Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 13
- Inicio
- Todas las novelas
- Mundo Bestial Las joyas de la Sirena
- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: Capítulo 13 Curiosidad y miradas 13: Capítulo 13 Curiosidad y miradas La aldea de Kael’thar se despertaba bajo una luz cálida y cenital que bañaba las chozas de madera y piedra con un resplandor dorado.
El aire olía a pino, a tierra húmeda y al humo de las hogueras matutinas.
Kael’thar, fiel a su disciplina de líder, ya había recorrido los perímetros al amanecer.
Sus botas habían marcado los senderos y los claros, asegurándose de que ninguna amenaza acechara entre las sombras del bosque.
Sin embargo, antes de sumergirse por completo en sus responsabilidades, sus pasos lo llevaron de vuelta a su hogar.
Necesitaba verla.
Al entrar, la luz del sol se filtraba por las rendijas, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire.
Merea comenzaba a desperezarse sobre la cama de pieles, moviéndose con una languidez que recordaba a las criaturas marinas deslizándose por corrientes cálidas.
—Buenos días, Merea —dijo él, su voz grave rompiendo el silencio del recinto.
—Buenos días, Kael’thar —respondió ella con un bostezo suave, estirando sus brazos por encima de su cabeza.
El movimiento hizo que su figura se delineara bajo la tela ligera, y ella lo miró con una chispa de picardía—.
¿Tienes algo que me quieras decir tan temprano?
Kael’thar desvió la mirada un segundo, aclarando su garganta.
La presencia de la sirena en su espacio personal era más perturbadora de lo que estaba dispuesto a admitir.
—La aldea está tranquila por ahora.
He reforzado la vigilancia —dijo con firmeza, recuperando su tono de mando—.
Puedes moverte libremente.
Habla con quienes quieras o simplemente observa cómo vivimos.
Nadie te molestará; mis guerreros saben que estás bajo mi protección.
Merea sonrió suavemente, una sonrisa que no llegó a ser una carcajada pero que llenó la habitación de una energía vibrante.
No necesitaba palabras para agradecerle; sus ojos dorados se clavaron en los de él, reconociendo la calma protectora que él le ofrecía.
Era un pacto silencioso: él sería su escudo, y ella, su misterio.
Kael’thar dejó un cuenco con frutas silvestres y carne ahumada sobre una mesa de madera tosca y salió de nuevo, intentando ignorar la sensación de que su propio hogar se sentía vacío en cuanto cruzaba el umbral.
Merea, ahora sola, se puso en pie.
Se sentía extraña en tierra firme, pero la curiosidad por este mundo era más fuerte que la nostalgia por el abismo.
Con un gesto delicado de su mano derecha, activó su anillo de almacenamiento, una joya de tecnología submarina que ningún humano podría comprender.
Un destello suave, del color de la espuma de mar, iluminó sus dedos.
De la nada, un nuevo atuendo se materializó.
Se despojó de sus ropas anteriores y se vistió con una túnica de seda de un verde profundo, el color de las algas más ricas de las profundidades.
Los bordes estaban adornados con pequeñas perlas y escamas de cristal que captaban la luz del sol, devolviendo reflejos iridiscentes.
La falda, de una tela tan ligera que parecía flotar, se abría sutilmente a cada paso, revelando la elegancia de sus piernas.
Recogió su cabello en una trenza suelta que dejaba al descubierto su cuello, resaltando su belleza de sirena que ahora reclamaba la tierra como propia.
—Perfecto —murmuró para sí misma, mirándose en el reflejo de un escudo de bronce pulido.
Salió al exterior y el mundo pareció detenerse.
Su presencia destacaba entre la rudeza de los habitantes de Kael’thar como una joya caída en el barro.
Mientras caminaba, sentía cómo la tensión del día anterior se desvanecía.
Cada movimiento suyo fluía con una naturalidad acuática; no caminaba, parecía deslizarse sobre el suelo irregular de la aldea.
Los aldeanos se detenían.
Un herrero dejó caer su martillo; un grupo de jóvenes guerreros interrumpió su charla.
Merea no les prestaba atención.
