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More than just humans - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Acusación absurda
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1: Acusación absurda 1: Acusación absurda Un niño llamado Sebastián, de tan solo cinco años, jugaba tranquilo con sus amigos en la calle.

Corrían, reían y se empujaban sin preocuparse por la hora, hasta que el cielo empezó a oscurecerse y los adultos comenzaron a llamarlos desde las casas.

Sebastián se despidió de los demás y tomó el camino de regreso.

Las luces de los postes ya estaban encendidas y la calle, casi vacía, se sentía más larga de lo normal.

Caminaba distraído, pateando una piedrita, cuando, de repente, encontró el cuerpo sin vida de una persona tirado en medio de la calle.

Se detuvo en seco.

El corazón le dio un salto.

Avanzó unos pasos, temblando, sin entender qué estaba viendo.

El cuerpo no se movía.

El aire estaba pesado, silencioso.

Sebastián tragó saliva y dio otro paso, sin dejar de mirar al desconocido.

En ese momento, detrás de él, alguien lo vio.

Era su prima.

Se quedó paralizada al ver a Sebastián junto al cadáver y, como si recordara algo que le habían dicho antes, las palabras le salieron casi sin pensar.

La voz de su tía resonó en su memoria: “Si lo ves cerca del cuerpo, culpa a Sebastián”.

—¡Sebastián mató a alguien!

¡Sebastián mató a alguien!

—gritó, con los ojos llenos de miedo y confusión.

El grito atravesó la calle.

Las puertas se abrieron de golpe, las luces de las casas se encendieron y la familia de Sebastián salió corriendo.

Lo encontraron junto al cuerpo, con la cara pálida y los ojos llenos de lágrimas.

No preguntaron qué había pasado.

No escucharon una sola explicación.

Lo rodearon y comenzaron a golpearlo mientras lo insultaban.

Sebastián levantó los brazos para protegerse, llorando sin control.

—¿Por qué lo hiciste?

—gritó su tio—.

¡Te has convertido en un maldito asesino!

—Yo… yo no… —intentó decir Sebastián, ahogándose en llanto.

Un poco más atrás, la tía de Sebastián observaba la escena con calma, sin mover un dedo para detenerlos.

Una sonrisa fría se dibujaba en su rostro, como si todo estuviera saliendo exactamente como quería.

Poco después llegó la policía, alertada por los gritos.

Los oficiales revisaron el cuerpo de la persona tirada en el suelo, hablaron con algunos familiares y escucharon la versión de la prima, que señalaba a Sebastián una y otra vez.

La tía se acercó a los agentes, les susurró algo al oído y les deslizó discretamente un fajo de billetes.

Ninguno se negó.

Sebastián fue esposado como si fuera un criminal peligroso.

No le dieron tiempo de abrazar a nadie ni de defenderse.

Solo alcanzó a mirar a su alrededor, buscando a alguien que creyera en él.

En la comisaría, lo llevaron a una sala de interrogatorios demasiado grande para un niño tan pequeño.

Lo sentaron en una silla metálica y lo miraron desde arriba.

—¿Qué sabes del cuerpo de esa persona?

—preguntó uno de los oficiales.

—Nada… Yo solo lo vi en el piso —respondió Sebastián, con la voz rota.

—Si mientes, será peor para ti —dijo el otro, golpeando la mesa.

Sebastián repitió una y otra vez que no había hecho nada, que solo estaba de camino a casa.

Pero cada palabra parecía convencerlos menos.

Al final lo dejaron solo, rodeado de paredes grises, con la vista borrosa por las lágrimas.

Días después llegó el juicio.

Sebastián entró a la sala esposado, con los pies pequeños arrastrando el peso de las cadenas.

Buscó a su familia entre la gente y los encontró sentados en una de las bancas.

Esperaba ver preocupación, miedo, algo de duda.

Solo encontró odio.

Lo observaban como si ya estuviera condenado.

Nadie le sonreía, nadie apartaba la mirada con culpa.

Para ellos, el niño que conocían había dejado de existir.

El juez leyó los cargos, escuchó testimonios y, sin que nadie defendiera de verdad a Sebastián, dictó sentencia: nueve años de cárcel.

Nueve años para un niño de cinco.

Lo llevaron a prisión y las rejas se cerraron detrás de él con un sonido seco que se le clavó en el pecho.

La celda era fría, la cama dura y el pasillo se llenaba de pasos y llaves que sonaban a cada rato.

Sebastián se sentó en la cama, abrazó sus rodillas y miró el suelo.

Afuera, el mundo seguía su curso.

Adentro, solo quedaban sus lágrimas y una pregunta que no dejaba de repetirse en su cabeza: “Si no hice nada… ¿por qué todos creen que soy un asesino?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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