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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 20

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20: Capitulo 20 Un Regalo Antes de Volver 20: Capitulo 20 Un Regalo Antes de Volver El murmullo constante de la cascada envolvía el refugio como un latido antiguo.

El agua caía afuera con fuerza, pero en el interior todo era calma: el lago oculto permanecía inmóvil, reflejando destellos suaves de luz que comenzaban a filtrarse desde la entrada, anunciando el atardecer.

Merea despertó despacio.

Sus párpados se abrieron con dificultad, pesados, pero no incómodos.

Al contrario.

Una sensación tibial y protectora la rodeaba.

Tardó unos segundos en entender por qué su cuerpo se sentía tan ligero… y tan seguro Entonces lo notó.

Los brazos de Kael’thar la rodeaban con firmeza, desnudos ambos, su pecho amplio contra su espalda, su respiración profunda y regularmente rozándole la nuca.

No la aprisionaba; la sostenía, como si incluso dormido su instinto supiera exactamente cómo protegerla Merea sonrió apenas.

Se movió con cuidado, probando si él reaccionaba.

Nada.

Seguía dormido… o fingiendo muy bien.

Eso la hizo sonreír aún más.

Se acomodó un poco mejor entre sus brazos y giró el rostro lo suficiente para observarlo A esa distancia pudo ver detalles que normalmente se le escapaban: la línea fuerte de su mandíbula, las pestañas oscuras descansando sobre su piel, la cicatriz fina cerca de su ceja que siempre le había parecido extrañamente atractiva.

Era hermoso.

De una manera peligrosa.

Sus dedos recorrieron con lentitud su propio cuerpo y entonces lo notó: marcas suaves, sombras de pasión repartidas sobre su piel.

No lo harían.

No incomodaban.

Eran recuerdos.

Pruebas silenciosas de una tarde que aún ardía en su mente.

No se arrepentía.

Ni un poco.

—Me estás mirando demasiado —murmuró Kael’thar de pronto, con la voz grave, espesa de sueño.

Merea dio un pequeño salto y luego río en voz baja.

— ¿Desde cuándo finges dormir?

Él abrió los ojos lentamente.

Dorados.

Tranquilos.

No había culpa en ellos, ni conflicto.

Solo algo nuevo… una calma firme, profunda, como si una decisión ya hubiera sido tomada.

—Desde que tengo algo que no quiero soltar —respondió, apretándola un poco más contra su pecho.

Eso le produjo un calor agradable en el pecho.

Merea se giró con cuidado hasta quedar frente a él, apoyando una mano sobre su pecho desnudo, sintiendo el latido constante bajo su palma.

—¿Te arrepientes?

—preguntó sin rodeos, observándolo con atención.

Kael’thar negó de inmediato.

—No —dijo con firmeza—.

Nunca.

Ella sostuvo su mirada un segundo más, como buscando una grieta.

No lo encontré.

—Bien —sonrió—.

Porque yo tampoco.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue cómodo.

Íntimo.

El sonido de la cascada los aislaba del mundo, como si la gruta misma los protegiera de todo lo que existía afuera.

Kael’thar deslizó los dedos por su espalda con lentitud, sin buscar nada, solo confirmando que seguía allí.

—Te ves demasiado tranquila para alguien que acaba de cambiar mi vida —murmuró.

Merea alzó una ceja.

—¿Eso fue una queja?

—No —respondió—.

Es…

una observación.

Ella se apoyó un poco más sobre él, divertida.

—Te acostumbrarás.

—Eso es lo que me preocupa —admitió Merea rió suavemente y entonces decidió divertirse un poco más.

Se movió con lentitud, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza, quedando sobre él, completamente desnuda, con esa sonrisa juguetona que ya conocía demasiado bien.

Kael’thar alzó una ceja.

—Merea… —Shh —susurró ella—.

Déjame darte algo.

Antes de que pudiera preguntar, ella tomó una mano de él y la llevó hasta su pecho.

Cerró los ojos.

Una luz suave nació entre sus dedos, cálida, palpitante.

Cuando abrió la mano, una perla descansaba allí: perfecta, luminosa, con un brillo interno casi vivo.

Kael’thar la miró con atención inmediata.

—¿Qué es eso?

Merea tomó su mano y cerró sus dedos alrededor de la perla.

—Un regalo —Se siente… distinta —murmuró.

—Porque lo es —respondió con ligereza—.

Si alguna vez me necesitas… y yo estoy en el océano… arroja esta perla al mar.

Él frunció el ceño.

—¿Vendrás?

—La sentiré —explicó—.

Resonará conmigo.

Iré a ti.

Kael’thar sostuvo la perla como si fuera algo frágil, algo sagrado —¿Solo funciona en el mar?

—Solo si yo estoy en él —respondió ella, encogiéndose de hombros—.

Así que no abuses del regalo.

Él soltó una risa baja.

—Jamás.

La atrajo hacia él, apoyando la frente contra la suya, respirando su mismo aire —Gracias —dijo—.

Por elegirme.

Merea lo besó suavemente en la comisura de los labios.

—Kael’thar… lo siento por obligarte a estar conmigo.

Él la miró con sorpresa genuina.

— ¿Obligarme?

—negó con la cabeza—.

Nada de eso.

Me gustaste desde la primera vez que te vi.

Ella parpadeó, sorprendida… y complacida.

—Te quiero, Kael’thar —susurró Merea.

Él no respondió con palabras.

Solo la abrazó un poco más fuerte.

Se acomodó entre sus brazos, satisfecha, escuchando su respiración y acompasándose con la suya.

Kael’thar creo que debemos regresar, tienes muchas cosas que hacer —dijo Merea, besándolo suavemente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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