Mucho más allá de nosotros - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 parte 90 Que debería entender
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21: parte 9.0: Que debería entender 21: parte 9.0: Que debería entender —Ve por ella, Elian.
Te estaré esperando para conocerla.
—No entiendo del todo lo que quieres decir, pero iré a verla… no lo sé, siento que hay algo en mí que quiere estar con ella.
—Jajaja, Elian, ya deja de hablar conmigo y ve.
El descanso es corto.
Elian salió corriendo de la cafetería, con los dulces guardados en el bolsillo.
Cada vez que los apretaba, solo pensaba en la sonrisa de Seris.
No perdió tiempo.
En cada lugar por el que pasaba preguntaba por ella, y si nadie sabía nada, salía corriendo de inmediato.
Revisaba la hora en su celular para saber cuánto tiempo le quedaba.
Así pasó el descanso, sin darse cuenta.
El timbre sonó, anunciando el inicio de clases, y Elian no logró encontrar a Seris.
Decepcionado, se dirigió a su salón.
No se preocupaba por sus cosas; sabía que Aren se las llevaría.
Aun así, la decepción seguía ahí… por no haber podido encontrarla.
Se dirigía a su siguiente clase.
No tenía ganas de entrar; se sentía bastante desanimado.
Aun así, sabía que Aren se preocuparía y se molestaría si faltaba.
No sabía qué cosa era peor.
Aun así, seguía avanzando, tropezando con los demás que también se dirigían a sus clases.
Solo veía pasar a las personas mientras avanzaba.
Al observar mejor a los demás, notó a una persona con el mismo color de cabello que Seris.
Sin dudarlo, intentó avanzar entre la multitud, pero había demasiados afanados por llegar a sus salones.
No podía avanzar.
No quiero gritar, pero… ¿qué importa eso ahora?
Tengo que alcanzarla, pensó Elian.
—Seris, ¿me escuchas?
Todos se detuvieron y observaron a la persona que estaba gritando.
Por favor, pensaba Elian, ahí sí no se muevan.
—¡Muévanse de mi camino!
Necesito llegar a una parte… Seris, ¿eres tú?
Elian no recibió respuesta y pensó que se había equivocado de persona.
Pero en ese momento, alguien se asomó entre la gente.
—Elian, ¿qué estás haciendo?
¿Por qué estás gritando?
—¿Sí eres tú?
Qué felicidad —avanzó—.
Era la única opción que tenía.
No sabía que eras tú… pero ahora que lo sé, estoy más tranquilo.
—Elian, ¿qué estás diciendo en público?
—dijo ella—.
Además, estoy de afán.
Ya timbraron y tenemos clase, así que no puedo quedarme.
—Espera, Seris… yo quiero estar contigo.
Se quedó en silencio un segundo.
Bajó la cara y luego la levantó, nervioso.
—Quiero decir… yo quiero darte algo.
Ella suspiró con una pequeña sonrisa.
—Elian, está bien.
Mañana hablamos.
¿Qué tal si mañana nos vemos en el patio?
—Espera, Seris… —dio un paso—.
Oigan, déjenme pasar.
Espérame, yo quiero estar contigo.
Las personas se quedaron paradas, observando aquella escena entre Elian y Seris.
A muchos les parecía algo sacado de una película.
—Elian, espera un momento.
No avances más.
Está bien.
Sonrió.
—Hablamos mañana en el patio, te lo prometo.
Y se marchó.
Elian observó esa sonrisa.
Todo volvió a la tranquilidad.
Solo pudo sonreír… pero no le duró mucho.
Todos seguían mirándolo.
Salió corriendo, lleno de vergüenza, preguntándose por qué había hecho eso.
Mientras corría, gritó: —¡Aren!
¿Por qué me hiciste hacer esto?
Elian llegó al salón rojo, sudando.
La profesora solo le puso una anotación y lo dejó pasar.
Sus cosas ya estaban allí.
Avanzó y se sentó.
