More than just humans - Capítulo 74
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Capítulo 74: Juro que te voy a matar
Sebastián se estabilizó en el aire con una gracia letal, aterrizando de rodillas sobre el tejado. El impacto agrietó el concreto como si fuera cristal frágil, enviando fisuras que serpenteaban hacia los bordes. Se incorporó lentamente, su silueta recortada contra el cielo tormentoso, mientras el viento aullaba como un lobo herido, azotando mechones de cabello ensangrentado que se pegaban a su frente. Extendió una mano temblorosa, sintiendo el poder oscuro burbujeando en sus venas como veneno vivo, un pulso negro que amenazaba con devorarlo desde dentro. Al llegar al precipicio del edificio, juntó las palmas con deliberada lentitud, y sus labios se curvaron en una sonrisa gélida. Susurró con una frialdad que helaba el alma:
—Domo de la muerte.
El aire se espesó de inmediato, cargado de una energía negra y viscosa que se extendía como una niebla maligna. Calaveras etéreas, flotantes y siniestras, comenzaron a materializarse en el perímetro, prometiendo un clímax devastador que alteraría el curso de la batalla para siempre.
El domo se expandió con un rugido sordo, cubriendo el campo de batalla en una cúpula opresiva de oscuridad absoluta. Sorudoma, con los ojos entrecerrados en una mezcla de impaciencia y furia, observaba la escena desde abajo. “Ya es hora de acabar con esto”, pensó, sus músculos tensándose como cables de acero. Corrió hacia el edificio con velocidad sobrenatural, saltando al tejado en un arco perfecto para confrontar a su enemigo. No pretendía matarlo de inmediato; quería saborear el sufrimiento. Alzó la cabeza justo a tiempo para ver a Sebastián apuntándole, pero fue demasiado tarde: una patada brutal impactó en su rostro, fracturando hueso y enviando ondas de dolor a través de su cráneo. Sorudoma rugió, atrapó la pierna de Sebastián con garras implacables y, con un giro violento, lo lanzó desde el techo hacia el suelo.
El impacto fue devastador. Por primera vez, Sebastián sintió el crujido inconfundible de un hueso partiéndose, un dolor agudo que le robó el aliento y nubló su visión. Pero, como un milagro oscuro, la fractura se regeneró en segundos, los tejidos uniéndose con un hormigueo ardiente. Se levantó tambaleante, el sudor mezclándose con la sangre en su piel, y corrió mientras un pensamiento funesto lo invadía: No tengo esperanza. Estoy exhausto. Creo que voy a morir.
Entonces, sus ojos captaron las calaveras flotantes del domo, girando como guardianes espectrales. Una idea audaz brotó en su mente. Sorudoma reapareció en un borrón, lanzando golpes furiosos que silbaban en el aire. Sebastián saltó deliberadamente, permitiendo que un puñetazo lo alcanzara en el estómago. El impacto lo catapultó al cielo, el dolor explotando en su abdomen como una nova. Cayó, sujetándose a una de las calaveras —gruesas como globos hinchados de muerte— y la arrancó de su órbita. La lanzó contra Sorudoma, quien la vio venir y se paralizó, sus cuatro brazos congelados en el aire.
Ja! Funcionó, pensó Sebastián mientras corría a toda velocidad, aprovechando el tiempo ganado. Este domo solo mata humanos… a los demonios los paraliza.
En las sala y búnkeres del mundo, pantallas gigantes transmitían la pelea en un silencio sepulcral, roto solo por respiraciones contenidas.
Sorudoma luchó por moverse, pero su cuerpo traicionero no respondía. Recibió un puñetazo a máxima potencia de Sebastián, que lo hizo tambalearse. La calavera regresó a flotar, liberándolo al fin. Esquivó una patada entrante con agilidad felina y, atrapando a Sebastián con sus cuatro brazos como tenazas, lo estrelló contra las barreras del domo. La fuerza fue titánica, suficiente para hacer estallar la cúpula en fragmentos de oscuridad disipándose. Lo lanzó al vacío con una sonrisa maliciosa curvando sus labios deformes:
—Me tocará usar la técnica que puede destruir el domo nacional de Estados Unidos.
En la sala de observación, Vanessa, con voz agotada y ojos hundidos, rompió el silencio:
—¿Qué es un domo nacional?
