More than just humans - Capítulo 73
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Capítulo 73: Sebastián Vegas.
Sebastián, aún jadeando por el caos del campo de batalla, fijó su mirada en la figura encapuchada que emergía de las sombras. El encapuchado le había prometido ayuda en medio de la tormenta de golpes y explosiones, y ahora Sebastián sonreía con una mezcla de alivio y esperanza agotada.
—¿Vegas, eres tú, amigo? —preguntó, su voz rompiendo el rugido de la pelea.
El encapuchado inclinó la cabeza, una sonrisa fría curvando sus labios ocultos bajo la capucha. Respondió con un tono gélido que heló el aire a su alrededor:
—Sí, soy yo, tu amigo. Ven, dame a tu prima. Yo la llevaré al búnker, donde estará a salvo.
En la sala subterránea del búnker, Vanessa y Alexandra intercambiaron miradas de extrañeza, sus corazones latiendo con fuerza. “¿Mi pareja conoce a nuestro corazón?”, se preguntaban en silencio, mientras Balero, su padre protector, se volvía hacia sus hijas con el ceño fruncido.
—¿Quién es ese encapuchado? —preguntó Balero, su voz grave resonando en las paredes de hormigón.
De vuelta en el campo de batalla, Sebastián actuó con rapidez. Extendió su mano, canalizando una técnica sutil que hizo que Zara se hundiera en un sueño profundo y pacífico. La cargó en sus brazos con cuidado, como si fuera un tesoro frágil, y se la entregó al encapuchado.
—Confío en ti —le dijo, clavando sus ojos en los de su amigo—. Llévala con Vanessa y Alexandra, por favor, brother.
—Dale, amigo. Da todo en la pelea —respondió el encapuchado, asintiendo con determinación antes de desaparecer en la niebla de la batalla.
Pero el respiro duró poco. De repente, Sorudoma se materializó detrás de Sebastián como una sombra viviente, su aliento caliente rozando la oreja del joven guerrero.
—Mocoso, ¿piensas que hay demonios con técnicas que pueden exterminar agujeros negros? —susurró con malicia, su voz un eco de oscuridad pura.
Sebastián sintió el escalofrío y se volteó en un instante, lanzando un golpe feroz al estómago de Sorudoma. El impacto resonó como un trueno, pero el demonio ni se inmutó, su cuerpo como una montaña inquebrantable. Sebastián giró la cabeza hacia el encapuchado, que ya se alejaba con Zara, y gritó con sudor perlando su frente:
—¡Corre, amigo!
Sorudoma captó el grito y por un segundo sus ojos se nublaron con un recuerdo fugaz: un joven que había salvado del suicidio en un pasado lejano. Pero el momento pasó, y su furia se encendió de nuevo. Con un rugido bestial, descargó dos puños como martillos en el estómago de Sebastián, enviándolo volando a través del aire destrozado, chocando contra el suelo con un crujido de huesos.
Mientras tanto, el encapuchado —Vegas— irrumpió en el edificio donde Lucifer había estado. Bajó al sótano con pasos urgentes, detectando un olor metálico y nauseabundo a sangre fresca que impregnaba el aire. Zara comenzó a removerse en sus brazos, sus párpados temblando como si estuviera a punto de despertar a la pesadilla. Vegas aceleró, su corazón latiendo con fuerza, hasta que llegó a la entrada del búnker. Empujó la puerta pesada y se adentró en la sala, donde una escena horripilante lo recibió: charcos de sangre y un silencio opresivo roto solo por sollozos ahogados.
Sin tiempo para el horror, Vegas tapó los ojos de Zara con gentileza y se acercó a la puerta de la sala principal. Golpeó con firmeza. Meretori, alerta como siempre, se acercó y miró por el hueco improvisado en la puerta reforzada.
—Quítese la capucha para identificarlo —exigió—. Confirma que usted es Sebastián Vegas.
Vegas obedeció sin dudar, revelando su rostro marcado por una cicatriz y una madurez endurecida que sorprendió a Meretori por razones que solo el tiempo explicaba. Con una patada fuerte, Meretori abrió la puerta de golpe y abrazó al encapuchado —a Vegas— con una fuerza que hablaba de lazos profundos.
