Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 32
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Capítulo 32: Capítulo 32 Donde siempre regresas
Nerai caminó junto a Merea de regreso, cargando parte de la ropa ya limpia.
—No te preocupes por Karessa —dijo en voz baja—. Hay otros lugares donde secar. No todos vienen aquí.
La llevó a un claro más apartado, protegido por árboles altos y raíces gruesas que servían como soporte natural. Allí, Merea colocó sus prendas con cuidado, siguiendo las indicaciones de Nerai.
—Aquí nadie molesta —aseguró ella—. Mañana vendremos temprano. Prepararemos cremas y tónicos para la tribu.
Merea sonrió.
—Me gustaría eso.
Se despidieron con un gesto sencillo, como si fuera algo cotidiano… y para Merea, ese detalle lo volvía aún más especial.
Cuando regresó sola, el cansancio la golpeó de repente. Cada músculo le dolía; sus manos ardían levemente por el trabajo que nunca antes había hecho. Miró el cielo: aún era temprano.
—Un poco de descanso… —murmuró.
Sus pies la guiaron casi por instinto hacia la laguna detrás de la cascada.
Al llegar, el sonido del agua la envolvió. Recordó su primer encuentro con Kael’thar allí, la forma en que su mirada la había atrapado sin saber quién era realmente.
Merea dejó la ropa a un lado y se sumergió lentamente. El agua la recibió como un abrazo antiguo. Su cuerpo reaccionó solo: cambió de forma, dejando que su esencia verdadera se relajara por completo.
La bañera que construyó Kael’thar es grande… pero no es esto, pensó.
Aquí podía estirarse, flotar, descansar de verdad.
Cerró los ojos.
—Solo un momento…
El cansancio ganó.
Durmió profundamente, aunque en su mente persistía una inquietud. Sabía que había miradas sobre ella: unas cargadas de desconfianza, otras con una intención más oscura.
Debo ser cuidadosa…, fue su último pensamiento consciente.
Cuando despertó, algo estaba mal.
El agua ya no reflejaba la luz.
Merea abrió los ojos de golpe y miró hacia la cascada: no había destellos dorados, no había sol.
—¿Cuánto…?
Salió apresurada del lago, tomó su ropa y se la puso como pudo, aún mojada. Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Kael’thar…
Corrió.
No le importó el frío ni el agua que escurría por su piel. Cuando llegó a la cabaña, la puerta estaba entreabierta.
Dentro, una silueta estaba sentada, completamente inmóvil.
—¿Kael’thar…?
La figura se levantó de golpe.
En un segundo, él estaba frente a ella. La tomó con fuerza y la abrazó contra su pecho.
—¿Dónde fuiste…? —su voz se quebró—. Pensé que me abandonaste.
Merea se quedó paralizada.
Sintió algo húmedo en su cuello.
¿Lágrimas?
Aquel hombre imponente, líder de la tribu, estaba temblando por ella.
—Kael’thar… yo…
Él no la soltó. Sus brazos parecían jaulas.
—No estabas. No estabas en el río. No estabas aquí —murmuró—. Y recordé lo que dijo Rhazek… recordé que no perteneces a este lugar…
Merea tragó saliva, sintiéndose culpable aunque no había sido su intención.
—Me quedé dormida —explicó—. Solo eso. No quise preocuparme.
Kael’thar no respondió. Apoyó la frente en su cuello, respirando hondo, como si necesitara comprobar que era real.
Pensé que se iría. Pensé que desaparecería como todos los que amo, pasó por su mente.
Tras varios minutos, Merea habló en voz baja:
—Kael’thar… estoy empapada. Mojaré la cama. Necesito secarme y cambiarme.
Él se separó lentamente.
La miró.
Su ropa mojada se pegaba a su cuerpo, su cabello goteaba, y aun así… seguía allí.
Sin decir una palabra, Kael’thar la besó.