La mayoría se quedó muda, ignorante. Meretori, con gravedad en su tono, respondió:
—Son barreras transparentes que cubren el territorio de un país. Todos las tienen: para repeler desastres naturales y limitar el poder de los humanos especiales. En fin, Vanessa, venamos la pelea y recemos para que Sebastián gane.
Sebastián chocó contra la barrera interna de su propio domo, y el efecto se desvaneció por completo. Aturdido, notó tres figuras encapuchadas en un edificio cercano, pero las ignoró, centrándose en la amenaza inminente. Sorudoma cargaba de nuevo. Por segunda vez, un plan definitivo iluminó su mente fracturada. Intercambiaron golpes feroces —puños que partían el aire, sangre salpicando el asfalto— mientras Sebastián insertaba un cuchillo improvisado, encontrado en los escombros, una y otra vez. No lo hería de verdad, pero distraía, picoteando como un ave de presa.
Sebastián corrió hacia el Empire State Building, canalizando energía divina en sus palmas. El coloso de acero flotó como una manzana madura, desafiando la gravedad, y lo lanzó con un rugido primal. Sorudoma, al verlo, no tuvo más opción que cubrirse con los brazos. El impacto fue apocalíptico: el edificio se estrelló contra él, pulverizando el entorno en una erupción de polvo y escombros, casi aniquilándolo. Cuando la nube se disipó, Sorudoma emergió maltrecho, iniciando otro intercambio brutal de golpes.
Sebastián sonrió con fiereza, empujándolo en un descuido y señalando al cielo:
—Agujero negro contenido.
Un vórtice negro brotó de su mano, elevándose y estabilizándose en el centro del cielo. Sorudoma lo miró, murmurando para sí: ¿Qué intentará este tipo?
Aprovechando la distracción, Sebastián conectó un puñetazo en el estómago de su rival, enviándolo a volar. Sorudoma se estabilizó en el aire, furioso, y contraatacó con un golpe demoledor en los ojos de Sebastián. El mundo giró en negro: visión perdida, sangre brotando de sus órbitas como lágrimas carmesí. Ciego y confiado en su victoria, Sorudoma apuntó con sus cuatro brazos:
—Exterminio.
Un punto amarillo brilló en las puntas de sus dedos índices, expandiéndose en una esfera masiva de fuego amarillo, llamas voraces lamiendo sus bordes. En las salas de observación, el pánico se apoderó de todos… hasta lo imposible.
La esfera se lanzó, calcinando el aire a su paso. Sebastián, sintiendo el calor abrasador, se preparó para el fin. Pero no sintió nada. La esfera impactó… y rebotó inofensiva. Recuperó la visión gradualmente y vio lo inconcebible: un diminuto domo lo protegía, y allí estaba Fumijashi, la Jinete de la Muerte, su amiga, con la mitad de su cuerpo expuesta fuera del escudo, resistiendo el infierno por él.
—¡Por favor, amiga, no lo hagas! ¡No mueras por mí! —gritó Sebastián, lágrimas mezcladas con sangre surcando su rostro.
—No llores, mi querido amigo —susurró ella, su voz un hilo frágil—. Eres el único que he tenido. Aunque nos conocimos hace solo unos días, fuiste todo para mí. Yo no valgo nada… soy un demonio. Disfruta tu vida. Te quiero mucho.
Sebastián la abrazó con fuerza desesperada, infundiéndole una calidez que ella nunca había conocido, una sensación de seguridad y plenitud en sus últimos instantes. Fumijashi sollozó:
—Por favor, no me olvides.
—Nunca lo haré, mi princesa… —respondió él, la voz quebrada, viendo cómo su cuerpo comenzaba a desintegrarse en partículas de luz espectral.
El mini domo se disipó junto con el ataque de Sorudoma. Las cámaras capturaron todo: el mundo contuvo el aliento ante el sacrificio. Sorudoma, con expresión de confusión absoluta, masculló:
—¿Por qué este mocoso no está muerto?
Sebastián lo miró, sonriendo a través del dolor, recargando sus puños con energía divina azulada, un aura celestial que contrastaba con su rabia. Lágrimas frescas rodaron por sus mejillas mientras susurraba para sí:
—Juro que te voy a matar.
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