More than just humans - Capítulo 76
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Capítulo 76: El Último Beso
Tras el devastador ataque de Sebastián, gran parte del continente americano yacía en ruinas. Nueva York, esa ciudad que apenas unas horas antes era el sueño de millones —un hervidero de luces, ambiciones y promesas—, se había convertido en un cementerio de escombros. Torres icónicas, retorcidas como dedos acusadores, se alzaban entre nubes de polvo grisáceo que se dispersaban lentas, como rumores funestos filtrándose en los búnkeres subterráneos. “Sebastián ha ganado”, murmuraban las voces ahogadas en la oscuridad, un eco de esperanza teñido de terror.
En medio de aquel apocalipsis, una figura solitaria emergía entre los restos humeantes: Sebastián Vegas, el héroe proclamado por las masas, de pie sobre el único edificio que desafiaba la gravedad. Por un milagro arquitectónico —o quizás por la cúpula efímera invocada por Lucifer—, la estructura resistía. Pero ahora, esa barrera translúcida se desintegraba como una cerilla consumida por su propia llama, desvaneciéndose en partículas de luz que el viento arrastraba hacia el vacío.
Suka, frío como el acero de una hoja en invierno, clavó su mirada en Sebastián Vegas. Su voz, grave y premonitoria, cortó el aire cargado de cenizas:
—Sebastián Vegas, vete de aquí.
Vegas no dudó. Saltó del borde con la agilidad de un depredador herido y aterrizó sobre escombros que crujieron como huesos quebrados bajo su peso. El polvo se arremolinó a su alrededor, tiñendo el aire de un sabor metálico a sangre y concreto pulverizado.
Lucifer avanzó hacia el precipicio, sereno. Tenía el rostro de una escultura tallada por un dios antiguamente enamorado de sí mismo: pómulos altos, una nariz recta, labios finos que parecían siempre a punto de sonreír y luego retractarse. Sus ojos, grandes y profundos, desbordaban una mezcla de soberbia, rabia y una fatiga tan antigua que pesaba más que el continente entero. Su presencia era como un vínculo entre el cielo y el infierno, ni del todo uno ni del todo otro, pero capaz de hacer temblar a cualquiera que lo mirara de frente.
Elevó un brazo con intenciones que helaban la sangre. Su dedo índice se irguió como el veredicto de un dios caprichoso. Pero antes de que el gesto culminara, Suka actuó. Un destello cegador, y el brazo de Lucifer rodó por el suelo, seccionado en un corte limpio. La regeneración fue inmediata: carne y hueso se entretejieron con un siseo nauseabundo, pero Lucifer ya trazaba un sello arcano con las manos. Invocó al demonio primordial más temido, Extinción, una entidad de sombra absoluta cuya mera presencia doblegaba realidades.
Extinción se materializó a su espalda, un coloso de oscuridad palpitante, listo para aniquilar. Pero en un parpadeo —tan fugaz como el latido de un corazón agonizante—, tanto Lucifer como su guardián yacían arrodillados. Derrotados. Rotos. Como sueños hechos añicos bajo el peso de la inevitabilidad. Extinción, en un arrebato cobarde de instinto primordial, se replegó al infierno, huyendo como una tortuga que se esconde en su caparazón ante la sombra de un depredador mayor.
El cielo, testigo impasible, se teñía de un azul marino profundo, como las profundidades de un océano furioso. Nubes errantes flotaban sin rumbo, semejantes a medusas translúcidas mecidas por corrientes invisibles, indiferentes al caos terrenal.
Lucifer, debilitado hasta el tuétano, con su plan maestro deshecho en jirones, permanecía tranquilo. Frío como el hielo eterno de las cumbres, inquebrantable incluso en la derrota. Suka avanzaba hacia él con pasos metódicos, deliberados, como un depredador ancestral en la penumbra de la eternidad. Ni prisa ni vacilación; solo certeza.
Lucifer intentó erguirse, pero una ráfaga de cortes invisibles lo derribó de nuevo, arrodillado en el polvo. Su voz, un hilo de seda rasgada, emergió:
—¿Cómo? El confinamiento te arrebata la mayoría de tu poder…
—Nunca estuvo escrito que fuera permanente, estúpido —replicó Suka, su tono un glaciar sereno—. Era temporal. Un velo que ya se disipó.
