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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 22

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22: Capitulo 22 El mensaje que viaja con la marea 22: Capitulo 22 El mensaje que viaja con la marea La luz ya no era suave.

Entraba por la vivienda con descaro, filtrándose entre las rendijas de madera y rozando la piel como un recordatorio tardío de que el día estaba muy avanzado.

El canto de las aves había cambiado; ya no era el saludo del amanecer, sino el murmullo constante de la mañana viva.

Merea despertó con un gemido bajo.

Su cuerpo protestó al mínimo movimiento.

La espalda le dolía, los muslos también, y un cansancio profundo —denso— se le asentaba en los huesos.

No era una molestia desagradable… era la huella clara de una noche que no había sido suave, ni corta, ni contenida.

Abrió los ojos despacio.

Por un instante no supo dónde estaba.

Luego, el aroma a madera, a hojas secas ya él, la envolvió de nuevo.

La piel sobre la que descansaba aún conservaba calor, pero Kael’thar ya no estaba.

Se incorporó con cuidado y miró su cuerpo.

Limpio.

Atendido.

Como si alguien se hubiera asegurado de borrar cualquier rastro de desorden… excepto por las marcas.

Sombras violáceas y rojizas adornaban su piel blanca: mordidas suaves en el cuello, señales en los hombros, en la cintura, en los muslos.

No lo harían.

Ardían apenas.

Como recuerdos insistentes.

Merea exhaló lentamente.

—Vaya… —murmuró para sí, con una sonrisa ladeada—.

De verdad no se contenía Se levantó con cuidado y activó su anillo espacial.

Entre destellos suaves apareció un vestido largo, de tela ligera pero cerrada, en tonos marinos.

Lo elegido con intención: cuello alto, mangas largas, caída suelta.

Cubría todo lo necesario sin perder elegancia.

Luego unos zapatos delicados y dejó su cabello suelto, cayendo en cascada sobre su espalda, ocultando lo que el vestido no.

Cuando terminó de arreglarse, notó la mesa.

Había comida preparada: frutas frescas, raíces dulces, pan rústico.

Todo colocado con orden.

Kael’thar había pasado por allí después de levantarse.

La idea le produjo un calor inesperado en el pecho.

Se sentó a desayunar sin prisas.

Mientras comía, su mente vagó inevitablemente hacia él.

Su forma de mirarla.

La manera en que había perdido el control solo con un gesto suyo.

El felino celoso, protector… intenso.

—Eres un problema —susurró, divertida—.

Uno grande.

Cuando terminó, recogió con cuidado y salió.

El bosque la recibió con su calma habitual.

Caminó entre árboles y senderos conocidos, evitando las rutas más transitadas.

No quería ser vista.

No hoy.

El aire era fresco, cargado de aromas verdes y salinos cuanto más avanzaba.

Y entonces lo oyó.

El océano.

Se detuvo antes de llegar a la orilla.

Cerró los ojos y dejó que el sonido la envolviera.

Las olas rompiendo, constantes, eternas —Aquí fue donde llegué por primera vez… —susurró.

Sacó de su anillo un pequeño pergamino limpio, una pluma fina y un frasco de tinta.

Se sentó sobre una roca y comenzó a escribir con concentración absoluta.

Cada palabra era medida.

Necesaria.

No había prisa.

Cuando terminó, dobló el pergamino con cuidado.

Se acercó más al agua, dejando que las olas mojaran sus pies.

No se transformó.

Solo disfrutó del contacto, de la sal, del hogar que vibraba bajo su piel.

Luego, condensó su poder.

Entre sus manos, la magia tomó forma: fría, brillante, como escarcha viva.

Poco a poco, surgió un pequeño delfín, translúcido, delicado, con la apariencia de estar hecho de hielo marino.

Sus ojos brillaron suavemente, como si entendiera.

Merea introdujo la carta en su interior.

Lo levantó entre sus palmas y besó su frente con suavidad.

—Llévalo con el rey y la reina —susurró.

Dejó al delfín en el agua.

Este dio un pequeño salto, como despedida, y se sumergió, desapareciendo entre las olas, llevando consigo el mensaje de su creadora.

Merea soltó un largo suspiro.

—Espero que con esto… no me busquen —murmuró—.

Al menos no por ahora.

Se dio la vuelta y regresó por el mismo camino, con el corazón un poco más ligero.

La aldea seguía tranquila, ajena a su breve ausencia.

Nadie pareció notar nada extraño.

Por primera vez desde que había llegado, Merea se permitió sentirse… en paz.

Sus pensamientos regresaron inevitablemente a Kael’thar.

A su casa.

Luego se dirigió .

A la cabaña que servía como almacén de plantas curativas.

—Supongo que es hora de conocer a ese famoso herborista —dijo para sí Y con una sonrisa tranquila, cambió el rumbo de sus pasos.

El día aún tenía mucho que ofrecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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