Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capitulo 18 Llamado desde el agua
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18: Capitulo 18 Llamado desde el agua 18: Capitulo 18 Llamado desde el agua El sonido de la cascada envolvía el claro como un velo constante, denso, casi íntimo.
Merea caminó hacia la laguna sin mirar atrás.
No necesitaba hacerlo.
Sentía la mirada de Kael’thar como una presión cálida en la espalda, siguiéndola paso a paso.
Cada movimiento suyo era deliberado, lento, como si el tiempo se hubiera plegado solo para ellos dos.
La vio soltar el primer broche del hombro.
Luego el segundo.
La tela cayó por su espalda y se deslizó hasta la roca con un susurro suave, íntimo.
Kael’thar se detuvo a unos pasos de la orilla.
No avanzó.No respiró del todo.
Merea no se cubrió.
No se apresuró.
El agua reflejaba su silueta mientras ella se inclinaba apenas… y saltaba.
El impacto fue silencioso.
Elegante.
El lago la recibió como si la hubiera estado esperando desde siempre.
Kael’thar sintió el golpe en el pecho cuando la magia respondió.
El agua se iluminó desde dentro, vibrando con una energía antigua, y la transformación ocurrió sin urgencia, sin pudor.
La cola emergió bajo la superficie con un brillo perlado, extendiéndose lenta, majestuosa, como un secreto revelado solo para él.
—Dioses… —escapó de sus labios sin darse cuenta.
Se quedó inmóvil mientras Merea desaparecía bajo el agua.
Pasaron segundos.Luego más.
Su instinto comenzó a inquietarse.
No por miedo a que se ahogara —sabía mejor que nadie que no lo haría— sino por algo más oscuro, más primario: el impulso de no permitir que algo así existiera fuera de su alcance.
Podría encerrarla aquí, pensó.Protegerla del mundo… de otros ojos.
La idea lo sacudió con violencia.
—No —murmuró, tensando la mandíbula—.
No pienses así.
El agua se agitó suavemente.
Merea emergió despacio, apoyando ambas manos en la orilla.
Su cabello húmedo se pegaba a su piel, enmarcando su rostro.
Sus ojos dorados lo encontraron de inmediato, brillantes, atentos… divertidos.
—¿Te quedaste petrificado, Kael’thar?
—preguntó con una sonrisa ladeada—.
Pensé que vendrías a comprobar si seguía aquí.
Él tragó saliva.
—No deberías provocarme desde ahí.
—¿Provocarte?
—repitió ella, inclinando la cabeza—.
Solo estoy nadando.
Avanzó un poco más.
El agua se deslizó por su cuello, por sus hombros, por su piel, como si supiera exactamente qué mostrar.
Su cola se movía con lentitud, consciente, hipnótica.
—Ven —añadió, extendiendo una mano fuera del agua y curvando un dedo en el aire—.
No muerdo.
Kael’thar soltó una breve risa sin humor.
—Eso es lo que dicen las criaturas peligrosas.
—¿Te da miedo que te coma?
—preguntó ella, divertida—.
Prometo que solo si me lo pides.
El calor le subió al rostro.
—Merea… —Ven —insistió, bajando la voz—.
No te haré nada.
Mentía.Y ambos lo sabían.
Kael’thar avanzó al fin y se sentó frente a ella, con las piernas cruzadas.
No tocó el agua.
Mantuvo distancia.
Control.
Merea se apoyó en los codos, acercando su rostro al suyo, lo suficiente para que sus respiraciones comenzaran a mezclarse.
—Siempre tan disciplinado —susurró—.
¿Te duele contenerte?
—Me duele mirarte así —respondió con honestidad—.
Y no hacer nada.
Sus ojos brillaron, ya no solo con diversión.
—Entonces acércate un poco más.
—No.
—Kael’thar… —No —repitió—.
Si lo hago, no me detendré.
Merea sonrió con una lentitud peligrosa.
—Nadie te dijo que te detuvieras.
Se impulsó suavemente y salió un poco más del agua.
Su cercanía se volvió imposible de ignorar.
Su mano se posó en su pecho, apenas, sintiendo el latido firme bajo la piel.
Kael’thar cerró los ojos un instante.
—Estás jugando conmigo.
—Siempre he sido honesta —respondió ella—.
Me gusta verte así.
Abrió los ojos de nuevo.
—¿Así cómo?
—Luchando contra ti mismo… por mí.
La verdad lo atravesó como un golpe.
—No deberías querer eso.
—Tal vez —admitió—.
Pero lo quiero igual.
Se inclinó y rozó sus labios con los de él.
No fue un beso profundo.
Fue lento.
Suave.
Deliberado.
Kael’thar se tensó entero.
Ella se retiró apenas un centímetro.
—Merea… —su nombre salió como una advertencia rota.
Ella no se apartó.
Le sostuvo el rostro, obligándolo a mirarla, y delineó sus labios con la yema del dedo, provocando sin prisa.
—Mírame —susurró—.
No huyas ahora.
El control se resquebrajó en un solo latido.
—Basta… —murmuró, sin fuerza real.
—¿O qué?
—preguntó ella, tan cerca que dolía—.
¿Me besarás?
Kael’thar no respondió.
La besó.
Y el mundo dejó de importar.
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