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More than just humans - Capítulo 71

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  4. Capítulo 71 - Capítulo 71: Vamos a darlo todo.
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Capítulo 71: Vamos a darlo todo.

Justo cuando Suka se disponía a cruzar la puerta oxidada, azotada por ráfagas de ceniza infernal, Lucifer —su figura encapuchada inmóvil como una estatua de obsidiana— lo detuvo con genuina confusión filtrándose en su voz gélida, un matiz raro en su fachada impenetrable:

—¿Por qué no te vas ya? Nada te retiene aquí.

Suka se congeló un instante, percibiendo el anzuelo sutil en esas palabras —los trucos de su hermano, siempre envueltos en verdades a medias—. Con frialdad glacial que helaba el aire mismo, replicó sin volverse del todo:

—Intentas engañarme de nuevo, Lucifer. Ya lo sé todo, eres astuto como siempre… pero yo también lo soy. No me importa, me voy ahora mismo.

Lucifer, impasible ante la tensión crepitante, se limitó a un seco y neutral:

—Ok.

Suka empujó la puerta con un chirrido metálico y entró al edificio derruido, sus botas resonando con urgencia contenida. Bajaba las escaleras a toda prisa —saltando peldaños en sombras parpadeantes—, cuando un recuerdo lacerante lo golpeó como un puñetazo profético: la rebelión pasada de Lucifer, donde un simple susurro había convocado legiones desde el vacío. Murmuró entre dientes, acelerando por los pisos descendentes que olían a humedad y desesperación olvidada:

—Mierda… ese susurro. Tengo que llegar rápido al búnker antes de que desate el caos.

Caos en las profundidades del búnker

Mei se erguía en el escenario colosal, flanqueada por el grupo esencial: Vanessa con su palidez etérea, Alexandra y Balero protegiendo a Sofía y Morgan, Maturín y Michael en guardia eterna, Meretori con mirada afilada, Adán sonriendo pícaro, Gabriel, Fugotsu Sorudoma (un eco temporal, ¿aliado o ilusión?), Coyuro, Minara, Misaki, Yuzata, Hana, Kuseremo… y rarísimo, Eva.

Verificó con un gesto rápido —todos presentes, pulsos sincronizados en tensión— y les indicó seguirla a la sala 01, un bastión acorazado con vistas panorámicas a las pantallas de la pelea. Antes de partir, se secó el sudor nervioso de la frente con el dorso de la mano y anunció al público ensordecedor —miles de almas globales apiñadas en gradas vibrantes—:

—Sé que mencioné a estos individuos pero suban ya al escenario: John Connor, el supuesto amigo de Sebastián; Marissa Rossi, la confidente de Vanessa. ¡Cualquier familiar más de los nombrados, vengan! Nos movemos a la sala número 01. ¡Gracias!

El bunker estalló en un impacto colectivo, vítores rugiendo como tormenta, justo cuando la pantalla gigante capturó a Sebastián juntando manos en su sello arcano… pero de repente, estática voraz. Lucifer emergió en el feed remoto, caminando sereno al borde del escenario, alzando un gesto misterioso —dedos trenzados en runas sutiles—. Empezó a susurrar un incantación arcana, ondas invisionales de poder demoníaco propagándose como veneno etéreo. Las luces del búnker parpadearon erráticas, se sumieron en negro absoluto… y al encenderse de nuevo con chispas furiosas, el caos reinaba: Suka había sido arrastrado por el eco del susurro —teletransportado directo al escenario del búnker—, su mano férrea agarrando el brazo de Lucifer como tenazas. Arcángeles materializados —arcangel Miguel y Gabriel y guardianes radiantes de luz divina cegadora— presionaban espadas etéreas contra su cuello, plumas llameantes erizándose en amenaza pura.

Siguiendo con la pelea

Sebastián juntó las manos con precisión letal, percibiendo a los Jinetes lanzarse en avalancha —sus movimientos lentos y predecibles, atrapados en melaza temporal por su percepción divina acelerada—. Con una sonrisa feroz que tensaba músculos hasta el límite, gritó al firmamento ceniciento:

—Vamos a darlo todo. ¡Esto acaba ahora!

