la miró en silencio.

Miko dio un paso hacia él, luego otro y otro hasta quedar a centímetros de su rostro, y fue en ese momento que ella finalmente se derrumbó.

Se dejó caer de rodillas frente a él; sus alas se plegaron como si quisieran protegerla del mundo, mientras ella agarraba la tela de su pantalón con sus dedos temblorosos.

—Sella todo —suplicaron ambas —Por favor… sella los recuerdos otra vez.

No quiero saber quién fui antes.

No quiero recordar las estacas, los tentáculos, los partos, la jaula de huesos… No quiero recordar que mi madre me vendió por una carrera ni que mi padre me cambió por una súcubo.

No quiero recordar que tú me salvaste solo para romperme de otra forma.

Hammer se agachó lentamente; con sus dos dedos volvió a levantarle la barbilla al igual que siempre lo hacía.

Miko lo miró con ojos vidriosos, llenos de lágrimas y algo más.

Resignación absoluta.

—Quiero volver a ser la Miko que te chupa la polla bajo el escritorio y gime cuando me azotas.

Quiero volver a ser la que se moja solo con oler tu esencia.

Quiero olvidar que alguna vez quise morir… porque al menos contigo el dolor viene con placer.

Al menos contigo no soy solo carne para parir monstruos.

Hammer no sonrió; quizás por primera vez en su vida no quería actuar ni ser parte de algo, así que me toca a mí actuar ya que después de todo soy el demonio.

Y estas cosas son normales para mí.

—¿Estás segura?

Miko asintió, sollozando.

—Hazlo.

Por favor.

Séllalo todo.

Déjame ser tu puta feliz otra vez.

No quiero esta verdad.

No la soporto.

Suspiré, toqué su frente con mi mano, fluyendo energías negras y rojas hacia su sien.

Ella se estremeció.

Los recuerdos comenzaron a desvanecerse como tinta diluida en agua: la jaula, los partos, la madre, la súcubo, el beso devorador, el corazón arrancado y restituido.

Cuando terminó, Miko parpadeó varias veces y sus alas se retrajeron hasta desaparecer por completo.

Le devolví el control a Hammer, para que se haga responsable de lo que habíamos creado.

Miko se levantó despacio, tambaleante; miró a Hammer con ojos confusos, pero ya sin lágrimas.

—¿Amo…?

—preguntó, voz suave, casi infantil—.

¿Qué… qué pasó?

Me duele la cabeza… Hammer le acarició el cabello con una ternura que no mostraba casi nunca.

—Nada importante —dijo —Solo un mal sueño.

Ven.

Vamos a casa.

Miko sonrió débilmente, se pegó a su costado y caminó con él bajo la lluvia, pero en el fondo de su mente, muy en el fondo, algo oscuro se removió una última vez… y sonrió también.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES H47_Thevil Tu regalo es la motivación para mi creación.

¡Dame más motivación!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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