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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 15

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15: Capitulo 15 Gatito 15: Capitulo 15 Gatito La luz dorada del amanecer se colaba por los ventanales de la vivienda.

Merea despertó lentamente, cubierta por la piel que Kael’thar había dejado sobre ella.

Sus ojos se abrieron con pereza, y un suave estiramiento recorrió su cuerpo, resaltando la gracia natural de sus movimientos.

—Creo que asusté al pequeño felino… —susurró, con una sonrisa traviesa, imaginando la reacción de Kael’tharsi al despertar a su lado .

Se levantó con calma, activando su anillo para cambiarse.

Un vestido ligero y sensual apareció entre sus dedos: tonos azulados y perlados que resaltaban su figura, sin ocultar nada de su elegancia natural de sirena convertida en humana.

Mientras se acomodaba, su pensamiento se desvió hacia la laguna detrás de la cascada.

Necesitaba un lugar para transformarse, sumergirse y sentirse libre.

Merea respiró hondo, disfrutando por un instante de esa paz que solo existía antes de que las responsabilidades y las miradas ajenas aparecieran.

Aún sentía el calor de Kael’thar sobre su piel, incluso cuando él no estaba presente.

Era una sensación extraña… reconfortante y sofocante al mismo tiempo.

Justo entonces, pasos firmes interrumpieron su concentración.

Kael’thar apareció con una pequeña cesta de fruta y carne cocinada, la mirada intensa y fija en ella, como si midiera cada gesto y cada respiración.

No dijo nada de inmediato.

Sus ojos recorrieron su figura lentamente, deteniéndose un segundo más de lo necesario en la forma en que el vestido se ajustaba a ella.

—Buenos días —dijo con su voz profunda, cargada de esa mezcla de autoridad y cercanía que siempre hacía que Merea se estremeciera.

—Buenos días, Kael’thar —respondió ella, tomando y mordiendo un trozo de fruta con delicadeza, dejando que su mirada dorada se cruzara con la suya, juguetona y directa.

Él frunció apenas el ceño.

No le gustaba cómo ella parecía tan cómoda, tan segura… como si nada ni nadie pudiera detenerla.

Y eso incluía a él.

Merea dio un paso hacia él, estirándose ligeramente y dejando que su vestido resaltara su figura.

Luego, con una voz ligera, dijo: —Quiero irme.

La frase flotó en el aire como una provocación cuidadosamente lanzada.

Kael’thar se tensó de inmediato, los músculos de su cuerpo reaccionando antes incluso de que su mente pudiera procesarlo.

Sus dorados se afilaron, fijos en ella.

Su mente, obsesiva y posesiva, giró de inmediato hacia lo peor: “¿Quiere irse de mi vista?

¿Dejarme solo?

Nunca.” Cada fibra de su cuerpo se agitó ante la idea de que ella pudiera moverse sin él; ya la reclamaba como suya, incluso si no lo decía en voz alta.

—¿Irte?

—repitió, la voz baja, firme y cargada de posesión—.

No…

no te irás.

Merea notó el cambio al instante y sonrió por dentro.

Aquella reacción era exactamente lo que esperaba.

Se acercó despacio, reduciendo la distancia entre ambos, hasta que el calor de su cuerpo se mezcló con el de él.

Sus dedos rozaron los suyos, luego subieron apenas por su brazo, un contacto ligero, casi inocente.

—Kael’thar… —susurró, su voz cargada de complicidad—.

Solo quiero caminar un poco.

Nada más.

Ven conmigo.

Él la observó con intensidad, luchando contra el impulso de sujetarla y no soltarla.

Cada imagen de ella alejándose, perdiéndose entre los senderos del bosque o desapareciendo en la laguna, le provocaba una presión incómoda en el pecho.

Nunca te irás.

No permitiré que lo hagas.

Siempre estarás aquí conmigo.

—Aun que debes estar ocupado como líder de la aldea —continuó ella, inclinando un poco la cabeza, fingiendo consideración—, sabes ya que la aldea es segura.

Puedo ir yo so… —No puedes ir sola —gruñó, firme, cortando sus palabras—.

Nunca te irás sin mí.

Merea rió suavemente, divertida.

Apoyó su mejilla contra su pecho, escuchando el latido acelerado de su corazón.

Sus manos se deslizaron con naturalidad, como si ese contacto le perteneciera desde siempre.

—Tranquilo, pequeño gatito —susurró—.

Solo quiero dar un paseo un momento.

Nada más.

El apodo le arrancó un leve temblor.

Kael’thar cerró los ojos por un segundo, respirando hondo, intentando recuperar el control.

No quería mostrarse débil, pero con ella… siempre era diferente.

—Está bien —dijo finalmente—, igual tengo tiempo ahora.

¡Vamos!

El tono seguía siendo grave, dominante, pero Merea percibió ese matiz oculto que solo ella lograba provocar.

Salieron juntos.

La aldea los recibió con miradas curiosas y respetuosas.

Algunos bajaban la cabeza ante Kael’thar, otros observaban a Merea con abierta fascinación.

Ella caminaba con naturalidad, sin incomodarse, consciente de cada mirada, pero enfocada únicamente en la presencia a su lado.

Merea estaba muy complacida con sus reacciones.

Su pequeño juego funcionaba: el “gatito tímido” comenzaba a mostrar su verdadera naturaleza.

Mientras caminaban, ella destacaba naturalmente, sus movimientos fluidos y elegantes, cada gesto pensado solo para los ojos de Kael’thar.

Él, en cambio, no dejaba de vigilar.

Cada sombra, cada sonido, cada mirada ajena era analizada.

No soportaba la idea de que alguien más la deseara… o peor, que intentara acercarse.

—¿Ves?

—murmuró Merea, mordiendo suavemente un trozo de fruta—.

Solo quiero caminar, nada más.

—No quiero perderte de vista —respondió él—.

Nunca dejaré que te alejes sin mí.

Ella soltó un suspiro suave, rozando su brazo, jugueteando con su atención, manteniéndolo alerta, tenso, atrapado entre el deber y el deseo.

—Eres un gatito demasiado posesivo —murmuró, con una sonrisa traviesa—.

Pero… me gusta.

Kael’thar apretó los puños, respirando hondo, sabiendo que ella lo hacía a propósito.

Y aun así, no podía —ni quería— detenerla.

Merea siguió caminando, con la confianza natural que la caracterizaba, sus pensamientos juguetones anticipando la visita a la laguna.

Kael’thar, detrás de ella, permanecía en silencio, atento, cautivo de cada movimiento de la pequeña hembra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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