More than just humans - Capítulo 69
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Capítulo 69: ¡Eres invencible!
ahora puedes corregir hacerlos más fluido ve la jinete de la armadura roja es el jinete de la peste más largo y con palabras que lo hagan fluidos y las escenas más emocionantes
El hechizo hipnótico de los ojos de Suka se disipó como niebla al amanecer, liberando a Sorudoma de su parálisis. Con un jadeo gutural, sus piernas se regeneraron en un instante —un crujido viscoso y repulsivo resonó en el aire cargado de polvo—, y un rugido salvaje brotó de su garganta deforme. Se lanzó contra Sebastián como una avalancha de carne y furia demoníaca.
Sebastián, con reflejos afilados por la adrenalina, esquivó el embate por milímetros. Su puño surcó el aire como un relámpago y se estrelló contra la mandíbula de Sorudoma con un crujido ensordecedor. Huesos se astillaron; la cabeza del monstruo se ladeó violentamente, mandíbula colgando rota en un ángulo imposible. Sorudoma retrocedió tambaleante, pero ya la carne gris se retorcía, regenerándose con chasquidos húmedos. Se enderezó, escupiendo sangre negra, y gruñó con voz dual y siseante:
—Es verdad, pegas fuerte, mocoso… pero ya verás.
—¿Qué? —replicó Sebastián, tensando los músculos, el corazón martilleándole en el pecho.
Sorudoma cerró los ojos, juntó las manos nudosas en un gesto arcano y se sentó en el suelo agrietado, ignorando el caos a su alrededor. Sus labios se movieron en cánticos antiguos, un murmullo que vibró como un terremoto subterráneo, haciendo temblar la tierra herida. El aire se espesó, cargado de ozono y maldad primordial. Finalmente, alzó la cabeza y rugió al cielo:
—¡Equites Apocalypsis!
Sebastián retrocedió de un salto, el suelo rugiendo bajo sus pies como si el planeta mismo gritara de agonía. Sus ojos se abrieron como platos al comprender: «Jinetes del Apocalipsis… en latín. ¿Los está invocando? ¿Fumijashi aparecerá?»
Cuatro relámpagos negros desgarraron el firmamento ceniciento, impactando con estruendo al lado de Sorudoma. El polvo se arremolinó en torbellinos furiosos, y de las grietas emergieron cuatro figuras femeninas envueltas en armaduras relucientes, pasos resonando como martillos divinos. Avanzaron en formación implacable hacia Sebastián, sus siluetas recortadas contra el cielo apocalíptico. El aire se llenó de un hedor a muerte y azufre. Se detuvieron a escasos metros, y Sebastián sudó frío, el pulso atronándole los oídos:
«Están las cuatro… ¿Una es Fumijashi? Parece que hay un nuevo Jinete. El antiguo lo maté yo, y era hombre. ¡Maldita sea, ¿qué hago? ¿Estarán a salvo los primos de Vanessa, su familia… ella?»
Por otro lado…
Mientras el mundo superficial ardía, en un búnker subterráneo vasto como una catedral olvidada, Meretori llevaba minutos zigzagueando entre miles de refugiados apiñados. El lugar era un hormiguero humano: familias acurrucadas, niños con ojos asustados, soldados murmurando oraciones. Se rascó la cabeza, desorientado: «¿Quiénes son todas estas personas? ¿Refugiados del cataclismo?»
De pronto, las luces fluorescentes cobraron vida con un zumbido, revelando la magnitud del complejo: un coliseo subterráneo con gradas repletas. En el centro, un escenario imponente. Una figura subió con paso firme: una mujer alta, de ojos cerrados y pelo corto negro, traje formal ceñido a un físico atlético esculpido por la disciplina. Una insignia venezolana brillaba en su pecho izquierdo. Su voz, suave y con un matiz tierno inevitable, resonó amplificada:
—Damas, caballeros, niños… escúchenme. Por ahora, llámenme Mei —no es mi nombre real, solo un seudónimo que adoro. Tengo 21 años y soy la presidenta de Venezuela. Tomé el cargo tras el asesinato del dictador Nicolás Maduro, el 5 de diciembre. Están a varios metros bajo tierra. Arriba, un joven pelea contra uno de los mayores asesinos de la humanidad… casi superando a Yunhame. Si pierde, seamos honestos: nos morimos todos. Si gana, será nuestro héroe. Héroe internacional. Hay miles de bases como esta, con gente de todos los países. Gracias por su atención.
Hizo una pausa, sudando levemente bajo las luces. —Antes de irme, invito al escenario a: Vanessa —la albina—, Meretori —otro seudónimo—, Morgan Montnen, Sofía Montnen, Balero Montnen, Alexandra o Verónica Montnen, Gabriel Montnen… y Fumijashi. ¡Byee, público! Les pongo la pelea en la pantalla gigante detrás de mí.
Con manos temblorosas por los nervios, Mei activó un control remoto. La transmisión en vivo de Sebastián vs. Sorudoma llenó la pantalla: cámaras ocultas y drones capturaban cada golpe. De repente, una presión aplastante le estrujó el pecho; un dolor lancinante la derribó al suelo, jadeante. Meretori, subiendo al escenario, corrió hacia ella:
—¿Señorita, está bien?
Mei lo vio, se sonrojó hasta las orejas y se incorporó de un salto, alisando su traje:
—No, tranquilo, Meretori. No te preocupes. Siempre me pasa esto…
Giró hacia la pantalla, vio a Sebastián retrocediendo ante los Jinetes, y al público:
—¡Gente del mundo, aquí reunida! ¡Démosle ánimo! ¡Él los recibirá con la ayuda de Adán, que está a mi lado usando su técnica de invisibilidad!
Adán se materializó con una sonrisa pícara, sentándose despreocupado. Mei, sudando más, repitió con voz trémula.
En todas las bases subterráneas globales, militares, adultos, niños, ancianos —incluso arcángeles entre las sombras— se pusieron firmes. Un rugido unísono estalló como un cañón:
—¡VAMOS, SEBASTIÁN! ¡ERES INVENCIBLE!
Adán canalizó esa energía vital: un torrente de esperanza, rabia y ganas de vivir fluyó hacia Sebastián, junto a un mensaje etéreo:
«¡Anímate! Vanessa te ve, no la decepciones. No decepciones a esta gente. ¡Beast salió de tu cuerpo y te anima! ¡Vamos, muchacho!»
Siguiendo en la pelea
Sebastián, acorralado, dio pasos atrás ante las presencias abrumadoras. Pero entonces… lo sintió. Una oleada cálida, como un millón de almas rugiendo en su sangre. Fuerza pura. Buscó las cámaras, halló un dron flotante y sonrió desafiante, alzando el pulgar. Mei, en el búnker, sintió esperanza brotar en su pecho.
En un borrón supersónico, Sebastián apareció detrás del Jinete de armadura roja carmesí—la más siniestra, su yelmo ocultando un aura de podredumbre letal—. Su puño voló como un misil… pero ella se quitó el casco con un movimiento fluido, revelando cabello oscuro enmarañado.
Sebastián se paralizó en shock, el golpe congelado a centímetros:
—¿Zara?
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