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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 23

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23: Capitulo 23 Raíces nuevas 23: Capitulo 23 Raíces nuevas La cabaña de almacenamiento de hierbas se alzaba un poco apartada del centro de la aldea, rodeada de árboles bajos y arbustos cuidadosamente podados.

El aire allí olía distinto: más verde, más fresco, cargado de aromas suaves que Merea reconocía incluso antes de cruzar la puerta.

Plantas.

Sonrió sin darse cuenta.

Se acercó y tocó la puerta con suavidad Hubo un pequeño ruido al otro lado, algo cayendo, seguido de pasos apresurados.

La puerta se abrió de golpe.

Frente a ella apareció una mujer bestia pequeña, mucho más baja de lo que Merea esperaba.

Tenía unos cuernos cortos y delicados que apenas sobresalían entre su cabello castaño, lacio y recogido de forma algo desordenada.

Sus ojos…

grandes, redondos, oscuros y brillantes, como los de un cervatillo.

La mujer abrió los ojos aún más al ver a Merea.

-¡Oh!

—exclamó, llevándose ambas manos al pecho—.

E-eres…

eres más alta de lo que imagine .

Merea parpadeó… y luego rió suavemente.

—Perdón —dijo con amabilidad—.

No era mi intención asustarte.

La mujer sacudió la cabeza de inmediato, negando con energía.

—¡No, no!

No me asustes.

Solo… —la observar de arriba abajo con una mezcla de admiración y nervios— impresiona un poco.

Respiró hondo y, como si recordara algo importante, se enderezó de golpe.

—¡Ah!

Kael’thar me dijo que vendrías hoy —sonrió ampliamente—.

Te estaba esperando.

—Mi nombre es Bai Nerai .

Soy una mujer bestia ciervo sika… pero, por favor, solo llamame Nerai .

Se hizo a un lado de inmediato y abrió la puerta del todo.

—Pasa, por favor.

Merea cruzó el umbral.

El interior era cálido y acogedor.

Estantes de madera recorrían las paredes, repletos de frascos, bolsas de tela, raíces secas, flores prensadas y hojas colgando del techo.

Había una mesa central amplia, con morteros, cuchillos pequeños, recipientes y pergaminos escritos a mano.

Al fondo, una pequeña biblioteca con libros bien cuidados —Es… precioso —murmuró Merea, girando lentamente sobre sí misma.

Nerai sonrió con orgullo.

—Verdad?

Me gusta que el lugar se sienta vivo.

Las plantas lo notan.

Merea se detuvo y la miró con sorpresa genuina.

—Eso mismo pienso yo.

Nerai parpadeó.

Y luego sonrió aún más.

—Entonces nos llevaremos bien La tensión que Merea no sabía que cargaba se disipó poco a poco.

Nerai no fingia.

No había curiosidad malsana, ni miedo, ni reverencia exagerada.

Solo entusiasmo genuino.

—Ven —dijo la cierva, tomándola suavemente de la manga—.

Te mostraré todo.

Comenzó a recorrer el lugar con ligeros pasos, señalando cada sección con emoción.

—Aquí guardamos las raíces amargas para fiebre.

Estas hojas son para infecciones leves.

Estas flores… —tomó una con cuidado— solo crecen cerca del río y ayudan a dormir.

Hablaba como si cada planta fuera un tesoro personal.

—Y esta?

—preguntó Merea, acercándose a una pequeña bolsa de pétalos azulados.

Los ojos de Nerai brillaron.

—¡Esa es rara!

Solo florece cuando la luna está alta.

Sirve para calmar dolores profundos.

Me tomó meses aprender a recolectarla sin dañarla.

Merea la escuchaba con atención absoluta.

—En mi tribu usamos unas parecidas —comentó—.

Cambia el entorno, pero la intención es la misma.

Nerai se detuvo en seco.

—¿En serio?

—Sí.

Las plantas… —respondió Merea— siempre buscan sanar.

La mirada de Nerai se suavizó —Nunca había hablado con alguien que sintiera las cosas así.

Merea sonrió.

—Yo tampoco.

El tiempo pasó sin que se dieran cuenta.

Practicaron mezclas simples, clasificaron hojas, compararon conocimientos.

Nerai absorbía todo lo que Merea decía, y Merea se sentía… cómoda.

Ligera Después de lo que pareció apenas un rato, Nerai miró por la ventana.

—Oh… —parpadeó—.

El sol ya está alto.

Creo que llevamos aquí unas tres horas.

Merea rió.

—Se pasaron volando.

Nerai dudó un segundo, moviendo sus manos con timidez —Oye… ¿te gustaría que te muestrear la aldea?

Podría presentarte a algunas amigas.

Los ojos de Merea se iluminaron.

—Me encantaría.

Salieron juntas.

La aldea seguía su ritmo habitual, pero Nerai avanzaba con seguridad, saludando a todos.

Pronto se detuvo frente a dos mujeres —¡Rhyssa!

¡Lara!

La primera era una mujer bestia coneja, de cabello amarillo claro, suave y corto, con ojos negros grandes y una expresión dulce.

La segunda… una pantera.

Alta, fuerte, de cabello negro y ojos dorados felinos, su presencia imponía incluso sin hablar —Ella es Merea —dijo Nerai con orgullo—.

Trabajara conmigo con las hierbas.

Rhyssa abrió los ojos con asombro.

—Eres… muy bonita —dijo sin filtro, sonrojándose.

Lara la observó un segundo más… y luego escuchando.

—Tiene buena energía —dijo—.

Me agrada.

Merea sintió algo cálido en el pecho.

—Es un gusto conocerlas.

La conversación fluyó con naturalidad.

Rieron, hablaron de la aldea, de Nerai y sus obsesiones con las plantas, de Kael’thar —solo un poco—, de cosas simples.

Por primera vez desde que había llegado a ese mundo… Merea se sintió parte de algo.

Entonces lo sentí.

Una presión sutil.

Una mirada.

Se giró apenas Desde más allá, entre las casas, alguien la observaba.

Sin curiosidad.

Ninguna admiración.

Hostilidad.

El sentimiento le recorrió la espalda como un escalofrío.

Merea no dijo nada.

Solo volvió a sonreír, como si no hubiera notado nada Pero en su interior, lo supo.

No todos la recibirían con la misma calidez.

Y este mundo… aún tenía sombras que no conocía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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