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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 25

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25: Capítulo 25 Rutinas que ya no son iguales 25: Capítulo 25 Rutinas que ya no son iguales El día comenzó como siempre en la aldea.

El canto distante de las aves bestia, el murmullo del viento entre los árboles altos, el olor a madera húmeda y tierra viva.

Todo seguía su curso habitual… excepto para Merea.

Despertó temprano.

Mucho antes de que el sol se alzara por completo, aún envuelta entre las mantas de pieles suaves, desnuda, con el cuerpo tibio y pesado.

Abrió los ojos lentamente, parpadeando, esperando sentir ese peso familiar a su lado.

Pero Kael’thar no estaba.

Se incorporó apenas, sintiendo una ligera molestia en la espalda y las piernas, un recordatorio silencioso de la noche anterior.

Al bajar la mirada, vio su piel clara marcada aquí y allá: sombras tenues, mordidas suaves, señales que no dolían… pero que ardían de otra forma.

—Vaya… —murmuró con voz ronca.

Se acomodó mejor entre las pieles cuando escuchó pasos acercarse.

La puerta se abrió con suavidad.

Kael’thar entró cargando una bandeja improvisada: frutas frescas, pan rústico, un pequeño cuenco con algo caliente.

Se detuvo al verla despierta.

Y desnuda.

Sus ojos recorrieron su cuerpo sin disimulo, deteniéndose en cada marca que él mismo había dejado.

No había culpa en su mirada.

Solo una satisfacción profunda… y una ternura inesperada.

Dejó la comida sobre la mesa y se acercó despacio.

—¿Te desperté?

—preguntó en voz baja.

Merea negó con la cabeza, aunque su voz salió áspera cuando respondió: —No… solo estaba despertando.

Kael’thar notó el tono de inmediato.

Tomó un pequeño vaso de bambú con agua fresca y se sentó junto a ella.

—Bebe —dijo con suavidad.

La ayudó a incorporarse un poco, sosteniéndole la espalda con cuidado, y llevó el vaso a sus labios.

Merea bebió despacio.

—Gracias, Kael’thar —susurró.

Él negó con la cabeza.

—No tienes por qué agradecerme —respondió—.

Es lo mínimo que puedo hacer por ti.

Ella le regaló una sonrisa tranquila, sincera.

Kael’thar se levantó y volvió con ropa entre los brazos.

—Quiero que te pongas esto.

Merea parpadeó, curiosa.

—¿Para mí?

—Sí —asintió—.

Sé que tienes mucha ropa contigo… pero este es un regalo de mi parte.

Le mostró el vestido: hecho de napa de oveja suave, cuidadosamente tratada, teñida en un tono rojizo profundo, cálido.

El diseño era sencillo pero elegante, ceñido en la cintura, con una abertura discreta en la pierna que permitía moverse con libertad.

El escote era suave, insinuante sin ser excesivo.

—Es… hermoso —murmuró Merea.

—Las mujeres que lo hicieron son buenas costureras —explicó—.

Pensé en ti cuando lo encargué.

La ayudó a vestirla con paciencia, ajustando la tela con manos firmes pero cuidadosas.

Luego le colocó unos zapatos de cuero flexible, del mismo tono rojizo, con tiras que rodeaban el tobillo y resaltaban la forma de sus piernas.

Merea se observó un momento.

—Me gusta mucho… gracias, de verdad, Kael’thar.

Él la miró con seriedad.

—Desde que te convertiste en mi pareja —dijo—, recibirás cosas así.

O mejores.

Ella alzó la mirada.

—Yo… te daré lo mejor de mí como tu pareja —respondió.

Pero al decirlo, algo se apretó en su pecho.

Guardó silencio unos segundos.

Culpa.

No porque no lo quisiera… sino porque sabía que no podía amarlo de la misma forma.

Era una criatura marina.

No pertenecía a la superficie.

Su familia… su origen… todo estaba ligado al océano.

Kael’thar no podría dejarlo todo por ella.

Ni ella dejar de ser lo que era.

Merea apartó esos pensamientos.

No ahora.

Lo abrazó con fuerza y lo besó en los labios, largo, lento.

Cuando se separaron, ambos respiraban distinto.

Un llamado se escuchó desde fuera.

—¡Kael’thar!

Él gruñó por lo bajo.

—Tengo que ir.

—Lo sé —respondió ella con una sonrisa.

La besó una vez más y salió.

Merea se quedó mirando la puerta, tranquila por fuera… inquieta por dentro.

Un sueño había regresado a su mente.

Una sensación.

Una visión fragmentada.

Sabía que no pertenecería solo a Kael’thar.

Y eso la asustaba.

—Merea… ¿estás en casa?

Una voz pequeña la sacó de sus pensamientos.

—¿Nerai?

—respondió, sorprendida—.

¡Hola!

La puerta se abrió y la pequeña cierva apareció.

—Vine a buscarte —dijo con energía—.

Pensé que serías tímida y no vendrías.

Sus ojos se abrieron al verla.

—Guau… te ves hermosa.

Merea sonrió.

—Gracias.

Kael’thar me regaló la ropa esta mañana.

—¿Entonces ya son formalmente pareja?

—preguntó Nerai, emocionada.

—Supongo que sí… —Estoy muy feliz por ti —dijo con sinceridad.

Caminaron juntas hasta un gran árbol donde varias pieles estaban extendidas sobre el pasto.

Allí estaban Rhyssa y Lara.

—¡Hola, Merea!

—saludaron ambas.

—Hola —respondió ella—.

¿Cómo están?

—Bien —dijo Lara.

—Muy bien —añadió Rhyssa—.

Ven, siéntate.

Conozcámonos mejor.

Hablaron de cosas simples.

Hasta que una pregunta surgió.

—Merea… eres muy bonita —dijo Rhyssa—.

¿De qué clan de bestia eres?

Merea dudó solo un segundo.

—Soy una serpiente —respondió—.

Una serpiente.

—Tiene sentido —asintió Nerai—.

Las mujeres serpiente son hermosas.

—Debes ser la más bonita de tu tribu —añadió Rhyssa.

Lara ladeó la cabeza.

—¿Y qué hace una mujer de la ciudad de serpientes aquí?

¿Te vendieron?

—Me escapé —dijo Merea—.

Quería conocer el mundo.

Era verdad… y mentira al mismo tiempo.

Nerai bajó la mirada.

—Yo sí fui vendida —admitió.

—Nerai… —murmuró Lara.

—No pasa nada —dijo la cierva—.

Aquí soy feliz.

Merea la miró con atención.

—¿Fuiste vendida…?

—Es una larga historia —respondió Nerai—.

Pero si quieres, te la contaré.

También cómo es la ciudad de donde vengo.

Merea sonrió suavemente.

—Me gustaría mucho escucharte.

Y por primera vez desde que llegó a la aldea… se sintió parte de algo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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