Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 Descubrimientos y tensión
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10: Capítulo 10 Descubrimientos y tensión 10: Capítulo 10 Descubrimientos y tensión La mañana llegó envuelta en el murmullo del bosque.
El canto de aves desconocidas, el crujir suave de las ramas y el aroma húmedo de la tierra despertaron a Merea lentamente.
Abró los ojos con pereza, aún envuelta en la calidez del lugar que Kael’thar le había ofrecido para descansar.
Por un instante, su mente se negó a aceptar la realidad.
No había oleaje.
No había corrientes marinas susurrándole al oído.
La madera tallada, la luz filtrándose entre hojas y el murmullo terrestre la trayectoria de vuelta.
Estoy en tierra… Se incorporó despacio, acomodándose el vestido con un movimiento tranquilo y elegante.
Sus dedos recorrieron la superficie de las paredes, siguiendo las vetas de la madera como si leyera una historia silenciosa.
Todo estaba hecho con cuidado, con intención.
No era un refugio improvisado.
—Vaya… —murmuró, recorriendo la estancia con la mirada—.
Este lugar…
se parece mucho a él.
Había algo en ese espacio.
Ordenado, firme, pero cálido.
Exactamente como Kael’thar.
Sonrió apenas, perdida en sus pensamientos, sin notar que la puerta comenzó a abrirse lentamente.
Kael’thar entró sin hacer ruido, sosteniendo una canasta con frutas silvestres y un plato de carne cocinada.
Se detuvo al verla despierta.
La observar por un segundo de más, con esa mirada dorada intensa que siempre hacía que a Merea le recorriera un hormigueo por la piel.
—Buenos días —dijo al fin, con voz grave, suave, pero firme—.
¿Dormiste bien?
Ella giró hacia él con una sonrisa lenta.
Cruzó los brazos, pero inclinó ligeramente la cabeza, dejando que su postura hablara por sí sola: confianza… y provocación.
—Más o menos —respondió—.
Fue un poco triste dormir sola.
Sus ojos dorados brillaron con picardía, sosteniendo la mirada de él sin el menor pudor.
Kael’thar tragó saliva, apenas perceptible.
Su atención se centró por completo en ella durante un segundo que pareció demasiado largo.
—Humm… —aclaró la garganta—.
Te traje algo de comida.
Siéntate… y dime si te agrada.
Intentó fingir que no había escuchado ese comentario.
No lo logré del todo.
La conducida hasta una pequeña mesa de madera.
Colocó las frutas frescas y la carne con cuidado.
No era un banquete, pero estaba preparado con esmero.
Merea tomó una fruta.
La sostuvo entre los dedos, observándola antes de acercarla lentamente a sus labios.
Al morderla, levantó la mirada y la fijó en él, sin romper el contacto visual.
—Huele delicioso —susurró.
Cuando Kael’thar tomó el cuchillo para cortar la carne, los dedos de ambos se rozaron apenas.
Fue un contacto mínimo… suficiente.
Él se tensó.
Esta hembra… — ¿Te gustaría conocer más de mi lugar?
—preguntó de pronto, señalando un pasillo que se adentraba entre las estructuras de madera—.
Hay algunas habitaciones privadas que rara vez muestro a otras.
Merea alejando, dejando la fruta a un lado.
—¿Privadas?
—repitió, dando un paso al frente—.
Ahora ha despertado mi curiosidad.
Avanzó primero, descalza sobre la madera pulida, sintiendo cada crujido bajo sus pies.
Kael’thar la siguió, atento a cada movimiento suyo.
Al girar una esquina, una pequeña puerta oculta llamó la atención de ella de inmediato.
Se detuvo frente a ella y lo miró por encima del hombro.
— ¿Puedo pasar?
—preguntó—.
Me causa mucha intriga.
Kael’thar dudó apenas un segundo.
—Claro… puedes.
Merea ascendiendo y entró sin esperar más.
—Y esto?
—preguntó, acercándose, dejando que su perfume se mezclara con el aire del lugar.
Abra la puerta por completo.
El interior reveló un cuarto acogedor: mapas extendidos, instrumentos antiguos, objetos rituales y un escritorio pulido que reflejaba la luz del sol.
Todo estaba perfectamente dispuesto.
Cada objeto tenía un propósito.
Merea se inclinó para observar mejor, acercándose más de lo necesario a Kael’thar.
—Es… tu estudio —dijo, con un tono entre admiración y travesura.
—Sí —respondió él, controlando la respiración—.
Pero no es un lugar para curiosos.
Ella arqueó una ceja y, al girarse, se rozó su hombro “accidentalmente”.
—Este lugar tiene tu aroma, Kael’thar —murmuró—.
Y tú hueles muy bien.
Él apartó la mirada apenas, tragando saliva.
¿Esta pequeña no tiene miedo de ser comida… o me está provocando?
Un escalofrío recorrió su espalda.
Cada gesto de ella parecía calculado, consciente de su efecto.
— ¿Quieres que te enseñe más de la aldea después?
—preguntó, intentando mantener la voz firme.
Merea dio un paso más hacia él.
La distancia entre ambos se reduce peligrosamente.
—Me encantaría —respondió suavemente.
Al pasar junto a él, rozó su brazo con el suyo de manera deliberada.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
El bosque, la aldea, todo se desvaneció bajo la tensión silenciosa que flotaba entre ellos.
Entonces, un grito rompió el momento.
—¡Kael’thar!
Un guerrero apareció corriendo, cubierto de polvo y sangre.
—¡Es Rhazek!
Kael’thar se giró de inmediato, sus ojos dorados endurecidos.
—¿Qué ocurrió?
—Una bestia errante —respondió el guerrero—.
Fue una emboscada.
Lo trajimos de vuelta, pero… está herido.
Sin dudarlo, Kael’thar avanzó hacia el centro de la aldea.
Merea lo siguió.
Allí, en medio del lugar, yacía Rhazek.
Un hombre bestia tan imponente como atractivo.
Cabellos negros, rasgos felinos marcados, respiración irregular.
La herida profunda en su cuerpo preocupaba incluso a los sanadores más experimentados.
—El veneno se extiende —susurró uno—.
No tenemos nada que pueda contrarrestarlo.
Kael’thar apretó los puños.
—Tiene que haber algo.
Merea observar la herida.
Un calor recorrió sus manos.
Avanzó con paso firme y se colocó junto a Kael’thar.
—Tal vez… pueda ayudar.
Él la miró, sorprendido y cauteloso.
—¿Sabes de sanación?
Merea mantuvo su mirada, segura, sin retroceder.
—Un poco —respondió—.
Lo suficiente.
El aire se tensó.
La tribu observaba en silencio.
Kael’thar comprendió entonces que este viajera no era solo curiosa… ni solo audaz.
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