Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 Sombras y decisiones
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11: Capítulo 11 Sombras y decisiones 11: Capítulo 11 Sombras y decisiones En Abyssara, el reino donde la luz se filtra en hilos de plata líquida, el equilibrio se había roto.
Las profundidades, usualmente coreografiadas por el ritmo pausado de las mareas, bullían ahora con una inquietud eléctrica.
Las corrientes, que antes eran caricias, se agitaban en remolinos erráticos que golpeaban las columnas de nácar de los palacios.
Las perlas de vigilancia, centinelas bioluminiscentes sembradas por todo el perímetro, emitían destellos intermitentes en un tono carmesí que solo significaba una cosa: peligro o ausencia.
En la Gran Biblioteca de Coral, una de las guardianas de la guardia real nadaba de un lado a otro, sus aletas vibrando con nerviosismo.
—La princesa no está en la biblioteca —anunció a la capitana de la guardia, sus ojos grandes y brillantes reflejando una preocupación genuina—.
Es el tercer ciclo de marea que revisamos.
Nadie la ha visto salir por los túneles principales.
—¿Qué quieres decir con que “no está”?
—la voz de la capitana sonó tensa, como una cuerda de arpa a punto de romperse—.
Registrad los jardines de anémonas y las cámaras de meditación.
Una sirena de su linaje no se desvanece en el agua sin dejar un rastro de esencia.
—Ha desaparecido por completo —insistió la guardiana, bajando la voz hasta un susurro temeroso—.
No hay rastro de su presencia en ningún pasillo, ni en las cámaras de sus damas.
Es como si el océano mismo se la hubiera tragado… o como si ella hubiera decidido dejar de pertenecerle.
El murmullo de la noticia se propagó como una mancha de tinta en el agua, mezclándose con la presión creciente de la corriente.
En el trono de obsidiana, el rey Aegirion y la reina Lyssara intercambiaron una mirada cargada de un peso ancestral.
Sabían que su hija, Merea, poseía un espíritu que ni el más profundo de los abismos podía contener.
Audaz, curiosa y dueña de una belleza que ocultaba una voluntad de hierro, Merea siempre había mirado hacia arriba, hacia donde la luz se volvía dorada y el agua se encontraba con el vacío.
—Sigan buscando —ordenó el rey Aegirion, su voz resonando como un trueno submarino que hizo vibrar los huesos de los presentes—.
Cerrad las fronteras de los arrecifes.
Y que las corrientes nos guíen hasta ella antes de que sea demasiado tarde.
Lejos de la penumbra azulada, bajo el implacable sol del mediodía, la aldea de Kael’thar se encontraba sumida en un caos similar, pero de una naturaleza mucho más terrenal y violenta.
El polvo se levantaba en pequeñas nubes bajo los pies de los guerreros que rodeaban la escena.
Rhazek, el guerrero más leal del clan, yacía sobre la tierra seca.
Su respiración era un silbido irregular y penoso.
El olor a hierro de la sangre llenaba el aire, atrayendo la atención de los sanadores, cuyos rostros reflejaban una impotencia amarga.
Merea estaba de pie junto a él.
En este mundo de polvo y sol, ella parecía una aparición de otro plano.
Su vestido, de una tela ligera que brillaba con reflejos tornasolados, se movía con la brisa cálida como si todavía estuviera bajo el agua.
A pesar de los ojos curiosos y los susurros hostiles de los aldeanos, no había una pizca de miedo en ella.
Solo una concentración gélida y absoluta.
—Kael’thar —dijo ella, con una voz que era como el canto de la marea: suave, pero capaz de erosionar la roca más dura—.
Debemos moverlo a un lugar más privado.
Aquí hay demasiados ojos, demasiada energía dispersa.
El ruido interfiere con lo que debo hacer.
Kael’thar, un hombre cuya sola presencia solía silenciar a la multitud, sintió un escalofrío extraño ante la firmeza de la forastera.
Su mandíbula se tensó y sus ojos dorados, como el ámbar bajo el sol, recorrieron a su gente.
La desconfianza era palpable.
—¿Por qué Kael’thar permite que una forastera dé órdenes?
—masculló un anciano de la tribu.
—¡Es una bruja!
¿Cómo te atreves a tocar a uno de nuestros guerreros?
—gritó una mujer desde el fondo.
Kael’thar dio un paso al frente, su sombra cubriendo a Merea y al herido.
Su voz estalló con la autoridad de un alfa: —¡Silencio!
Retrocedan todos.
Rhazek será tratado en su hogar bajo mi protección.
Nadie más interfiere, o responderá ante mí.
El silencio que siguió fue inmediato, pero cargado de resentimiento.
Los aldeanos se dispersaron lentamente, lanzando miradas de soslayo a Merea.
Ella no se inmutó; al contrario, le dedicó a Kael’thar una mirada breve, una chispa de reconocimiento por su mando, antes de volver a centrarse en el moribundo.
