Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- Mundo Bestial Las joyas de la Sirena
- Capítulo 17 - 17 Capitulo 17 Lo que el agua le mostró
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Capitulo 17 Lo que el agua le mostró 17: Capitulo 17 Lo que el agua le mostró Kael’thar jamás olvidaría el primer instante.
El sonido llegó antes que la imagen Una melodía suave, profunda, imposible de ignorar.
No era canto de ave ni murmullo del bosque.
Vibraba bajo la piel, se deslizaba entre los huesos, despertando algo antiguo en su interior.
Algo que no respondía a la razón, sino al instinto.
Se movió con sigilo, apartando ramas, cuidando cada paso.
No por miedo, sino por respeto.
Aquella música no debía ser interrumpida.
Hasta que la cascada apareció ante él.
Y entonces la vio.
Sentada sobre una roca plana en el centro de la laguna, de espaldas al mundo, ella no tenía piernas.
La cola de sirena se extendía bajo el agua, majestuosa, cubierta de escamas que capturaban la luz azulada y la devolvían en destellos suaves, casi vivos.
Merea.
Estaba desnuda de la cintura hacia arriba.
No de una forma provocadora.
De una forma natural.
Peligrosa Su largo cabello dorado caía hacia adelante, húmedo, cubriendo su pecho con un descubierto que no era inocente.
Gotas de agua recorrían su espalda lentamente, delineando una piel que no pertenecía a la tierra ni al bosque.
Kael’thar se quedó inmóvil.
No respiró.
No pensó.
Hasta que ella se giró.
Y sus ojos lo atraparon Dorado puro.
No el dorado animal de las bestias.
Oro profundo, antiguo, consciente El impacto fue físico.
Brutal.
Su instinto rugió con una violencia que jamás había experimentado.
No fue deseo inmediato.
Fue reconocimiento.
Mía.
El pensamiento surgió sin permiso, absolutamente… y lo aterrorizó Porque Kael’thar no era un hombre que reclamara lo que no entendía.
No tomaba, no exigía, no impponía.
Y aún así, supo —con una certeza que le heló la sangre— que nadie más debía verla así.
Nadie más debía escuchar su canto.
Nadie más debía saber que algo tan peligroso existía.
Ese recuerdo lo perseguía incluso ahora.
Mientras caminaban juntos por el sendero de la tribu, Merea avanzaba con pasos suaves, usando los zapatos delicados que guardaba en su anillo espacial.
No era necesario.
Muchas mujeres bestia caminaban descalzas sin problema.
Pero ella… Ella era distinta.
Kael’thar vigilaba cada rama, cada piedra, cada sombra.
En más de una ocasión extendió la mano para apartar hojas del camino, guiándola sin llegar a tocarla del todo.
La cercanía era suficiente para sentir su calor —No es peligroso —comentó ella, divertida, notando su constante atención.
—No voy a comprobarlo contigo —respondió él con firmeza.
Merea rió suavemente.
No hay una risa fuerte.
Una que se deslizó por su oído.
—¿Siempre eres así de protector, Kael’thar?
—preguntó, inclinándose apenas hacia él mientras caminaban, lo justo para invadir su espacio Él apretó la mandíbula.
—Solo con lo que importa.
Merea se detuvo.
Lo miró de reojo, lenta, evaluándolo.
—Eso suena peligrosamente cercano a una confesión Kael’thar no respondió.
Porque si lo hacía, diría demasiado.
Al llegar a la laguna —la misma, oculta tras la cascada—, ella se giró hacia él.
La luz filtrada por el agua hacía que su piel pareciera brillar —Aquí fue donde nos vimos por primera vez —dijo—.
Tú pensabas que yo no sabía que estabas allí.
El pecho de Kael’thar se tensó.
—Nunca fuiste tan distraída —admitió.
Merea sonriendo, cargando la cabeza.
—Te quedaste muy quieto… ¿tal vez fue miedo?
Dio un paso hacia él.Luego otro.
Demasiado cerca.
Kael’thar sintió el impulso inmediato de tomarla del brazo, de atraerla, de reclamar el espacio que ella invadía con una seguridad descarada —No deberías provocarme —murmuró, con la voz más baja de lo que pretendía.
—¿Provocarte?
—repitió ella, finciendo sorpresa—.
Yo solo existo, Kael’thar.
Y tenía razón.
Eso era lo peor.
—Cuando me miras así —continuó, bajando la voz, sus ojos fijos en los de él— siento que olvidas que soy libre.
Algo se tensó dentro de él.
Dolor.
Deseo.
Temor.
—No lo olvido —respondió con dureza—.
Me esfuerzo por recordarlo.
Sus ojos dorados lo observaron con atención.
Sin miedo.
Sin rechazo.
Interés.
Merea extendió la mano y rozó su antebrazo, despacio, deliberadamente.
No fue un toque casual.
Fue una elección —Entonces no te sientes culpable por lo que sientes —susurró—.
Solo… no me encierras.
Kael’thar cerró los dedos alrededor de su muñeca.
Sin presión.
Pero no la soltó.
El mundo se reduce a ese punto de contacto.
—No te vayas —dijo, la voz cargada, áspera—.
No sin decirme.
No sin mirarme.
El silencio entre ellos vibró, tenso como una cuerda a punto de romperse.
Merea no se apartó.
Sonrió.
Una sonrisa lenta.
Consciente.
Peligrosa.
—Tranquilo… mi gatito —susurró solo para él—.
Hoy solo quería volver al agua un rato Se liberó con suavidad, caminando hacia la cascada.
Cada paso era una provocación silenciosa.
Cada movimiento, un recordatorio de cuánto control tenía sobre él.
Kael’thar se quedó inmóvil, respirando hondo, luchando contra el impulso de seguirla.
Peligrosa , pensó.
No por lo que podía hacer.
Sino porque sabía exactamente cuánto poder tenía sobre él.
Y aun así… No pensaba soltarla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com