—Qué bueno que estás aquí, muchacho. No soy nada tuyo, pero me hiciste falta —dijo Meretori, su voz ronca por la emoción contenida.
Vegas sonrió y devolvió el abrazo con calidez. Balero y Adán, testigos de la escena, se miraron extrañados; nunca habían oído a Meretori hablar de un tal Vegas.
—Entra y ve a tus amigas, Sebas —indicó Meretori, palmeando su espalda.
Vegas se colocó la capucha de nuevo y entró. Balero, con los brazos cruzados, pensó para sí: “No sé por qué, pero intuyo que mis hijas le hicieron algo a ese muchacho”. Siguió a Adán adentro y vio cómo Vegas colocaba gentilmente a Zara —la prima de Sebastián— en una silla, con un respeto que contrastaba con la brutalidad de afuera. Luego, Vegas se dirigió a la salida, pero una voz lo detuvo.
—Mi corazón —dijeron Vanessa y Alexandra al unísono, sus voces temblando de nostalgia.
Vegas se detuvo, recordando el apodo cariñoso que usaban en el pasado. Giró la cabeza, su expresión endurecida por años de dolor.
—Señorita Vanessa y Alexandra, si se refieren a mí, por favor digan de una vez qué quieren —replicó con una frialdad que erizó la piel de todos.
Las lágrimas brotaron de los ojos de las hermanas al oír “señorita” en lugar del afecto de antes.
—¿Por qué no nos dices como antes, Sebas? ¿Qué te hicimos que no te gustó? —preguntó Vanessa, su voz quebrada.
Vegas giró completamente, quitándose la capucha para revelar su rostro transformado: facciones afiladas y ojos profundos. Para Vanessa, era como ver a un niño convertido en hombre.
—Tanto has cambiado, mi niño. Te ves mucho mejor… te ves hermoso —murmuró ella, extendiendo una mano temblorosa.
—Gracias —respondió Vegas, su voz suavizándose por un instante—. Tengo que decirle, señorita Vanessa, la razón por la que no me vieron por unos añitos.
Se acercó lentamente, se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos y susurró al oído de Vanessa, sonrojándola con su cercanía inesperada. Las palabras fueron un torrente de verdades dolorosas sobre traiciones pasadas, pero antes de terminar, se puso de pie con gracia felina.
—Bueno, mis estimados que me conocen, vean la pelea. Yo estaré ayudándolo porque no tiene por qué cargar con un desequilibrado mental como lo soy yo —dijo, acomodándose el pelo con un guiño juguetón a Vanessa. Se colocó la capucha y salió, dejando a casi todos confundidos, especialmente a Hana. Vanessa y Alexandra lloraban mirando al suelo, con Alexandra atormentada por los recuerdos de lo que le había hecho a Vegas.
Meretori rompió el silencio: —Ese muchacho es…
La Pelea se Intensifica
Mientras el búnker procesaba el reencuentro, Sebastián corría como un rayo por las calles destrozadas, esquivando los ataques furiosos de Sorudoma. El demonio lo perseguía con pasos que hacían temblar la tierra, sus ojos brillando con hambre de destrucción. Sebastián vio una oportunidad: saltó y conectó un golpe brutal en la cara de Sorudoma. El impacto creó una onda de choque que pulverizó el pavimento cercano, pero el demonio solo rió, contraatacando con velocidad inhumana. Agarró el brazo de Sebastián y lo lanzó como un proyectil contra el techo de un edificio abandonado.
Sebastián se estabilizó en el aire, aterrizando con un rodillazo que agrietó el concreto. Se levantó lentamente, caminando hacia el borde del tejado mientras el viento azotaba su cabello ensangrentado. Miró su mano temblorosa, sintiendo el poder oscuro burbujeando en sus venas. Al llegar al precipicio, juntó sus dos manos, sus labios susurrando con una frialdad mortal que helaba el alma:
—Domo de la muerte.
El aire se cargó de energía negra, prometiendo un clímax devastador que cambiaría el curso de la batalla para siempre.
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