More than just humans - Capítulo 72
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Capítulo 72: El Ganador se lo lleva todo.
El domo de energía se expande con un zumbido ensordecedor, distorsionando el aire a su alrededor como un cristal a punto de romperse. De repente, Sebastián es succionado hacia un vacío negro, un abismo infinito de oscuridad absoluta que lo envuelve en frío paralizante. Sus sentidos fallan: no hay arriba, abajo, sonido ni luz. El pánico lo invade por un instante eterno… hasta que una fuerza invisible lo escupe de vuelta al escenario, aterrizando de rodillas con el corazón latiéndole como un tambor de guerra.
Jadeante, levanta la vista hacia Sorudoma. El demonio, antes imponente, ahora sangra profusamente: gotas carmesí brotan de sus ojos inyectados en sangre y resbalan por su boca entreabierta. Sebastián reconstruye la pelea en su mente como un rompecabezas mortal: los domos expansivos, las invocaciones demoníacas, el agotamiento visible del enemigo. Sus conocimientos, acumulados de años de estudio oculto y batallas pasadas, le susurran la verdad. Se pone de pie, ignorando el dolor punzante en sus músculos, y declara con voz firme:
—No puedes usar dos técnicas avanzadas a la vez: los domos de contención y las invocaciones de demonios poderosos. Aunque si eres uno de ellos, eso viola uno de los contratos arcaicos firmados con los arcángeles. ¿Estoy en lo correcto?
Sorudoma parpadea, limpiándose la sangre de la barbilla con el dorso de la mano. Por un segundo, su máscara de superioridad se agrieta, pero luego una sonrisa siniestra se extiende por su rostro deformado. Junta las manos con un chasquido audible, como si invocara un pacto invisible.
—Me impresiona tu inteligencia, mocoso —ronronea, su voz resonando con ecos infernales—. Pero olvidas un detalle crucial: un contrato se puede romper… siempre y cuando la técnica no se use en humanos normales. Apostemos todo: el ganador se lo lleva todo. ¿Qué dices?
Sebastián siente el sudor frío resbalando por su espalda, la duda royéndole las entrañas como un veneno. Perder significa la muerte, o peor. Pero retrocede un paso, cuadrando los hombros con desafío puro.
—Claro, demonio de mierda —escupe, su voz temblando solo un poco.
Sorudoma ríe, un sonido gutural que hace vibrar el suelo. Con un gesto fluido de uno de sus brazos mutados —largo y cubierto de venas pulsantes—, pronuncia las palabras fatales:
—Cortes múltiples.
El aire se rasga con un silbido agudo, invisible al ojo desnudo pero letal como mil navajas. Zara, acurrucada en un rincón cercano, ve destellos fugaces dirigiéndose hacia ella. El terror la paraliza por un latido; intenta cubrirse con los brazos, gritando en silencio. Pero Sebastián reacciona primero: su cuerpo se mueve por instinto, una ráfaga de velocidad que deja un rastro de polvo. Se interpone frente a ella, envolviéndola en un abrazo protector. Los cortes lo encuentran: uno rasga su hombro, otro su costado, y un enjambre lo azota en la espalda como latigazos de fuego. La sangre caliente empapa su ropa, pero no suelta a Zara. Cae de rodillas, protegiéndola con su propio cuerpo.
En la sala de observación, el silencio es roto por un sonido imposible: una lágrima solitaria cae de los ojos de Meretori, trazando un surco en su rostro impasible. Vanessa, Alexandra, sus padres y los demás espectadores se congelan en shock. En 10 años que Vanessa lo conoce —y 30 que sus padres—, Meretori es una roca inquebrantable. Ni la alegría extrema ni el dolor más profundo lo han conmovido jamás.
—¿Por qué lloras? —susurran, atónitos.
Meretori aparta la vista de la pantalla, su voz ronca por la emoción contenida:
—Este muchacho… me recuerda al amigo de Vanessa y Alexandra. A pesar del infierno que lo rodea, sigue siendo bueno. Sigue luchando por los demás.
En el escenario, los arcángeles flotan con alas radiantes, su presencia un faro de luz divina en medio del caos. Hablan al unísono, sus voces como truenos celestiales, dirigidas a Lucifer:
—Lucifer, los Serafines y Arcángeles del cielo ordenamos que abandones este refugio de civiles. Si dañas a uno solo de ellos, pagarás un precio mucho peor que el de tu caída del cielo.
