Mucho más allá de nosotros - Capítulo 28
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Capítulo 28: parte 14 final: Una noche sin luna
Elian en el piso susurró:
—Por favor… Aren, vuelve.
Se levantó en silencio. Sus ojos estaban borrosos por las lágrimas.
—No voy a permitir que desaparezcas… no lo voy a permitir.
Apretó el teléfono contra su pecho. Miró a su alrededor. Oscuridad. Lluvia. Vacío.
Y comenzó a correr.
El sonido del teléfono resonaba en la noche.
Elian avanzaba por las calles mirando en todas direcciones. La lluvia le nublaba la vista. Apenas podía distinguir las sombras entre la oscuridad. Cada vibración del teléfono le atravesaba el pecho.
Su respiración se descontroló.
Por un momento recordó la sonrisa de Aren. Recordó su risa cuando se cortaron el cabello. Intentó sonreír.
No pudo.
Al cruzar la calle no vio el auto que venía. Las luces lo cegaron.
“No… esto no termina así.”
Saltó por instinto. El auto pasó rozándolo, pero al caer sus pies resbalaron sobre el asfalto mojado.
Cayó.
El golpe contra el suelo fue seco. Brutal.
Desde el piso, apenas consciente, vio cómo el teléfono se deslizaba fuera de su mano.
Lo último que escuchó…
fue el sonido que se cortaba.
Silencio.
Elian aún sentía un dolor pulsante en su interior.
Nunca había sentido algo así.
Un sonido lo atravesó.
Pensó que era su teléfono.
La alarma para ir al colegio.
Abrió los ojos.
El techo no era el de su cuarto.
Parpadeó.
La luz era demasiado blanca.
El sonido seguía.
No era su teléfono.
Revisó a su alrededor.
Solo había cortinas azules.
Sus sentidos comenzaron a despertar lentamente.
Un pitido constante. Pasos apresurados. Voces tensas.
Sintió un dolor agudo en la cabeza.
Levantó la mano para tocarse y notó la tela rasgada de su ropa.
Frunció el ceño.
Se incorporó con cuidado de la camilla y apartó un poco la cortina.
La luz lo deslumbró.
Había muchas personas heridas. Sangre. Enfermeros corriendo.
—¿Qué pasó…? —preguntó en voz baja.
Entonces escuchó su nombre.
—¡Elian!
Giró la cabeza.
Sus padres.
Los miró con confusión.
—Ma… pa… ¿qué está pasando?
Se tocó la cabeza, todavía adolorido.
—Elian… qué bueno que estás bien.
Lo abrazaron con fuerza.
Él respondió el abrazo, pero algo no encajaba.
A lo lejos alguien gritó:
—¡Necesitamos más sangre! ¡Fue un accidente fuerte!
Accidente.
Elian repitió la palabra como si no le perteneciera.
Se separó lentamente de sus padres.
—¿Un… accidente?
Se llevó la mano al pecho.
Un recuerdo lo atravesó.
La lluvia.
Las luces.
El teléfono sonando.
Bajó la cabeza.
—Yo… ¿por qué estaba corriendo?
Otro recuerdo.
Una vibración.
Un nombre.
—Sangre… —susurró.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—Aren.
Levantó la mirada hacia sus padres.
Su respiración comenzó a descontrolarse.
Una sonrisa quebrada apareció en su rostro.
Se acercó a ellos y sujetó la ropa de ambos.
—Él está aquí… ¿verdad? —tragó saliva—. Sí pudieron encontrarlo… ¿cierto?
El silencio fue inmediato.
Sus padres no respondieron.
Solo lo abrazaron con más fuerza.
—Lo sentimos, Elian…
—Lo sentimos, Elian…
Las palabras no hicieron ruido.
Pero algo dentro de él se quebró.
Sus rodillas cedieron.
Cayó al suelo sin darse cuenta de cuándo dejó de sostenerse.
Se quedó ahí.
Mirando un punto fijo.
Sus manos seguían aferradas a la tela de sus padres.
