Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capitulo 14 Susurros entre pieles
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14: Capitulo 14 Susurros entre pieles 14: Capitulo 14 Susurros entre pieles Merea se levantó de la cama de pieles con una lentitud deliberada, dejando que la luz de la luna, que se filtraba por las rendijas del techo, delineara su silueta.
Sus movimientos tenían la fluidez del agua, una elegancia que parecía fuera de lugar en aquella rústica cabaña de madera y piedra.
Al ver a Kael’thar entrar, con su imponente presencia llenando la estancia, una sonrisa enigmática curvó sus labios.
—Llegaste en un buen momento —dijo ella, su voz vibrando con una suavidad que hizo que el guerrero se tensara—.
Quería preguntarte dónde has estado durmiendo estos días, porque esta es tu casa y yo parezco haberte despojado de tu refugio.
Kael’thar evitó su mirada, dirigiéndose hacia un rincón para recoger unas mantas de cuero.
Sus movimientos eran bruscos, tratando de ignorar el magnetismo que la princesa del océano desprendía.
—Solo quería llevarme unas cuantas pieles —dijo Kael’thar, intentando sonar indiferente, aunque su voz sonaba más grave de lo habitual.
—Kael’thar —susurró ella para sí, pronunciando su nombre como si fuera un hilo de seda que se deslizaba por el aire—.
¿Solo vienes por pieles…?
Me parece una excusa demasiado simple para un hombre tan complejo.
—Así es —respondió él, dándose la vuelta finalmente, aunque manteniendo una distancia prudente—.
Debo patrullar el territorio mañana temprano.
Solo necesitba preparar un lugar donde descansar unas horas.
Merea se inclinó ligeramente hacia él, rompiendo esa distancia invisible.
Sus ojos dorados brillaban con un toque de desafío y coquetería que desarmaba cualquier defensa.
Se acercó lo suficiente para que él pudiera percibir el aroma a salitre y flores exóticas que siempre la acompañaba.
—Podríamos dormir juntos —dijo suavemente, dejando que su voz fluyera como un susurro prohibido en la oscuridad—.
No habría problema alguno, las pieles son lo suficientemente amplias para los dos.
¿O es que el gran líder de la tribu teme compartir el calor con una forastera?
Kael’thar frunció el ceño y negó con la cabeza, apretando la mandíbula en un esfuerzo supremo por mantener la compostura y el respeto que su posición exigía.
—No.
No es prudente —replicó él, aunque sus ojos traicionaban su firmeza al recorrer el rostro de Merea.
Ella arqueó una ceja, dando un paso más, acortando el espacio hasta que casi podía sentir el calor que emanaba del pecho del guerrero.
Disfrutaba de la forma en que él intentaba resistirse a su presencia.
—Entonces… puedo ir a otro lugar —replicó ella, con un ligero puchero infantil pero cargado de sensualidad, mientras un destello juguetón bailaba en sus pupilas—.
Si no me quieres aquí, si mi compañía te resulta tan insoportable… buscaré otro rincón en la aldea.
Kael’thar la observó en un silencio electrizante, evaluando la insistencia y el brillo de pura travesura en su mirada.
La idea de que ella saliera de la cabaña y buscara refugio en otro lugar, lejos de su vigilancia, despertó en él un instinto posesivo que no pudo frenar.
—No te irás —respondió con una firmeza que no admitía réplica.
Merea sonrió con una satisfacción radiante, un toque travieso en sus labios que delataba que había ganado esa pequeña batalla de voluntades.
—Entonces… ¿qué hacemos?
Me siento culpable de quitarte tu cama, pero tengo una idea —se acercó aún más, hasta que sus dedos rozaron levemente el antebrazo de Kael’thar—.
¿Qué tal si duermes en tu forma de bestia?
Así no habrá contacto indebido, solo cercanía…
si es que tienes miedo de lo que pueda pasar entre nosotros.
Pero si no aceptas, me temo que debo dormir en otro lugar; no puedo dejar que el propietario duerma en el suelo o a la intemperie por mi culpa.
Kael’thar tardó un instante, sus ojos dorados fijos en los de ella, buscando una señal de burla, pero solo encontró ese magnetismo irresistible.
Finalmente, un leve gruñido se escapó de su garganta, una rendición ante la lógica de la sirena.
Con un movimiento fluido y casi invisible, su cuerpo se transformó en una imponente pantera negra.
La bestia se acomodó sobre las pieles con una gracia letal, relajando sus músculos y aparentando dormir, aunque Merea sabía que cada uno de sus sentidos seguía alerta, centrado exclusivamente en ella.
Ella activó su anillo con un movimiento delicado, y en un destello de luz etérea, apareció un vestido ligero y seductor de un azul oscuro profundo con bordes perlados.
La tela abrazaba sus curvas con delicadeza, resaltando la gracia de su figura.
Se acercó a la pantera, dejando que sus dedos se hundieran un instante en el pelaje negro y sedoso, antes de recostarse justo a su lado.
—Eres demasiado… cautivador —susurró para sí, sus labios a milímetros de la oreja de la fiera, sintiendo el calor animal que emanaba de él—.
Me pregunto qué estarás pensando ahora mismo.
El roce era mínimo, pero suficiente para que Kael’thar sintiera la intención de Merea en cada centímetro de su piel.
La pantera permaneció quieta, con la respiración controlada, mientras Merea disfrutaba de la proximidad, absorbiendo la seguridad que su protector le brindaba.
Con el paso de los minutos, el cansancio del día finalmente alcanzó a Merea.
Cerró los ojos, acomodándose mejor contra el pelaje cálido, sintiéndose más protegida de lo que jamás se había sentido en el fondo del océano.
Entonces Kael’thar, aún alerta, aprovechó el instante en que la respiración de ella se volvió profunda y rítmica para volver a su forma humana.
Su cuerpo ocupó el espacio a su lado, firme y sólido.
La luz de la luna bañaba el rostro de Merea, haciéndola parecer una criatura de ensueño.
Lentamente, Kael’thar rodeó a Merea con los brazos, atrayéndola contra su pecho en un abrazo protector.
Sus dedos rozaron suavemente la espalda de la princesa, asegurándose de que estuviera cubierta y a salvo del frío de la noche.
Pensamientos posesivos cruzaron su mente con la fuerza de una tormenta: nadie más debería tenerla así… nadie más debería ser testigo de su belleza cuando duerme, ni de la fragancia única que desprendía su piel.
Ella era un misterio que solo él quería resolver, un tesoro que ahora sentía la necesidad de ocultar del mundo.
Merea dormía, confiada, sintiendo el abrazo firme de Kael’thar incluso en sueños.
Sus labios dibujaban una ligera sonrisa, mientras su mano descansaba con naturalidad sobre el pecho del líder, sintiendo el latido constante y fuerte de su corazón.
La tensión del día, las miradas de desconfianza de la aldea y el peso de su secreto parecían desaparecer, dejando solo la conexión silenciosa que se fortalecía entre ambos.
En el silencio de la vivienda, la luz tenue de la luna iluminaba la escena: dos seres de mundos diferentes, unidos por un instante cargado de deseo, protección y un coqueteo que aún no necesitaba palabras para existir.
Kael’thar permaneció así, abrazándola suavemente, consciente de que este momento era solo suyo.
Sabía que, aunque la noche avanzara hacia el amanecer, él había ganado su atención completa y alimentado su deseo silencioso de protegerla, hoy y siempre.
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