Lucifer, encapuchado en sombras vivientes, simplemente sonríe. Baja la mano con lentitud teatral y saca de sus bolsillos unos cubos negros, pulidos como obsidiana. El aire se enfría a su alrededor.
—Séllalos —ordena, casi aburrido.
Los cubos se abren con un chasquido mecánico, expandiéndose en cajas colosales en un parpadeo. Los arcángeles, sorprendidos, son tragados por la oscuridad sellada, sus gritos ahogados en el vacío. Suka, el guerrero leal, carga con un rugido, amenazando con toda su energía. Pero Lucifer ni se inmuta: un puñetazo cargado de energía oscura negra —un vacío corrupto que devora la luz— lo impacta en el pecho, lanzándolo como un trapo hacia las profundidades del búnker. Lucifer se recompone en el borde del escenario, ojos fijos en los civiles temblorosos abajo. Pronuncia, calmado:
—Cercenamiento.
El horror se desata en oleadas invisibles.
De regreso en la sala, Adán observa hipnotizado cuando un golpe débil suena en la puerta. Mei, con el corazón acelerado, abre una rendija. Un civil colapsa adentro, cubierto de sangre, sus ojos vidriosos fijos en ella.
—Por más que quieran… no salgan —jadea con sus últimas fuerzas—. Por favor…
Muere en el umbral. Adán y Meretori palidecen. Anuncian con urgencia a los presentes:
—No saldrán de aquí hasta que averigüemos qué demonios pasa.
Curiosos pero temerosos, siguen sus órdenes. Al salir al pasillo con Mei, el panorama los destroza: el búnker entero es un cementerio apocalíptico. Millones de cuerpos yacen inmóviles, cabezas separadas de torsos en un mar de sangre coagulada. El hedor metálico invade sus narices; el silencio solo roto por goteras distantes. Mei colapsa en pánico: náuseas la doblan, sollozos histéricos escapan de su garganta.
Adán corre a su lado, envolviéndola en un abrazo firme.
—Sé que hoy todo es un caos desconocido —le murmura al oído, su voz un ancla en la tormenta—. Pero cálmate, Mei. Nada de esto es tu culpa. Estamos juntos.
Ella se desmaya, flácida en sus brazos. Cargándola como a un tesoro frágil, Adán mira a Meretori:
—Mejor volvamos y cerremos todo. No salgamos más.
—Definitivamente —asiente Meretori, su rostro marcado por el horror puro.
Regresan, sellan la puerta con una barrera de energía divina impenetrable —un escudo luminoso que pulsa con poder ancestral—. Meretori declara a los asustados espectadores:
—Nadie saldrá de aquí. Quédense quietos.
—Ok —murmuran, confiando en su autoridad.
La pelea continúa sin piedad. Sebastián, con la espalda convertida en un mapa de heridas sangrantes, arrastra a Zara hacia los edificios ruinosos del búnker. El humo pica en sus ojos, el suelo tiembla con explosiones lejanas. Pero los escombros caen como lluvia mortal; no hay refugio seguro. Apretando los dientes contra el dolor ardiente, le confiesa:
—Perdóname, mi niña… pero vas a sentir dolor. Aguanta.
Zara asiente, aferrándose a su cuello con uñas clavadas, sabiendo que viene un salto desesperado.
Sebastián pivotea, ignorando la debilidad que lo invade, y apunta a Sorudoma con un dedo tembloroso:
—Agujero negro contenido.
Un vórtice negro nace en la punta de su dedo, creciendo con un rugido gravitacional que succiona el polvo y los escombros. Avanza como un depredador hambriento hacia Sorudoma, quien palidece y zigzaguea para esquivarlo. Pero el agujero lo persigue con precisión implacable, obligándolo a correr en círculos desesperados. Sebastián y Zara colapsan exhaustos contra una pared derruida, los últimos cortes agotándolos hasta los huesos. Él verifica sus heridas primero, luego las de ella, el corazón apretado por el miedo.
Escaneando los alrededores envueltos en humo, distingue una silueta encapuchada emergiendo de las sombras. ¿Suka? No… él lleva suéter gris. Este manto es blanco. ¿Un aliado?
La figura se acerca con pasos silenciosos y dice con voz fría como el acero:
—Yo te ayudo.
Se quita la capucha lentamente, revelando su rostro.
En la sala, Vanessa y Alexandra ven la transmisión. Se tapan la boca al unísono, lágrimas calientes surcando sus mejillas. Gritan, incrédulas:
—¿Mi Sebas?
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