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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capitulo 16 El océano sin su luz
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16: Capitulo 16 El océano sin su luz 16: Capitulo 16 El océano sin su luz El océano estaba inquieto.No era una tormenta ni una alteración visible de las corrientes.

No había olas furiosas ni rugidos abisales.

Era algo más profundo… como si el mar mismo hubiera notado la ausencia de una parte de su corazón.

En el trono de Abyssara, el rey Aegirion permanecía de pie, con ambas manos apoyadas en el respaldo, la mirada fija en la inmensidad azul que se extendía más allá del salón real.

Su figura alta y firme proyectaba autoridad incluso en silencio.

El brillo dorado de su cola se fundía con los reflejos nacarados del trono, pero su expresión estaba lejos de la calma que solía dominarlo.

A su lado, la reina Lyssara ya no mostraba la serenidad que siempre la caracterizaba.

Sus dedos se aferraban al brazo del trono, las uñas perladas presionando el coral como si ese gesto pudiera contener el miedo que crecía en su pecho.

Su respiración era controlada, pero sus ojos revelaban una inquietud imposible de ocultar.

—Tres días —dijo finalmente, con voz firme… aunque quebrada en el fondo—.

Tres días desde que nadie la ve.

El silencio que siguió fue pesado, casi opresivo.

Merea no había regresado.No había respondido a las perlas de comunicación.No había dejado rastro claro en las corrientes cercanas al reino.

Y eso… eso era imposible.

—Las patrullas han recorrido cada ruta cercana —informó uno de los consejeros, inclinando la cabeza—.

No hay señales de ataque.

No hay restos de magia violenta.

Es como si… —dudó— como si la princesa simplemente hubiera desaparecido.

Lyssara cerró los ojos por un instante.

Solo uno.

Pero en ese breve momento, una sucesión de recuerdos la atravesó: la risa de su hija, su curiosidad incansable, esa manera suya de observar el mundo como si siempre buscara algo más allá.

—Merea no se habría ido sin razón —dijo al fin, con voz baja—.

Y tampoco sin protegerse.

Aegirion apretó los dientes.

—Eso no me tranquiliza.

El rey se giró de pronto.

Su aura llenó el salón con una presión silenciosa que hizo que incluso los consejeros más antiguos enderezaran la postura.

—Convocad a mis hijos.

Ahora.

No fue una orden.Fue una exigencia.

El primero en llegar fue Eldric.

Emergió de las profundidades con la elegancia controlada de quien había cargado responsabilidades desde joven.

Su presencia era serena, medida, como si cada movimiento hubiera sido pensado antes de ejecutarse.

Al ver los rostros de sus padres, su expresión cambió de inmediato.

—Es Merea —dijo, sin rodeos.

Lyssara asintió lentamente.

—No la encontramos.

Eldric inspiró con calma, aunque su mirada se oscureció apenas.

Siempre había sabido que su hermana no encajaba del todo en los límites del océano.

Siempre había sentido que, tarde o temprano, miraría demasiado lejos.

El segundo en llegar fue Kaelis.

Su llegada fue distinta.

Más brusca.

Más intensa.

El agua a su alrededor pareció agitarse por pura reacción a su presencia.

Kaelis no ocultaba sus emociones: su inquietud era visible, peligrosa.

—¿Cuánto tiempo?

—preguntó, sin saludo previo.

—Días —respondió el rey—.

Nadie sabe exactamente cuándo desapareció.

Kaelis apretó los puños, y por un momento pareció luchar contra el impulso de lanzarse de inmediato a las corrientes.

Los hermanos intercambiaron una mirada silenciosa.

Ambos conocían a Merea.

Ambos sabían que no era imprudente… pero sí curiosa.

Demasiado.

—Ella siempre miraba más allá —murmuró Eldric—.

Más allá del océano.

La reina abrió los ojos lentamente.

—Por eso deben buscarla ustedes.

El salón se llenó de un murmullo contenido cuando la orden se volvió clara.

No habría límites.

Rutas profundas.Fosas antiguas.Límites con el mundo exterior.

Todo.

—Y si cruzó más allá del mar… —Kaelis dejó la frase inconclusa, pero su expresión lo decía todo.

Aegirion habló con voz grave, definitiva: —Entonces la traerán de vuelta.

Muy lejos de Abyssara, en corrientes que bordeaban territorios olvidados, un tritón avanzaba entre los restos de una bestia marina recién abatida.

Fragmentos de escamas flotaban a su alrededor, la sangre oscura mezclándose con el azul profundo.

Su cuerpo mostraba marcas recientes .

No luchaba para demostrar fuerza, sino porque el mundo exigía supervivencia.

Su presencia era silenciosa, casi etérea… peligrosa.

El prometido de Merea.

Había eliminado sin ruido a quienes competían por el derecho de convertirse en su primer marido.No por ambición.Sino por devoción.

Y por un secreto que compartía con ella.

Cuando la perla de comunicación vibró cerca de él, su corazón se tensó de inmediato.

Esa perla solo podía significar una cosa.

—La princesa Merea ha desaparecido.

El mundo se detuvo.

El tritón cerró el puño con fuerza, y el agua a su alrededor respondió, agitándose de forma peligrosa.

—¿Desde cuándo?

—Días.

Giró su cuerpo y se lanzó a las corrientes con una velocidad feroz.

Su mente ya no estaba allí.

Solo existía un pensamiento.

Ella no debería haber salido sola.Ella no conocía el verdadero peligro del mundo.

Y si alguien la había tocado… Sus ojos brillaron con una promesa silenciosa.

La encontraría.Aunque tuviera que teñir el océano entero de rojo.

De regreso en Abyssara, Lyssara permanecía sola frente a la gran ventana de coral transparente.

El reino se extendía ante ella, majestuoso… y por primera vez, insuficiente.

Recordó a su hija de pequeña.El brillo extraño en sus ojos dorados.Ese color que no le pertenecía a ella, sino a la familia del rey.Ese legado antiguo que siempre había temido… y amado.

—Vuelve a casa —susurró—.

Antes de que el mundo te reclame.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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