Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 Atardecer
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21: Capítulo 21 Atardecer 21: Capítulo 21 Atardecer Kael’thar no se movía.
Tenía los brazos rodeando a Merea con una firmeza tranquila, como si soltarla fuera una decisión que su cuerpo se negaba a aceptar.
Su frente descansaba contra la de ella, y por un instante el mundo pareció reducirse a ese pequeño espacio compartido entre respiraciones entrelazadas, piel tibia contra piel tibia, latidos que se reconocían.
—No quiero —murmuró finalmente, la voz grave, baja, honesta.
Merea sonriendo, con esa sonrisa suave que siempre parecía esconder algo más.
No se apartó.
Al contrario, acomodó mejor su cuerpo contra el de él, como si quisiera dejar claro que no era ella quien tenía prisa.
—Kael’thar… vamos —dijo con paciencia, aunque no hizo el menor intento de separarse.
Él apretó un poco más los brazos, como un gesto inconsciente.
Protector.
Posesivo.
—No… —repitió—.
Quedémonos así un poco más.
Ella soltó una pequeña risa, apoyando la mejilla contra su pecho, escuchando el ritmo constante de su corazón.
Le gustaba ese sonido.
Le gustaba saber que reaccionaba así solo con ella.
—No —susurró de nuevo, esta vez con un tono más cómplice—.
Van a notar que no estás.
No quiero que digan que te estoy cambiando… Levantó ligeramente la mirada, sus ojos dorados brillando con intención.
—Además —añadió— todavía tenemos esta noche para estar juntos.
Kael’thar cerró los ojos un segundo.
Ese fue su error.
Porque imaginarla así, esperándolo, era demasiado.
—Mmm… —gruñó con resignación—.
Está bien.
Abrió los ojos y la miró con seriedad, aunque en el fondo había algo vulnerable.
—Pero si alguien te molesta —continuó—, dímelo.
No importa quién sea.
Yo lo solucionaré.
Merea alzó una ceja.
—¿Eso fue una amenaza o una promesa?
—Ambas —respondió sin titubear.
Ella río suavemente, encantada.
—Claro que sí, líder —dijo con una sonrisa pícara que hizo que él tensara la mandíbula—.
Me sentiré muy… protegida.
Se separaron al fin, aunque ninguno de los dos lo hizo con demasiada prisa.
Se arreglaron con calma: ropa, cabello, el rastro de cercanía que aún parecía adherirse a la piel.
Merea notó la forma en que Kael’thar evitaba mirarla demasiado tiempo… y eso la divertía.
Cuando salieron, ella rodeó su brazo con total naturalidad.
Eso lo desarmó más que cualquier caricia.
Caminaron unos pasos más hasta que Merea habló de nuevo.
—Kael’thar… —¿Sí?
Ella lo miró de lado, pensativa.
—¿Podría integrarme en tu tribu?
Él no dudó ni un segundo.
—Ya eres parte de ella.
Merea parpadeó, sorprendida.
Luego le regalo una sonrisa genuina .
—Gracias… de verdad.
Pero me refería a algo más concreto.
Se detuvo un momento y él hizo lo mismo, girándose hacia ella.
—Quiero contribuir.
Aprender.
Ayudar.
Me gustaría estar con el herborista de la tribu.
Tengo conocimientos de plantas… y quiero aprender más.
¿Puedo?
Kael’thar la vigila con atención.
No evaluaba su utilidad.
Evaluaba su intención.
Y eso le gustó.
—Claro que puedes —respondió al fin—.
Nos vendrá bien.
Y a ti también.
— ¿Cómo es el encargado ?
—preguntó ella de inmediato, curiosa.
—Una joven ciervo sika —explicó—.
Tranquila, amable.
Vino de la ciudad.
Tiene paciencia… y carácter.
Los ojos de Merea se iluminaron.
Se aferró un poco más a su brazo sin darse cuenta.
—Merea… —advirtió él en voz baja—.
