Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 27
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27: Capítulo 27 Ecos que no duermen 27: Capítulo 27 Ecos que no duermen La conversación terminó sin dramatismo.
Risas suaves, promesas de volver a verse al día siguiente, y despedidas sinceras.
Merea se alejó de Nerai, Rhyssa y Lara con una sensación extraña en el pecho: una mezcla de calidez… y una inquietud que no sabía nombrar.
Caminó sola de regreso a su hogar.
El sendero estaba casi vacío, apenas iluminado por la luz tibia que se filtraba entre los árboles.
Sus pensamientos volvían, inevitablemente, a la historia de Nerai.
La Ciudad del Zorro Celestial… Una fortaleza hermosa por fuera.Un infierno bien decorado por dentro.
Merea no era ingenua.
Sabía que incluso siendo fuerte, incluso siendo una mujer bestia capaz, el mundo tenía límites que no se podían ignorar.
El poder siempre encontraba la forma de aplastar a quien no sabía esconderse.
—No quiero pisar un lugar así… —murmuró para sí.
Fue entonces cuando se detuvo.
No por voluntad propia.
—Forastera.
La voz era fría.
Afilada.
Merea alzó la mirada con calma.
Frente a ella había una mujer bestia felina.
Alta.
De postura firme.
Su cola oscura se movía lentamente de un lado a otro, como si midiera cada segundo.
Sus ojos dorados la observaban sin disimulo.
Mmm…Así que eres tú.
Merea reconoció esa mirada de inmediato.
Era la misma que había sentido más de una vez desde que llegó a la aldea.
Hostil.
Celosa.
Demasiado consciente de su presencia.
—¿Puedo ayudarte?
—preguntó Merea, alzando apenas una ceja.
La felina dio un paso al frente.
—Lárgate de la aldea.
Directo.
Sin rodeos.
Merea no se movió.
—¿Perdón?
—No te hagas la tonta —escupió la mujer—.
No perteneces aquí.
Desde que llegaste, todo se ha desordenado.
Merea cruzó los brazos con tranquilidad.
—No sabía que necesitaba permiso para caminar.
La felina apretó los dientes.
—Kael’thar no es tuyo.
Ah.
Ahí estaba el verdadero problema.
Merea la observó con atención ahora.
La fuerza en sus hombros, la seguridad en su postura, la forma en que su orgullo parecía sostenerla incluso cuando la rabia asomaba.
—Nunca dije que lo fuera —respondió Merea con calma—.
Él decide por sí mismo.
—¡No sabes nada!
—replicó la felina—.
Crecí con él.
Siempre estuve a su lado.
—Entonces deberías saber mejor que nadie —dijo Merea, sin elevar la voz— que Kael’thar no tolera órdenes.
El silencio se tensó.
La felina la miró como si quisiera atacarla… pero no lo hizo.
—Ten cuidado, forastera —advirtió—.
No todo el mundo te va a recibir con sonrisas.
Merea sonrió apenas.
—Gracias por el consejo.
Pasó junto a ella sin mirarla más.
No hubo ataque.No hubo despedida.
Solo una certeza flotando en el aire: aquella mujer no sería un problema pasajero.
En Abyssara Muy lejos de la superficie, donde el agua era clara y los corales brillaban con luz propia, el océano se movía con una calma solemne.
El rey Aegirion caminaba junto a la reina Lyssara entre columnas de coral ancestral.
Hablaban en voz baja cuando algo llamó su atención.
Un pequeño delfín translúcido emergió del agua.
No era real.Era magia.
—Aegirion… —susurró la reina.
El delfín se detuvo frente al rey, flotando unos segundos antes de posarse con delicadeza en su mano extendida.
La figura se disolvió, dejando en su lugar un pergamino sellado.
El rey no necesitó leer el nombre.
—Es de ella —dijo.
Lyssara contuvo el aliento.
Aegirion abrió la carta con calma, leyendo en silencio.
Alzó una ceja apenas, un gesto que la reina conocía bien.
—¿Qué dice?
—preguntó ella, tensa.
—Que está bien —respondió—.
Está a salvo, en una tribu costera.
Nos pide que no la busquemos.
Lyssara cerró los ojos.
—Gracias a las mareas… —También dice —añadió el rey— que enviará una carta cada treinta días .
Y que confía en que respetemos su decisión.
La reina lo miró.
—¿Y tú lo harás?
Aegirion guardó el pergamino.
—No tenemos elección.
Hizo un gesto a los guardias.
—Llamen a los príncipes.
Horas después, Eldric y Kaelis aparecieron ante el trono.
Ambos mantenían la compostura, pero sus padres conocían demasiado bien a sus hijos como para no notar la tensión.
—¿Por qué nos llamaron?
—preguntó Eldric—.
Aún no la hemos encontrado.
—Cálmate —ordenó el rey—.
Escucha.
Aegirion les mostró la carta.
—Merea escribió.
El silencio fue inmediato.
—¿Está viva?
—preguntó Kaelis con voz contenida.
—Está bien —confirmó el rey—.
Y nos pide que no intervengamos.
—¡Eso es absurdo!
—exclamó Eldric—.
¡La superficie es peligrosa!
—Padre —añadió Kaelis—, no podemos dejarla sola.
Aegirion alzó la mano.
—Merea tuvo una premonición —dijo con firmeza—.
Por eso se fue.
Ambos hermanos se quedaron quietos.
Sabían lo que eso significaba.
—Si su destino está en la superficie —continuó el rey— no tenemos derecho a detenerla.
—Aun así iremos por ella —insistió Eldric.
—No —respondió Aegirion—.
Cada treinta días enviará una carta.
Si una sola falta… entonces irán.
Los hermanos se miraron.
No les gustaba.
Pero aceptaron.
—¿Eso es todo?
—preguntó Kaelis con rigidez.
—No —dijo el rey, mirando hacia las sombras—.
Esto también es para ti, Vael.
Sé que estás aquí.
De entre las columnas de coral avanzó un hombre.
Cabello plateado, largo y ondulado, cayendo como luz líquida sobre su espalda.
Ojos azules profundos, tan claros que parecían reflejar el fondo del océano.
Su porte era elegante, su presencia imponente.
Vestía telas claras, ceñidas al torso, con adornos marinos que dejaban ver la fuerza contenida de su cuerpo: era evidente que, incluso en forma humana, seguía siendo un tritón.
—Cada treinta días —repitió Vael con voz serena—.
Si no hay carta… iré yo.
No fue una amenaza.Fue una certeza.
Dio media vuelta y se marchó.
El rey suspiró, llevándose una mano a las sienes.
—Merea… —murmuró—.
Espero que sepas lo que haces.
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