Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 30
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Capítulo 30: Capítulo 30 Sospechas y promesas
Rhazek permaneció sentado cuando Kael’thar y Merea se marcharon.No se movió de inmediato.
Su mano descansaba sobre la mesa de madera, los dedos apretados con más fuerza de la necesaria. La herida en su costado ya no ardía como antes. De hecho, apenas dolía. Eso era precisamente lo que más lo inquietaba.
Nadie sana así, pensó.
Había visto curanderos. Había visto chamanes. Incluso había sobrevivido a tratamientos de otras tribus. Pero aquello… aquello había sido distinto. Demasiado rápido. Demasiado limpio.
Una hembra desconocida. Llegada de la nada. Sin clan, sin marcas visibles, sin historia clara.
Y ahora, al lado de Kael’thar.
Rhazek apretó los dientes.
No desconfiaba solo de Merea. Desconfiaba del mundo. Había visto demasiadas alianzas falsas, demasiadas hembras enviadas como regalos, como trampas suaves destinadas a quebrar a líderes fuertes.
Kael’thar era fuerte. Demasiado.
Y eso lo convertía en un objetivo.
—Estoy agradecido… —murmuró Rhazek para sí mismo—. Pero no soy estúpido.
Que ella lo hubiera curado no borraba el peligro. Al contrario. Lo aumentaba.
Si se acercó a él para ganarse su confianza… entonces es más peligrosa de lo que parece.
Sin embargo, una parte de él —la que odiaba admitir— no pudo evitar recordar la mirada de Merea. No había arrogancia. No había burla. Tampoco miedo exagerado.
Solo calma.
Eso lo irritaba aún más.
—Te estaré observando, hembra —susurró—. Muy de cerca.
Kael’thar y Merea se habían detenido cerca de su hogar. El sol comenzaba a subir, y el murmullo de la tribu llenaba el aire.
Kael’thar no la soltaba.
Merea, envuelta entre sus brazos, apoyó las manos en su pecho y alzó la vista.
—Es momento de que vayas a trabajar —dijo con suavidad.
Kael’thar frunció el ceño.
—Puedo quedarme un poco más.
—No —respondió ella, sonriendo—. Eres el líder. No puedes desaparecer solo porque yo quiera abrazos.
—Puedo intentarlo —replicó él, bajando la voz.
Merea soltó una risa baja, pero luego su expresión se volvió más seria.
Kael’thar suspiró y finalmente la soltó, aunque sus manos permanecieron en la cintura de ella un instante más.
—Merea —dijo—. Ahora eres parte de la tribu.
Ella abrió ligeramente los ojos.
—Y también tienes mi corazón contigo —añadió él, sin apartar la mirada.
El silencio cayó entre ellos.
Merea no respondió de inmediato.
Las palabras de Rhazek volvieron a su mente. No pertenezco aquí. Eso era cierto. No del todo.
Si algún día su presencia perjudicaba a Kael’thar… ella no dudaría.
Con cuidado, tomó las manos de Kael’thar entre las suyas. Se puso de puntillas y besó sus labios con suavidad, sin prisa, sin urgencia.
—Kael’thar —dijo en voz baja—. Estaré contigo mientras se me permita quedarme contigo.
Él sintió algo romperse en su pecho.
No porque dudara de ella, sino porque esas palabras eran sinceras. Demasiado.
No eran promesas vacías. Eran una verdad que aceptaba la posibilidad de la separación.
—Merea… —intentó decir.
Ella negó con la cabeza y sonrió un poco.
—Es momento de que vayas —continuó—. No te preocupes, no me escaparé. No soy tan débil como crees.
Kael’thar soltó una pequeña risa, tensa.
—Nunca pensé eso.
—Y me gustaría quedarme contigo por mucho, mucho tiempo —añadió ella—. Así que no pienses de más. Si algún día tengo que irme… te lo diré.
Luego lo miró directamente a los ojos.
—Tú eres especial en mi vida. Entiende eso. No dejes que las palabras de Rhazek te hagan pensar lo contrario. Vivamos bien juntos… por todo el tiempo que se nos permita.
Kael’thar abrió la boca para responder, pero Merea alzó un dedo y lo apoyó suavemente en sus labios.
—No digas nada —dijo—. Anda. Corre a hacer tus deberes como líder.
Él suspiró, vencido.
—Está bien —aceptó—. Cuídate. Y no pienses en lo que dijo Rhazek. Siempre ha sido así… pero sé que cuando te conozca mejor, como yo te conozco, te volverás alguien importante para él.
Merea asintió y le hizo un pequeño gesto con la mano.
Kael’thar se marchó a regañadientes.
Mientras caminaba, la rabia se mezclaba con la culpa. Sabía que Rhazek no era amable, pero no imaginó que tocaría justo el miedo que él más ocultaba: que Merea pudiera marcharse.
Ajustaré cuentas cuando esté completamente sano, pensó. No con un herido.
Merea se quedó quieta, observándolo hasta que desapareció entre las casas.
Rhazek tenía algo de razón.
Ella no pertenecía a ese lugar.
Si alguien de la superficie descubría su poder… si su existencia atraía problemas… esta tribu pacífica podría sufrir. Y Kael’thar sería el primero en pagar el precio.
Si eso ocurre… tendré que irme, decidió en silencio.
No permitiría que él saliera herido por su culpa.
Con ese pensamiento, regresó a su hogar. Se cambió a un atuendo más cómodo, sencillo, adecuado para trabajar. Tomó una canasta y comenzó a reunir la ropa sucia.
Mientras lo hacía, frunció el ceño.
—¿Así que esto es… lavar prendas? —murmuró—. Nunca pensé que una princesa terminaría haciendo esto.
Miró la pila de ropa y suspiró.
—Está bien… nadie dijo que ser parte de una tribu fuera glamoroso.
También pensó en cocinar. En limpiar. En esas cosas simples que nunca había aprendido. Nadie sabía quién era realmente, y quizás era mejor así.
—Si quiero quedarme —dijo en voz baja—, tengo que aprender.
Con la canasta en brazos, salió apresurada hacia el río, decidida a cumplir su parte… aunque su mundo, poco a poco, comenzaba a volverse más complicado.
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