Abrió la boca.
No salió nada.
Elian salió del hospital con la mirada baja.
No quería ver la ciudad.
No quería reconocer que seguía igual.
Al llegar a casa subió sin decir nada. Cerró la puerta de su cuarto y se dejó caer junto a ella.
La luz de la luna entraba por la ventana.
Cerró los ojos.
Esperó despertar.
No despertó.
La mañana siguiente fue ruidosa.
Escuchó a sus padres llamándolo.
—Déjenme solo.
Se acercó a la ventana. Afuera el día era soleado.
Pensó en Aren.
Siempre parecía frío. Distante.
Pero cuando sonreía… era cálido.
Elian volvió a encerrarse.
Los días comenzaron a mezclarse.
A veces escuchaba a sus padres salir temprano.
Decían que seguirían buscando.
Una mañana el ruido fue distinto.
Voces desconocidas.
Bajó sin ganas.
En la puerta estaban las autoridades.
Le hicieron preguntas.
Él respondió.
Subió de nuevo a su cuarto.
Y el silencio volvió.
Sus padres le recomendaron que saliera un poco para despejar la mente.
Elian, de mala gana, salió.
Caminó observando cómo habían pegado carteles para encontrar a Aren.
Muchos ya estaban desgastados por el sol y el viento.
Tocó uno con la punta de los dedos… y siguió su camino.
Pasó por el parque donde se habían reunido una vez.
Siempre era bullicioso. Lleno de risas.
Ahora solo había silencio.
Elian sintió que el mundo seguía… pero sin él.
Encerrado de nuevo en su cuarto, solo pensaba en verlo una última vez.
Aunque fuera herido. Aunque fuera en silencio.
Solo quería ver su cabello bajo la luz otra vez.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el timbre de su teléfono.
Miró la pantalla.
Seris.
Dudó en contestar.
Hacía días que no sabía nada de ella.
Pero aun así respondió.
—Elian… —su voz sonaba preocupada.
Como siempre, la voz de Seris le daba calma.
Después de hablar unos minutos, decidió salir para encontrarse con ella.
Mientras caminaba, recordó los días en que esperaba el autobús.
Aren siempre estaba primero.
Siempre sentado junto a la ventana.
Mirando hacia afuera como si el mundo no le importara.
Y cuando Elian subía, Aren apenas giraba el rostro…
pero sus ojos se suavizaban.
Elian suspiró.
Siguió avanzando hasta que finalmente la vio.
Seris lo esperaba en una banca de madera.
Se sentó junto a ella.
Ninguno dijo nada.
Solo permanecieron allí, compartiendo el silencio.
Seris levantó la mano y acarició el rostro de Elian con suavidad.
Él buscó el calor de su mano sin pensarlo.
Luego se recostó en su hombro.
Cerró los ojos.
Y dejó caer una lágrima.
Elian despertó al escuchar las voces de sus padres hablando con alguien en la sala.
Se levantó y bajó las escaleras.
Al llegar, se encontró con un héroe.
Eso lo confundió.
¿Por qué un héroe estaba en su casa?
—¿Tú eres Elian, cierto? —preguntó el hombre.
Llevaba el uniforme desgastado, pequeñas manchas oscuras marcaban la tela como si no hubiera descansado en días.
—Sí… soy yo. ¿Por qué pregunta?
El héroe lo miró unos segundos antes de responder.
—Vine por petición de los padres de Aren. Querían que se te informara que la búsqueda ha terminado.
El mundo de Elian se quedó en silencio.
—¿Qué…?
El héroe dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
Elian reaccionó tarde.
Corrió hasta la puerta.
—¡Espere! ¿Por qué? ¡¿Por qué van a detenerla?! ¡No pueden dejar de buscarlo!
El héroe se detuvo. Suspiró.
Lo miró con una mezcla de cansancio y dureza.
—Escúchame, niño. Este mundo ya está en suficiente caos como para seguir buscando a alguien que probablemente está muerto.
