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More than just humans - Capítulo 75

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Capítulo 75: Detonación

Después de que Sebastián Vigaraciel jurara con ferocidad matar a Sorudoma, el demonio alado cargó hacia él en un ataque final desesperado. Su objetivo era claro: terminar la pelea de una vez, aniquilar al ángel caído y cumplir así el plan maestro de Lucifer, que observaba desde las sombras con impaciencia calculada. Los dos combatientes chocaron en el centro de Nueva York, bajo un cielo rasgado por el domo protector que temblaba ante la magnitud de su poder. Intercambiaron golpes brutales, cada impacto resonando como truenos que hacían vibrar el concreto agrietado y levantaban nubes de polvo de las calles devastadas. El aire se cargaba de energía oscura, un olor metálico y chamuscado que irritaba las narices de los pocos testigos lejanos en los búnkers cercanos.

Sebastián, impulsado por una rabia primordial, contraatacó con puños recargados de su energía divina y negativa —la dualidad que definía su existencia como ángel renegado—. Cada golpe era un martillo divino: el primero abrió un tajo en el pecho de Sorudoma, el segundo le fracturó el hombro con un crujido audible, y el tercero, un uppercut devastador, cortó limpiamente su brazo izquierdo. La extremidad demoníaca cayó al suelo con un golpe sordo, humeante, incapaz de regenerarse bajo el asalto purificador de la energía de Sebastián. Sorudoma rugió de dolor, su rostro contorsionado en una mueca de incredulidad y furia, pero no retrocedió. Gotas de sangre negra salpicaban el asfalto, evaporándose en volutas de humo infernal.

Sin embargo, Sebastián comenzaba a flaquear. Cegado por su obsesión de matar a Sorudoma, ignoraba las señales de su propio cuerpo al borde del colapso. Usaba demasiada energía divina y negativa, la esencia misma de su ser, drenándola sin piedad. Su respiración se volvía jadeante, irregular, como un fuelle roto. El sudor perlaba su frente, mezclándose con la sangre de cortes menores. Y entonces, el cambio visible: mechones de su cabello negro azabache empezaron a blanquearse, tiñéndose de un blanco espectral, como si la vida misma se le escapara por los folículos. Era la marca del agotamiento total —un ángel quemando su núcleo eterno por venganza.

Sorudoma, con ojos inyectados en sangre, observó el fenómeno y sonrió con malicia. Reunió toda su fuerza restante, canalizándola en sus alas rotas y su puño restante, preparándose para un golpe letal.

En el búnker subterráneo de Nueva York, Meretori —el analista estratégico con gafas empañadas por el sudor de la tensión— observaba la transmisión en vivo desde monitores agrietados. Sus dedos volaban sobre teclados holográficos, calculando trayectorias de energía y proyecciones vitales. De pronto, su rostro se endureció en una máscara de alarma pura. Llegó a una conclusión mortal:

—¡Maldita sea! ¡Se volvió loco del todo! Está utilizando cada gota de su reserva de energía divina y negativa. Si la agota por completo, su cuerpo colapsará. ¡Morirá en minutos! —gritó, golpeando la consola con el puño.

Vanessa Montnen, a su lado, sintió un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal. Sus manos temblaron al aferrarse al brazo de Meretori, los ojos verdes dilatados por el pánico puro. Era la novia de Sebastián, y la idea de perderlo en esa arena infernal la destrozaba por dentro.

—Es mentira, ¿verdad? Dime que esto es una broma de mal gusto, Meretori… ¡Por favor! —suplicó, voz quebrada, lágrimas asomando.

Meretori la miró con gravedad, sacudiendo la cabeza lentamente.

—No, Vanessa. No es mentira. Tiene una posibilidad real y alta de morir, lamentablemente. Su poder lo está consumiendo vivo —confirmó, con un susurro sombrío que pesó como plomo en el aire cargado del búnker.

Arriba, en el campo de batalla, Sebastián ya no pensaba solo en matar. Su mente nublada por el agotamiento se aclaró por un instante. Levantó la vista al cielo rasgado y notó el agujero negro giratorio, una anomalía cósmica que él mismo había invocado antes en la pelea. Recordó su técnica suprema: la Manipulación y Creación de Estrellas Colapsadas. Con ella, generaba agujeros negros que absorbían materia, energía y almas; agujeros blancos que expulsaban todo a velocidades relativistas; y podía detonarlos como bombas estelares capaces de borrar continentes. Apuntó con precisión quirúrgica al agujero negro existente y lanzó otro propio desde su palma abierta. Los dos se fusionaron en una masa voraz, inestable, rugiendo con un zumbido grave que hacía vibrar los edificios ruinosos a millas de distancia.

Sorudoma, ajeno al plan maestro, seguía intercambiando golpes feroces, su puño demoníaco rozando el rostro de Sebastián una y otra vez. Buscaba la oportunidad perfecta para desatar su “Exterminio” definitivo, un rayo de aniquilación pura. Pero en un momento de pura desesperación, mientras esquivaba un gancho, Sorudoma recordó un secreto devastador. Le había sido confiado por un joven que intervino en su intento de suicidio años atrás, salvándolo de la oscuridad. Ese joven era Sebastián Vegas, el mejor amigo inseparable de Vanessa Montnen y Alexandra Montnen —y confidente de secretos que podían romper almas.