En un borrón de velocidad que rasgó el aire, descargó golpes simultáneos en el estómago de la Jinete de la Peste —puños divinos, forjados de energía blanca con mezcla de amarillo puro, destrozando armadura carmesí y carne putrefacta en una sinfonía de crujidos y salpicaduras—. Órganos humeantes quedaron expuestos, goteando vapores tóxicos que chamuscaban el suelo. Los Jinetes retrocedieron en desbandada, sus mentes demoníacas gritando al unísono en un coro psíquico ensordecedor: Este tipo está loco…

Sebastián no cejó: tumbó a la Peste al pavimento con un gancho devastador, recargó puños con oleadas de energía divina que crepitaban como relámpagos, y estrelló su cabeza contra el piso una y otra vez —impactos rítmicos como martillos infernales, sangre negra chorreando como veneno vivo, formando charcos corrosivos que burbujeaban—. En la sala 01, Vanessa y Eva se taparon los ojos en horror visceral… pero los bajaron despacio, asintiendo con lágrimas contenidas. Lo aceptaban: cada golpe era por romper cadenas, por ellas, por el mundo entero.

Tranquilo en apariencia pero con venas marcadas como ríos de fuego en brazos tensados por estrés primordial, Sebastián cargó el cuerpo maltrecho —aún convulsionando en regeneración instintiva— y avanzó hacia Sorudoma, sentado inmóvil con manos unidas en sello tenso, sudando para sostener la invocación demoníaca.

—Devuélvele la conciencia a mi prima Zara y regenera su cuerpo por completo… o la desintegro aquí mismo —amenazó, voz grave como sentencia divina, ojos ardiendo.

—¡Ya lo hago, puto loco! —aulló Sorudoma, cediendo en pánico, su arrogancia astillándose.

Extendió manos temblorosas, contactando directamente el torso destrozado —chispas demoníacas saltando piel a piel, drenando su esencia—. Susurró con voz rasposa, agotada:

—De regeneratione et conscientia.

Sebastián observó el milagro oscuro: carne burbujeó y se tejió, armadura roja se disipó en humo; el rostro de Zara emergió, recuperando belleza perdida en cautiverio infernal. Aunque no la había visto desde la confrontación familiar años atrás, la reconoció al instante —rasgos inconfundibles, eco de sangre compartida—. Sus ojos se abrieron lentos, nublados por vestigios de posesión. Lo primero que vio: Sebastián sonriéndole con calidez genuina, un faro en la tormenta.

—¿Quién es usted? Se me hace tan conocido, pero… todo es fragmentos —murmuró confundida, voz débil como susurro de viento.

—Soy Sebastián Zara, tu primo. Sebas. El que regresó por ti.

Zara forcejeó con recuerdos astillados —posesión demoníaca había devorado años, pero hilos encajaron de golpe: Sebas a los 15, mensajes silenciados por oscuridad—. Lágrimas de felicidad pura rodaron por mejillas regeneradas mientras lo abrazaba con fuerza desesperada:

—¿Sebas? ¡Eres tú de verdad! Tanto tiempo sin verte… me preocupaste tanto, no mandabas mensajes. Pensé que estabas muerto, mi niño —sollozó, voz quebrada de emoción cruda.

Vanessa y los demás en la sala 01 soltaron una lágrima colectiva, corazones hinchándose. Era la segunda vez que veían a Sebastián realmente feliz —máscara de guerrero rota, revelando el alma protectora debajo.

Antes de que pudiera abrazarla de vuelta, Sorudoma —agotado por el contacto regenerativo— formó un sello final con manos trémulas y susurró contraataque desesperado:

—Domo Extensionario de los Siete Anillos del Infierno.

Sebastián notó la burbuja infernal expandiéndose como llamas negras vivientes, un reino de tormento para atrapar almas. Tomó a Zara con urgencia protectora, ojos fijos en los suyos:

—Cuídate mucho, mi niña. Esto no termina sin ti a salvo.

La empujó al núcleo del domo justo a tiempo —ella flotó dentro, anclada segura por su vínculo sanguíneo—. Zara, desde el interior voraginoso, alcanzó a ver la preocupación grabada en su rostro y gritó con alma desgarrada antes de que se completara:

—¡No mueras, mi niño! ¡Vuelve por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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