Sus ojos, agudos y selectivos, buscaban únicamente la figura de Kael’thar entre la multitud.
Lo divisó a lo lejos, hablando con un vigía, pero sabía que él también la sentía.
Él no apartaba la mirada de sus patrullas, pero su cuerpo estaba orientado hacia ella, como una brújula buscando el norte.
Decidió explorar con una curiosidad genuina.
Se acercó a un grupo de aprendices que entrenaban con arcos.
Observó con ojos analíticos cómo tensaban las cuerdas, cómo la madera crujía bajo la presión y cómo ajustaban los pies en la tierra.
Cada inclinación de su propio cuerpo al observar, cada gesto de concentración, armonizaba con su gracia natural.
—La tensión debe nacer desde la espalda, no solo de los brazos —murmuró ella, casi para sí misma, mientras pasaba junto a un joven que fallaba su tiro.
El chico se sonrojó tanto que casi suelta el arco, hechizado por la voz melódica de la forastera.
Después, se movió hacia un grupo de mujeres que clasificaban hierbas bajo un toldo.
Merea se arrodilló junto a ellas, su vestido verde mezclándose con las plantas.
—¿Para qué es esta raíz?
—preguntó, tocando una planta de tallo oscuro.
—Es para las fiebres del invierno, forastera —respondió una mujer mayor, mirándola con una mezcla de respeto y sospecha.
Merea escuchaba atentamente, preguntando sobre usos y mezclas.
Su interés no era fingido; estaba estudiando el mundo que Kael’thar protegía.
Pero, a pesar de su inmersión en la cultura local, cada cierto tiempo levantaba la vista, buscando la mirada dorada del líder.
Cuando sus ojos se encontraban a la distancia, un hilo de electricidad invisible se tensaba entre ambos.
Ella le dedicaba una sonrisa ligera, un toque de coqueteo sutil que solo él podía descifrar entre la multitud.
Sin embargo, no todo era admiración.
En el borde de una cabaña, apoyada contra un poste de madera, apareció la mujer de ojos felinos que la había estado observando desde su llegada.
Su cabello oscuro estaba recogido con fuerza y su expresión destilaba una desconfianza que rozaba el odio.
Los celos eran una vibración pesada en el aire.
Merea la notó de inmediato.
El instinto de una princesa de las profundidades es agudo cuando se trata de detectar depredadores.
Pero en lugar de asustarse, Merea sintió una punzada de diversión.
“Qué curioso”, pensó Merea, manteniendo su paso elegante.
“¿Será por Kael’thar?
Bueno, no importa.
El océano no se preocupa por lo que piensen los charcos”.
El sol comenzó a inclinarse hacia el oeste, tiñendo la aldea de tonos rojizos y violetas.
Merea decidió que era hora de regresar.
Caminó con pasos seguros, consciente de cómo la luz destacaba los tonos perlados de su vestido y la suavidad de su piel, que parecía brillar con luz propia en el crepúsculo.
Cada movimiento, cada giro de su cuello, estaba coreografiado para el hombre que la vigilaba desde las sombras de los árboles.
Al regresar a la vivienda de Kael’thar, se dejó caer sobre un sillón cubierto de pieles de oso.
El cansancio era real, pero era un cansancio satisfactorio.
Cerró los ojos un instante, disfrutando de la seguridad de esas paredes que olían a él.
Poco después, Kael’thar entró.
Se detuvo en la puerta, observándola en silencio.
La tensión entre la admiración del guerrero y la curiosidad del hombre era casi tangible.
Merea abrió un ojo y le dedicó una mirada cargada de magnetismo.
—He aprendido mucho hoy, Kael’thar —dijo ella, su voz suave llenando el espacio—.
Tu gente es fascinante.
Pero creo que prefiero tu compañía a la de toda la aldea reunida.
Kael’thar no respondió de inmediato, pero el calor en su corazón, un sentimiento que creía haber enterrado bajo años de deber y batallas, se encendió con una fuerza renovada.
Sabía que protegerla sería el desafío más grande de su vida, no solo por los enemigos externos, sino por lo que ella estaba haciendo con su propia voluntad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com