More than just humans - Capítulo 70
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Capítulo 70: Lucifer
Sebastián retrocedió de un salto, el corazón en la garganta al reconocer —o creer reconocer— ese rostro bajo el yelmo. «¿Zara? No puede ser…» El mundo en el búnker subterráneo contuvo el aliento: Mei se mordió el labio, Vanessa palideció aún más, y un murmullo de preocupación serpenteó por las gradas repletas. «¿Quién es esa? ¿Por qué se detiene? ¡No bajes la guardia, Sebastián!» gritaron voces dispersas, el rugido colectivo convirtiéndose en un zumbido ansioso.
En su mente, Sebastián hilvanó los hilos del caos a velocidad cegadora: Conozco bien a mi prima. No la he visto desde mis cinco años, pero sé cómo se vería ahora. Si el autor de la masacre Vigaraciel fue Yunhame —o mejor dicho, Sorudoma—, este bastardo pudo mantenerla cautiva como respaldo. Si el débil Jinete de la Peste moría, ¿qué mejor contenedor? Y está lo de los demonios primordiales… Sé que hay espíritus malditos que poseen cuerpos, con su propia conciencia intacta, borrando la del huésped. Estoy un 50% seguro: eso no le pasó a mi primita Zara.
La mujer terminó de quitarse el casco con un movimiento deliberado, mechones oscuros cayendo como serpientes vivas. Sus ojos amarillentos perforaron los de Sebastián, brillando con una malicia que no era humana. Él confirmó su teoría, voz firme pese al torbellino interno:
—¿Zara Vigaraciel, no?
—Exacto, amor… solo que es su cuerpo. No su conciencia —ronroneó la supuesta Zara con voz provocativa, un gorgoteo seductor teñido de podredumbre, labios curvándose en una sonrisa que prometía plagas y éxtasis prohibido.
Sebastián sonrió como un desquiciado, ojos encendidos de furia maníaca. Juntó las manos en un sello arcano, energía crepitando en sus palmas como un tormenta contenida.
Sorudoma lo vio venir y rugió, voz tronando sobre el polvo:
—¡Mujeres, deténganlo! ¡Rápido!
Los cuatro Jinetes se lanzaron al ataque como lobas infernales: armaduras reluciendo, el aire cargándose de azufre y muerte. La Peste lideraba, nubes tóxicas brotando de su yelmo abierto; los otros cargaban con lanzas y espadas que silbaban promesas de aniquilación.
Por otro lado…
En el techo de un edificio cercano, azotado por vientos cargados de ceniza, una figura con sudadera azul oscuro y encapuchada observaba la pelea con expresión gélida como el vacío eterno. Al borde del abismo, analizaba cada movimiento con precisión quirúrgica. Pasos resonaron por la puerta oxidada —pasos familiares, medidos.
Es Suka, mi hermano. Conozco su pisada como la mía propia.
Suka se detuvo a metros, silueta recortada contra la puerta. Su voz cortó el viento:
—Yunhame… o mejor dicho, Lucifer. ¿Qué haces aquí?
—Observando la pelea. Analizando al muchacho que enfrenta a Sorudoma —respondió el supuesto Lucifer, tono plano como una hoja de hielo, sin volverse.
—Lucifer, no te voy a ayudar a asesinar más gente. Seguiré en la Tríada Oscura, pero no participaré en masacres —declaró Suka con frialdad glacial, puños apretados.
—Está bien, Suka. Después de todo, no eres importante para el plan —replicó Lucifer, igual de helado, sin un ápice de emoción.
Suka, fastidiado por la presencia tóxica de su hermano, dio media vuelta hacia la puerta, pasos resonando con desprecio. Lanzó por encima del hombro:
—Lucifer, Lucifer, Lucifer… Sé inteligente y no caigas por segunda vez.
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