La paciencia de Suka se agotaba, un fuego lento avivado por los recuerdos de las atrocidades planeadas por Lucifer. Su voz se endureció, un trueno contenido:
—Lucifer, te lo digo una vez y no lo repetiré: vete y no vuelvas. Si te veo de nuevo, tu destino será la muerte. La estupidez de jugar a ser Dios… Si ejecutas tu plan, te aniquilaré. Si no quieres morir ahora, entrégame los cubos donde has sellado a los arcángeles.
Lucifer negó con un gesto mudo, desafiante. Suka explotó:
—¡Apresúrate y entrégamelos!
Silencio. Luego, un suspiro. Suka no esperó más: una patada brutal impactó la cabeza de Lucifer, enviándolo al suelo. Revolvió sus bolsillos con precisión quirúrgica y extrajo los cubos relucientes. De un tirón, le arrancó la última prenda que le cubría el rostro, revelando un semblante de belleza majestuosa —pómulos altos, ojos como estrellas caídas—, incluso magullado y ensangrentado. A Suka no le importó.
—Vete de aquí —ordenó, y su voz fue sentencia irrevocable.
En el campo de batalla
Mientras tanto, en otro extremo del desastre, los guerreros emergían de las entrañas destrozadas de la Tierra. Sebastián se reveló primero, tambaleante, con sangre brotando de su boca como un río carmesí. Cayó de rodillas, el mundo girando en espirales de dolor, pero se levantó con un rugido gutural, desafiando la muerte misma.
Sorudoma yacía inmóvil, su cuerpo perforado por el embate final de Sebastián, un cadáver tieso en el barro. Vanessa, herida pero viva, era cargada en brazos de su padre mientras subían las escaleras derruidas hacia la superficie. El búnker interior era ahora un mausoleo de escombros, un testimonio mudo de la furia desatada.
Al emerger, el grupo divisó a Sebastián colapsando. Vanessa, con el corazón en un puño, suplicó:
—¡Papá, vamos rápido! ¡Allá!
Corrieron hacia él, pisando vidrios. Los ojos azules de Sebastián parpadeaban, su brillo heroico apagándose como una estrella moribunda, solo para reavivarse en un último estertor de voluntad indomable.
En su mente, al borde del abismo, Sebastián flotaba en un vacío negro. Sin Beast, su reserva de energía negativa se agotaba como arena en un reloj roto. Sin Adán, la energía divina se desvanecía, dejando solo un cascarón exhausto. Intentó levantarse: una vez, dos, cayendo cada vez con más fuerza. Entonces, los recuerdos irrumpieron como una marea compasiva.
La primera vez que vio a Vanessa en redes sociales —un flechazo torpe, imperfecto, pero cargado de destino. Aquella cita que ella propuso con timidez, con los nervios danzando en el aire. Las noches cuidando a su hermana pequeña, evitando que escapara a la oscuridad, risas compartidas en la penumbra. Viajes llenos de momentos robados: atardeceres eternos, promesas susurradas. La dicha con su familia, risas que llenaban vacíos. Y aquel viaje a sus raíces compartidas, explorando cuevas montañosas en un municipio olvidado, culminando en un río bajo las estrellas: su primer beso, salado por el agua y dulce por el amor naciente.
En el mundo real, sangre goteaba de su boca mientras Vanessa se arrodillaba ante él. Sin palabras, sin pudor, lo besó. Lágrimas surcaban su rostro, mezclándose con la sangre de él. Un beso desesperado, un ancla en la tormenta.
Sebastián se incorporó por última vez, clavando la vista en Sebastián Vegas.
—Confío en ti —jadeó—. Protégela.
Luego, el mundo se inclinó. Cayó, y la ceguera lo envolvió. En un acto final, abrazó a Vanessa con fuerza sobrehumana, ella correspondiendo igual, sollozos rompiendo el silencio.
—No te vayas, por favor… —suplicó ella, con la voz quebrada.
Pero, a las once y media de la noche del 1 de enero de 2029, Sebastián Vigaraciel exhaló su último aliento. Murió en los brazos de Vanessa, su amor eterno. No buscaba cambiar el mundo ni ser el más poderoso; solo vivir. Pero el mundo, cruel e inexorable, lo había moldeado en estrés y sufrimiento constante. Rodeado de seres queridos que lloraban a mares —lágrimas por el héroe que dio todo por no defraudar expectativas—, Sebastián partió. Las personas en los búnkeres sintieron un peso en el pecho, un duelo colectivo. Ganó la batalla contra Sorudoma, el asesino más odiado de la historia, pero pagó con su vida. Así culminó la tragedia de Nueva York: un joven adulto que lo dio todo, hasta el último latido.
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