More than just humans - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Masacre de los Vigaraciel
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30: Masacre de los Vigaraciel 30: Masacre de los Vigaraciel Meretori, Yuzata y Paola salieron de la casa de Paola.
El sol se había puesto, tiñendo el cielo de un púrpura oscuro salpicado de estrellas tempranas.
El aire nocturno era fresco, cargado con el aroma de tierra húmeda y hojas secas del bosque cercano.
—¿Paola, podemos pasar la noche aquí?
—preguntó Meretori, frotándose los hombros contra el frío.
—Claro, entrad —respondió ella con una sonrisa cansada, abriendo la puerta chirriante.
Al cruzar el umbral, el calor de la chimenea los envolvió, contrastando con la noche gélida.
Paola cerró la puerta y se giró, con los ojos brillando de determinación.
—Podemos aprovechar para pelear con el demonio.
Viene constantemente a mi casa.
—¿Por qué no nos lo dijiste antes?
—Meretori arqueó una ceja, sorprendido.
—No sé…
Jeje, supongo que no quería preocuparlos —rió ella nerviosamente, rascándose la nuca.
—¿A qué hora suele aparecer?
—insistió Meretori, cruzando los brazos.
—No lo sé con exactitud.
A veces a las 12:00 a.
m., otras por las tardes.
Pero creo que hoy será a medianoche.
Aunque…
sé dónde está su escondite —reveló Paola, señalando hacia el bosque con un dedo tembloroso.
—¡Bueno, descansemos entonces!
—gritó Meretori, exhausto.
De pronto, sus ojos se cerraron y cayó al suelo como un saco, roncando al instante.
Yuzata sacudió la cabeza con una media sonrisa y se acomodó en un mueble viejo, cubriéndose con una manta raída.
Paola subió al segundo piso a su dormitorio, donde la luz de una vela parpadeaba sobre fotos familiares polvorientas.
**Al día siguiente, amanecer gris.** Meretori despertó con un bostezo, el suelo duro le había dejado un dolor en la espalda.
Subió las escaleras crujientes hasta el dormitorio de Paola.
La escena lo paralizó: una figura roja con máscara negra estrangulaba a Paola contra la pared.
Sus ojos desorbitados suplicaban aire.
—¡Suéltala!
—rugió Meretori, lanzándose con un puñetazo que hizo volar la máscara.
La figura roja retrocedió, tambaleante.
—¡Yuzata!
¡Lleva a Paola a un lugar seguro!
—ordenó Meretori mientras sostenía a la figura por el cuello.
Yuzata irrumpió, cargó a Paola semiinconsciente sobre el hombro y bajó corriendo.
Meretori arrastró a la figura al suelo, presionando su rodilla contra su pecho.
—¿¡Quién eres!?
—gruñó, jadeante.
La figura se quitó los restos de la máscara con manos temblorosas.
Su rostro pálido y marcado por cicatrices emergió bajo la luz mortecina.
—Scott —susurró con una sonrisa torcida.
De repente, la televisión del dormitorio crepitó.
El canal de noticias mostraba imágenes caóticas: la casa de los Vigaraciel en llamas, cuerpos cubiertos en el jardín.
“Masacre familiar: toda la familia Vigaraciel asesinada.
El principal sospechoso, Scott Vigaraciel, huyó.” —¡Fuiste tú, Scott!
—Meretori lo sacudió con furia, los nudillos blancos—.
Todos estos años te cuidé cuando estabas encerrado…
¿Qué aprendiste?
¡Eres un tremendo hijo de puta!
¡Definitivamente no eres humano!
Scott soltó una risa ahogada, sus ojos brillando con malicia.
—Sí, fui yo, Meretori.
Grabé los mensajes que le dan a Sebastián.
Ojalá los lea…
y sufra.
Meretori, con venas hinchadas en el cuello, llamó a gritos: —¡Yuzata!
El joven subió, katana envainada al cinto.
—¿Dónde dejaste a Paola?
—Abajo, en el sofá —respondió Yuzata, frunciendo el ceño.
—¡Eres un pendejo!
¡Hubieras ido lejos de la casa!
—regañó Meretori—.
Necesito que mates a este tipo —señaló a Scott con desprecio.
—No quiero…
¿Por qué lo haría?
—Yuzata retrocedió un paso, dubitativo.
—¡Yuzata, este monstruo mató a la familia de Sebastián!
No a toda, pero los masacró.
¡Mira cómo sonríe!
A diferencia de Michael, este ya no es humano.
Yuzata miró a Scott.
La sonrisa sádica, los ojos vacíos de remordimiento…
Un asco visceral le subió por la garganta.
Desenvainó la katana con un silbido metálico y, en un arco limpio, decapitó a Scott.
La cabeza rodó, salpicando sangre oscura.
Sin palabras, Yuzata cavó un hoyo profundo —70 metros bajo tierra, en el bosque— y enterró los restos, cubriéndolos con tierra apisonada.
Meretori alzó a Paola, aún débil, y se dirigieron a la casa de Sebastián.
Al llegar, Minara abrió la puerta, ojerosa.
—Solo venimos a dejar a Paola.
Vamos a hacer algo importante —dijo Meretori, depositándola con cuidado.
Sin más, se adentraron en el bosque espeso.
Ramas bajas arañaban sus rostros mientras seguían un sendero oculto hasta una cueva húmeda.
Un hedor a podredumbre los golpeó.
Dentro, una criatura horrible emergía de las sombras: el Demonio de la Destrucción, con cuernos retorcidos, piel negra agrietada y ojos como brasas ardientes.
Rugió, haciendo temblar las rocas.
**Por otro lado, en un lugar desconocido…** Yunhame, envuelto en sombras, hablaba con una mujer semidesnuda, Yuki, cuya piel brillaba con un fulgor.
—¿Los trajiste?
—preguntó Yunhame, lamiéndose los labios.
—Sí, Yunhame —susurró ella.
Yunhame entró a una casa abandonada.
Dentro, 1000 personas encadenadas lo miraban aterrorizadas.
Con una guadaña ensangrentada, las decapitó una a una en un frenesí carmesí.
El suelo se empapó de rojo.
Se irguió, cubierto de sangre, y rio maniacalmente.
—2029 será el puto infierno.
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