Tras una caminata tensa hasta la cabaña de Rhazek, Kael’thar depositó al guerrero sobre una cama de pieles de lobo.
El ambiente dentro de la vivienda era cálido, con olor a madera quemada y cuero.
Merea se arrodilló de inmediato al lado de la cama, sus manos flotando sobre la herida abierta en el costado de Rhazek.
Ella levantó la vista hacia Kael’thar.
Sus ojos dorados se encontraron en un duelo silencioso de voluntades.
Merea inclinó la cabeza apenas un milímetro, un gesto cargado de una confianza casi íntima.
—Haz lo que consideres necesario —dijo finalmente Kael’thar, bajando la voz hasta que solo ella pudiera oírlo.
Se acercó un poco más, invadiendo el espacio personal de la princesa—.
Pero te lo advierto, Merea : no quiero sorpresas.
Mi lealtad a mi gente es mayor que mi curiosidad por ti.
Merea sonrió de forma casi imperceptible, un destello de coqueteo bailando en sus pupilas.
—No habrá sorpresas, Kael’thar.
Solo resultados —respondió ella, y su voz bajó a un tono aterciopelado que lo hizo tensar los hombros—.
Solo cuidado y dedicación.
Observa y aprende, si crees que tu corazón es lo suficientemente fuerte para ver lo que otros ignoran.
—Esto no es una herida común —murmuró él, ignorando el reto pero sin apartar la vista de ella—.
El filo que lo cortó estaba maldito.
Nadie en esta tierra ha visto algo que se cierre sin dejar cicatriz o sin cobrar la vida.
—Lo sé —dijo Merea, rozando con la punta de sus dedos los bordes de la carne desgarrada.
Rhazek dejó escapar un gemido, pero se calmó al instante ante el contacto de ella—.
Pero yo no soy de “esta tierra”.
Debemos mantener la discreción, Kael’thar.
Cada gesto mío, cada mirada tuya…
todo cuenta si queremos que viva.
Kael’thar la observó con una mezcla de fascinación y desconfianza.
No había rastro de la timidez que él esperaba de una mujer sola en tierras extrañas.
Había una seguridad absoluta, un magnetismo que parecía atraer el aire de la habitación hacia ella.
—¿Cómo planeas hacerlo?
—preguntó él, su voz grave vibrando en el pequeño espacio.
—Con lo que soy —respondió ella, inclinándose sobre Rhazek de modo que su cabello rozó el brazo de Kael’thar.
Fue un contacto fugaz, pero cargado de una electricidad que no pertenecía al clima seco de la aldea—.
No puedo explicarte la ciencia de mi mundo, ni el poder de las corrientes que fluyen por mis venas.
Solo confía en mí y mantén las distracciones fuera de este espacio.
¿Puedes hacer eso por mí?
El “por mí” sonó como una invitación, una promesa de algo más allá de la medicina.
Kael’thar asintió, atrapado en esa red invisible de misterio.
Merea cerró los ojos.
Sus manos comenzaron a emitir un tenue fulgor.
No era magia en el sentido humano; era una manipulación biológica pura, una transferencia de vitalidad acuática.
Rhazek empezó a respirar con una regularidad asombrosa.
Los bordes de la herida comenzaron a buscarse entre sí, cerrándose lentamente, como si el tiempo retrocediera.
—¿No es magia?
—susurró Kael’thar, dando un paso atrás, asombrado—.
¿Qué eres realmente?
Merea abrió los ojos.
En la penumbra de la cabaña, sus pupilas brillaron con una intensidad sobrehumana, una luz dorada y profunda que recordaba a los tesoros hundidos en el fondo del mar.
—Solo alguien que sabe cuándo actuar —dijo con firmeza, aunque permitió que un rastro de vulnerabilidad se asomara en su rostro por el esfuerzo—.
Pero ahora, mi identidad es lo de menos.
Lo único que importa es que tu guerrero volverá a luchar.
El aire en la habitación se volvió denso, casi pesado, como si la presión del océano hubiera seguido a la princesa hasta la superficie.
La tensión entre ambos no era solo por la vida de Rhazek; era el magnetismo de dos mundos chocando.
Kael’thar sentía una necesidad irracional de protegerla, y al mismo tiempo, de descubrir todos sus secretos.
Finalmente, Merea retiró las manos.
Estaba pálida, pero satisfecha.
La herida se había convertido en una línea rosada y delgada.
Se puso de pie con elegancia, quedando a escasos centímetros del pecho de Kael’thar.
—Hoy has hecho más de lo que cualquiera habría esperado —dijo él, su voz siendo apenas un murmullo profundo—.
Eres… impresionante, Merea.
No tengo palabras para lo que acabo de presenciar.
Merea le sostuvo la mirada, dejando que una sonrisa lateral, cargada de un coqueteo inteligente y consciente de su propio poder, iluminara su rostro.
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