Estoy tratando de controlarme.
—Ups —dijo ella, divertida—.
Perdón.
Fue la emoción.
¿Cuándo podría ir?
—Mañana —respondió—.
Hoy mismo le avisaré.
—Estoy muy feliz, Kael’thar —dijo ella, sincera—.
Gracias.
Él no respondió de inmediato.
Solo levantó su mano y rozó brevemente la de ella, un gesto pequeño, pero cargado de significado.
Al llegar a la aldea, Merea soltó su brazo con naturalidad.
Antes de irse, se acercó lo suficiente como para que solo él pudiera escucharla.
—Nos vemos más noche.
Le guiñó un ojo… y se marchó.
Kael’thar se quedó observándola alejarse.
Me provoca… y luego se escapa.Juega conmigo… y lo sabe.
Exhaló despacio.
—Terminaré temprano hoy —murmuró—.
Volveré pronto.
La jornada transcurrió entre patrullas, decisiones y deberes.
Kael’thar habló con ancianos, supervisó entrenamientos, resolvió disputas.
Pero en cada pausa, su mente volvía al mismo lugar.
En Merea , su sonrisa.
A la forma en que pronunciaba su nombre.
Antes de regresar, tomó frutas frescas, raíces dulces y hojas aromáticas que sabía que le gustaban y le gustaba a la mayoría de las hembras .
Cuando llegó a casa, la noche ya había caído.
La luz era tenue.
El ambiente, cálido.
Merea estaba allí.
Levantó la mirada al escucharlo entrar.
No dijo nada.
No hacía falta.
Sus ojos dorados hablaban por ella Kael’thar dejó lo que traía y se acercó despacio.
—Pensé que tardaría más —susurró ella.
—No quería hacerlo.
Se miraron en silencio, la tensión creciendo lenta, densa, inevitable.
Kael’thar alzó una mano y apartó un mechón de su cabello con cuidado, como si tocara algo precioso luego no pudo controlarse más y Kael’thar la tomó por la cintura y la atrajo contra él sin delicadeza esta vez.
No hubo duda, ni contención.
El beso que le dio fue profundo, exigente, cargado de todo lo que había estado reprimiendo durante la tarde.
Merea respondió de inmediato, sin sorpresa, sin resistencia, como si lo hubiera estado esperando —Kael’thar… —jadeó contra sus labios.
Él la interrumpió, apoyando la frente contra la suya, respirando con dificultad.
—Esta vez no prometo ser cuidadoso —admitió—.
Dime que me detenga… ahora.
Merea no respondió con palabras.
Sus manos se deslizaron por su cuello, por sus hombros, aferrándose a él con decisión.
Su cuerpo hablaba claro.
Lo queria.
Así.
Sin frenos.
Eso fue todo lo que necesitaba.
Kael’thar la alzó sin esfuerzo y la llevó hacia el interior, lejos de miradas, lejos del mundo.
La dejó sobre las pieles con un cuidado mínimo, más instinto que gentileza, y se inclinó sobre ella, mirándola como si quisiera memorizar cada detalle.
—Eres consciente de lo que provoca —murmuró.
—Lo soy —respondió ella, sin bajar la mirada—.
Y no pienso detenerte.
El aire se llenó de respiraciones entrecortadas, de piel caliente, de movimientos lentos que pronto dejaron de serlo.
Kael’thar perdió el control que tanto había defendido.
Fue un poco violento e intenso y posesivo absoluto.
Como si necesitara marcarla con fuerza y su presencia .
La noche avanzó sin prisa.
.
Sin palabras innecesarias.
Solo cuerpos que se buscaban, se encontraban, se reclamaban una y otra vez, hasta que el mundo exterior dejó de existir para ellos .
Y cuando finalmente el cansancio los alcanzó , Kael’thar no se apartó.
La sostenida contra su pecho, firme, protectora, como si incluso dormida temiera que ella desapareciera.
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