Aren había dejado sus cosas en un asiento al pie del suyo.
Aren habló en voz baja: —En verdad no pensé que llegarías.
Y dime, ¿disfrutaste compartir los dulces con ella?
Elian le respondió en susurros: —¿De qué hablas?
¿No ves cómo llegué?
—Ja.
Disculpa, no miré detenidamente a la persona que llegó a interrumpir la clase —dijo Aren—, mientras alguien disfrutaba de un momento especial.
—Aren… —Oigan, ustedes dos —interrumpió la profesora—.
Hagan silencio o se salen si no quieren escuchar la clase.
—Lo siento, profesora —dijeron los dos.
Elian miró a Aren de reojo.
—Hablamos después —dijo en voz baja.
Al finalizar las clases, Elian se levantó primero y se acercó a Aren.
Aren no entendía por qué estaba así y solo pudo reír un poco.
Elian lo seguía observando.
Aren salió tranquilo del salón; Elian lo siguió.
—En serio, Aren —dijo Elian—.
¿Así te comportas después de motivarme tanto?
—Disculpa —respondió Aren—.
Yo solo quería que entendieras lo que sientes.
Pero veo que no he podido ayudarte… y eso que he dejado algunas cosas de lado para que puedas entenderte.
—¿De qué hablas?
¿Qué cosas dejas de lado para ayudarme?
—¿Es en serio?
—Aren suspiró—.
Así olvidas las cosas, Elian.
Te dije que te ayudaría a descubrir tu resonancia, pero no hemos hecho nada porque estás… bueno, no te lo diré.
Salieron del colegio y se subieron al autobús.
—Ay, por favor, Aren —dijo Elian—.
Ya basta con tantas adivinanzas.
En verdad no te entiendo.
¿Qué es lo que me quieres decir?
Se sentaron.
—Creo que estás muy ciego —dijo Aren—.
Me pregunto si entendiste lo de los dulces, porque no entiendes lo que sientes.
—Aren, no sé qué es lo que siento —admitió Elian—.
Estoy confundido.
Anoche no sé qué fue lo que pasó, pero no sé cómo sentirme.
Hay muchas cosas en las que pensar, no solo en ser héroe, sino también en preocuparme por mi mejor amigo.
—Y tú todavía no me has querido decir qué fue lo que te mantuvo despierto anoche.
Aren cambió de expresión.
Suspira y mira fijamente a Elian.
—Tienes razón.
He pensado mucho en mí y no he dejado que tú entiendas lo que sientes.
Y lo de anoche, tranquilo, son cosas normales… no como las tuyas, pero todo está bien.
—Así que cuéntame, ¿qué pasó hoy?
Elian rió un poco.
—Jajaja, Aren, ya deja de pensar solo en mí.
Solo diré una cosa: hice el peor oso de mi vida hoy… y fue por algo que dijo alguien.
—Jajaja, no me puedo imaginar lo que hiciste —respondió Aren—.
Pero si no me quieres decir, los chismes vuelan rápido.
—Jajaja… ¿sabes qué?
Yo no te he dado nada.
¿Qué tal si te doy un gran abrazo?
—¿Espera, qué?
—dijo Aren—.
Ni se te ocurra, todavía tienes la camisa sudada, Elian.
—¿Ah, en serio?
Ahora tengo más ganas.
Ven acá.
Elian se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Jajaja, es divertido compartir momentos como estos entre los dos —dijo Elian.
—Oye, es en serio… voy a quedar oliendo horrible.
—No exageres, no huelo tan mal.
Espera— Elian se separó del abrazo y metió la mano en el bolsillo.
—Tengo los dulces que me diste —dijo Aren—.
¿Qué tal si te llevas la mitad y yo la otra?
Ya que no se los pude dar… y ya casi me voy a bajar.
Elian sacó los dulces y sonrió.
—Bueno, no puedo rechazarlos, ya que yo los compré.
Y ya vete, que ya llegaste a tu parada.
Nos vemos mañana.
—Adiós, Aren.
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