Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 28
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28: Capítulo 28 Donde nace el rencor 28: Capítulo 28 Donde nace el rencor Karessa observaba desde la distancia.
No necesitaba acercarse para verlos.
Bastaba con la forma en que Kael’thar caminaba a su lado, con la manera en que inclinaba ligeramente el cuerpo hacia ella, atento, protector.
Bastaba con eso para que algo oscuro le quemara el pecho.
Ese lugar era mío.
Desde pequeña, Karessa había crecido escuchando lo mismo una y otra vez:eres fuerte, eres hermosa, eres una pantera negra, no hay otra como tú en la tribu.
Y era cierto.
Había sido la hembra más deseada durante años.
Machos jóvenes, guerreros experimentados, incluso líderes de clanes vecinos habían intentado acercarse.
Ella los rechazó a todos sin siquiera dudarlo.
Porque Kael’thar existía.
No habían crecido juntos como hermanos de crianza, pero Karessa siempre estuvo allí.
Su padre, la mano derecha del antiguo líder —el padre de Kael’thar—, había sido también su maestro.
Ella había visto a Kael’thar entrenar, caer, levantarse, convertirse en lo que era.
En su mente, el futuro estaba claro.
Yo sería su hembra.
No porque él lo hubiera prometido.No porque lo hubiera pedido.
Sino porque era lo lógico.
Hasta que llegó ella.
Merea.
La primera vez que Karessa la vio, sintió algo que jamás había experimentado: una punzada brutal de inferioridad.
La piel clara de Merea parecía captar la luz; sus ojos dorados no eran cobrizos como los suyos, sino profundos, extraños, casi irreales.
Su cabello rubio platino… no pertenecía a ese lugar.
No es de aquí, pensó entonces.No debería estar aquí.
Y aun así, en menos de un mes, se había convertido en la hembra de Kael’thar.
Karessa apretó las uñas contra la palma.
La rabia le subía por la garganta como veneno.
La mataré, pensó, sin exageración.Solo necesito el momento adecuado.
Merea regresó a su hogar con pasos tranquilos, pero la sensación en la espalda no desaparecía.
No necesitaba girarse para saberlo: aquella pantera la había mirado con intención asesina.
—Genial… —murmuró para sí—.
Justo lo que necesitaba.
Se bañó con rapidez, dejando que el agua se llevara la tensión acumulada.
Cambió su ropa por algo más cómodo, sencillo, intentando despejar la mente.
Aun así, la imagen de los ojos de Karessa seguía allí.
No es solo celos.Esa mujer quiere hacerme daño.
La puerta se abrió poco después.
—Merea.
Ella levantó la cabeza de inmediato.
Kael’thar entró con el paso cansado de quien había pasado el día resolviendo problemas ajenos.
Tenía el cabello algo desordenado y el gesto serio… hasta que la vio.
Merea no dijo nada.
Simplemente caminó hacia él y lo abrazó, enterrando el rostro en su pecho.
Kael’thar se quedó quieto un segundo… y luego la rodeó con los brazos.
—Te extrañé —murmuró ella.
Él soltó un suspiro bajo, apoyando la barbilla sobre su cabeza.
—Yo también.
Merea levantó el rostro, sonriendo con picardía.
—¿Eso es todo?
Esperaba algo más dramático.
Kael’thar arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Algo como “no sobreviví el día sin ti” —añadió, acercándose un poco más—.
O “pensé en ti cada segundo”.
—Pensé en ti —admitió—.
Pero no exageraré.
—Mmm… qué decepción.
Ella lo besó de forma suave, lenta, sin urgencia.
Kael’thar respondió sin dudar, pero cuando quiso profundizar, Merea se separó apenas, sonriendo.
—Hoy no —dijo en voz baja.
Él la miró con atención.
—¿Todo bien?
—Solo… cansancio —respondió, sincera—.
Hoy fue un día largo.
Kael’thar asintió, entendiendo más de lo que ella decía.
—Rhazek despertó —comentó entonces—.
Quiere conocerte.
Merea parpadeó.
—¿A mí?
—Sí —respondió—.
Es extraño.
Suele ser impulsivo… pero insiste.
Ella lo pensó un momento.
—Está bien —dijo finalmente—.
Mañana iré contigo.
Kael’thar se relajó visiblemente.
—Gracias.
Merea no notó la inquietud que cruzó por su mente.
No sabía que Rhazek no solía interesarse en nadie sin motivo.
No sabía que Kael’thar temía lo que pudiera percibir.
Ella solo quería paz.
Se acercó de nuevo, rodeándole la cintura.
—Kael’thar… —¿Sí?
—Hoy solo quiero dormir abrazada a tu lado.
Él bajó la mirada hacia ella, sorprendido… y luego sonrió con suavidad.
—Entonces eso haremos.
Pero déjame tomar un baño luego de un rato el regreso y la llevó con cuidado hasta el lecho, acomodándola entre las pieles.
Merea se acurrucó de inmediato contra su pecho, aferrándose a él como si fuera un ancla.
Kael’thar la sostuvo con firmeza, pasando una mano lenta por su espalda.
Merea cerró los ojos, sintiendo esa calma que solo él le daba.
Mientras tanto, en algún lugar de la aldea, una pantera negra afilaba su rencor en silencio.
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