—Sebastian Vigaraciel, ¿sabías que tu mejor amigo ha compartido momentos muy íntimos con tu novia? —soltó Sorudoma, con voz sádica y ronca, caminando lentamente hacia él mientras el aire crepitaba de tensión.

Sebastián, exhausto y cubierto de moretones, frunció el ceño, jadeando.

—¿Cómo? —respondió, confundido, su voz un eco débil contra el rugido cósmico.

—Cuando tu novia Vanessa tenía 18 años, metió a un joven de 13 —tu mejor amigo, Sebastián Vegas— al baño de su casa. No tenían intenciones sexuales; él estaba en una situación muy estresante y triste, al borde del abismo, y ella solo quería calmarlo. Le permitió tocar sus senos con manos temblorosas. Por suerte, tu amigo, que al igual que ella estaba semidesnudo, solo le tapó los senos con gentileza y le dijo que un beso en la mejilla era más que suficiente para sanar esa herida del alma —detalló Sorudoma, cada palabra un veneno calculado, acercándose paso a paso con una sonrisa torcida.

En la sala del búnker, el silencio cayó como una guillotina. Todos los conocidos que veían la pelea —Balero (padre de Vanessa, con rostro pétreo), Sofía (su madre, llevándose la mano a la boca), Alexandra (su hermana, pálida como un fantasma), Morgan (su primo, boquiabierto) y Gabriel (el leal aliado)— giraron la cabeza hacia ella al unísono. Sus ojos la perforaron como láseres.

—¿Vanessa, eso es verdad? —preguntaron a coro, voces un murmullo acusador que resonó en las paredes de acero.

En un edificio alto cercano, los encapuchados —Suka, Sebastián Vegas y Lucifer en persona— observaban por un teléfono con transmisión en vivo, el brillo de la pantalla iluminando sus rostros enmascarados. Lucifer, el señor de los infiernos, al oír la revelación, caminó con pasos lentos al borde del techo, aprieta el puño con tanta fuerza que crujió como grava, y lo alzó hacia su cara. Su aura oscura hizo temblar el aire. Antes de desatar su ira, giró hacia Vegas:

—Si quieres, lo mato ahora mismo por revelar algo tan privado tuyo. Un chasquido y acaba —ofreció, voz como grava infernal.

—No. Quédate tranquilo —responde Vegas con calma forzada, para evitar que Lucifer destruyera el domo protector de Estados Unidos y desatara un caos global.

Suka solo observa en silencio, cruzado de brazos, ojos fijos en la pantalla como un depredador paciente.

Sebastián, impactado hasta el núcleo, reacciona con un rugido de furia mezclada con dolor.

—¿Por qué me dices esto ahora? ¿Además, cómo lo sabes? ¿Quién me asegura que es verdad? ¡Ya me di cuenta, maldito demonio! —grita, dándose cuenta de la distracción intencional. Señala los agujeros negros fusionados, que palpitan como un corazón moribundo, y susurra con voz letal—: Agujero blanco no contenido…

El agujero blanco inestable brota a la vida, girando con furia hacia los negros en una colisión catastrófica. La gravedad distorsionada arrastra escombros, autos volcados y fragmentos de edificios. Sebastián salta al aire con un impulso final de sus alas etéreas, flotando sobre el vórtice. Sorudoma, alarmado por primera vez con verdadero terror, salta también al cielo, alas batiendo en pánico para intentar detener la fusión.

En el búnker, Meretori grita a todo pulmón, activando protocolos de emergencia:

—¡Maldita sea! ¡Cúbranse todos, esto va a ser feo! ¡Sellado total!

En el techo del edificio, Lucifer genera un mini domo protector de energía infernal alrededor de sí mismo, Suka y Vegas, el escudo brillando con runas rojas. Dice con frialdad absoluta, casi aburrida:

—Por fin va a terminar…

Sorudoma intenta todo lo posible por impedirlo —lanza rayos, invoca barreras demoníacas—, pero lo inevitable ocurre. Sebastián, con el cabello ya completamente blanco como la muerte misma, flotando en el epicentro, alza los brazos en forma de cruz. Sus ojos brillan con malicia pura, una sonrisa lobuna cruzando su rostro exhausto.

—Detonación —pronuncia, voz resonando como el Big Bang.

En los búnkers de otros países, el mundo contiene el aliento, monitores parpadeando en rojo. En las ciudades de Estados Unidos, humanos especiales —mutantes, ángeles aliados— refuerzan defensas con barreras desesperadas. Entonces estalla la explosión masiva: una onda de 10 millones de millas cuadradas que no solo destruye, sino desintegra átomos en un cataclismo de luz cegadora, vacío absoluto y radiación cósmica. Los domos protectores de Canadá, Estados Unidos y México se resquebrajan como vidrio, evaporándose en nada. Terremotos sacuden continentes, tsunamis espirituales barren almas lejanas.

Pasan minutos eternos. La onda se disipa lentamente, dejando un silencio sepulcral. En Nueva York, el epicentro de la batalla, el polvo denso comienza a asentarse como nieve radioactiva, revelando un cráter humeante del tamaño de un estadio. En el centro, de pie, maltrecho pero victorioso, emerge la silueta inconfundible.

—Sebastian Vigaraciel ha ganado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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