Elian sintió que esas palabras le atravesaban el pecho.
—No lo diga así…
—No vale arriesgar miles de vidas por una sola que ya no puede salvarse. Aún eres un niño. Algún día lo entenderás.
Y sin decir nada más, el héroe se marchó.
La puerta quedó abierta unos segundos.
Elian no se movía.
Sus padres se acercaron con cuidado.
—Los padres de Aren… harán una ceremonia por su desaparición —dijo su madre en voz baja.
Elian asintió sin mirarlos.
Subió a su cuarto.
Y esperó el día de la ceremonia.
Al despertar, notó lo sobrio que estaba el día.
El cielo gris parecía anunciar lluvia.
No le prestó demasiada atención al clima.
Fue a arreglarse.
Abrió el armario.
Sus ojos se detuvieron en la ropa que había usado en el funeral de la abuela de Aren.
La sostuvo unos segundos… pero la dejó donde estaba.
Luego vio el traje nuevo que sus padres le habían comprado para cuando terminara el colegio.
Lo tomó.
Se lo puso.
Al bajar las escaleras, sus padres lo miraron en silencio.
No dijeron nada.
Solo abrieron los brazos.
Elian caminó hacia ellos y aceptó el abrazo.
Así se fueron a la ceremonia.
Al llegar, vio a Seris.
Ella ya estaba ahí.
Se acercó y la abrazó sin decir nada.
Ella respondió con la misma fuerza contenida.
Entraron juntos.
El lugar estaba lleno.
Los padres de Aren lloraban frente a un ataúd vacío.
Vacío.
Elian observó los rostros de las personas.
Había tristeza… pero también frustración.
No había cuerpo.
No había cierre.
El dolor no tenía un catalizador.
Era como gritar hacia el vacío.
“Qué injusto”, pensó.
No solo la desaparición.
Sino que el mundo pudiera seguir avanzando mientras ese dolor quedaba suspendido, sin respuesta.
Apretó los puños.
“¿Cómo pueden simplemente detener la búsqueda?”
“¿Cómo pueden dejar que el dolor crezca sin siquiera intentarlo hasta el final?”
Sintió algo nuevo nacer en su pecho.
No era solo tristeza.
Era algo más firme.
Más frío.
Yo no quiero esto.
No quiero este futuro.
No quiero un mundo donde el dolor quede sin respuesta.
Levantó la mirada hacia el ataúd vacío.
Y en silencio, hizo una promesa:
Yo haré que el dolor tenga justicia.
Se dio la vuelta.
Y salió de allí con los puños aún apretados.
Cinco años después…
En un lugar donde la luz no llegaba, unas pisadas resonaban, haciendo vibrar el suelo con cada paso.
Se detuvieron frente a una gran puerta.
Una sonrisa se dibujó en la oscuridad.
La abrió.
—Es hora de que despiertes de tu largo sueño.
Ante él colgaba una crisálida oscura, suspendida como un secreto prohibido.
Levantó la mano y rasgó lentamente su superficie. La seda se desgarró con un sonido seco… dejando caer un cuerpo sobre el suelo frío.
Una risa baja llenó el lugar.
Extendió la mano hacia la figura inmóvil.
Durante unos segundos, no hubo respuesta.
Entonces, una sonrisa se dibujó en el rostro del recién liberado.
Tomó la mano.
Se puso de pie.
El otro se acercó, inclinándose apenas, rozando su mentón con un dedo mientras lo observaba con una mirada cargada de intención.
—Será un placer… convertirme en el deseo de todos.
La oscuridad pareció estremecerse ante aquellas palabras.
FIN DEL PRIMER CAPITULO
Hola a todos.
Quiero pedirles una disculpa por haber desaparecido estos días sin avisar. Gracias por la paciencia y por seguir apoyando la historia.
Me alegra muchísimo contarles que por fin terminé el primer capítulo. De verdad, gracias por acompañarme en este proceso y por cada lectura.
Lo que viene ahora es solo el comienzo.
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