No fue tierno.
Fue urgente. Necesario. Posesivo.
Sus manos la sostuvieron con fuerza, como si temiera que se desvaneciera. Merea se sorprendió, pero no lo detuvo.
Está asustado, comprendió.
Si esto lo hacía sentir seguro… lo permitiría.
Kael’thar la guió hacia la cama, sus labios recorriendo los de ella, su respiración agitada.
No me abandones. No me dejes solo, gritaba su silencio.
Merea respondió al beso, rodeó su cuello, anclándolo a ella.
—Estoy aquí —susurró—. No me fui.
Kael’thar cerró los ojos al escucharla.
Sus gestos fueron intensos, dominantes, pero no crueles. Cada movimiento decía lo mismo: mía, quédate, no te vayas.
Merea sintió el peso de ese amor, de ese miedo.
Si algún día tengo que irme… será lo más doloroso que haga, pensó.
Cuando el mundo pareció desaparecer a su alrededor, Merea apoyó la frente en la de él.
—Kael’thar… mírame.
Él lo hizo.
—No me abandones tú a mí tampoco —pidió ella en voz baja.
Kael’thar respiró hondo.
—Lo hare … —murmuró.
Merea lo abrazó.
La noche cerró sobre ellos, silenciosa, guardando lo que ocurrió después solo para los dos.
Merea despertó con el cuerpo pesado y adolorido.
No era un dolor desconocido, pero sí profundo, como si cada músculo le recordara lo intensa que había sido la noche. Aun así, no se movió. Kael’thar la sujetaba por la espalda con una fuerza inconsciente, su rostro enterrado cerca de su pecho, su respiración lenta y regular.
Dormía.
Sus brazos eran como cadenas… y, al mismo tiempo, como un refugio.
Merea apretó los labios. Una punzada de culpa le recorrió el pecho.
Lo asusté tanto…
Recordaba la forma en que él la había mirado al verla entrar esa noche. El miedo puro, sin orgullo, sin fuerza. Un miedo que no pertenecía a un líder, sino a un hombre que creía haber perdido lo único que le importaba.
Se aferró un poco más a él y volvió a cerrar los ojos, obligándose a descansar.
°°°°
Horas después, Kael’thar despertó.
Lo primero que hizo fue comprobar que Merea seguía allí.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Ajustó el abrazo, inhaló su aroma, apoyó la frente contra ella. Solo entonces permitió que el nudo en su pecho se aflojara un poco.
Está aquí…
Pero su mente no olvidaba.
La noche anterior regresó a casa y no la encontró. El silencio lo había golpeado como un puño. Fue al río. Nada. Preguntó. Nerai le dijo que se habían despedido allí.
Y entonces el miedo se volvió real.
¿Regresó a su hogar?¿Volvió al océano?
El mar era inmenso. Inabarcable. Para un hombre bestia terrestre, era una frontera imposible.
Había regresado a la cabaña con el corazón destrozado, preguntándose en qué había fallado. Ella había prometido avisar. Prometió no irse sin despedirse.
Y aun así… no estaba.
Luego, los pasos apresurados. La puerta abierta. Merea.
El recuerdo hizo que su pecho se apretara de nuevo.
Kael’thar bajó la mirada hacia ella. Dormía tranquila ahora, aunque su cuerpo mostraba el cansancio. Él había sido demasiado intenso. Lo sabía.
Pero estaba aquí…
Por primera vez desde que despertó, pensó en el día.
No quería ir a ningún lado. No quería dejarla sola. Quería caminar con ella por la tribu, mostrarle los puestos, comprarle cosas de otras tierras. Quería verla reír, verla segura.
Y, al mismo tiempo, tenía miedo.
Miedo de mostrar demasiado.Miedo de que se vaya.
Sus ojos se desviaron, casi por instinto, hacia el lugar donde sabía que estaba la marca.
El tótem.
El suyo estaba cerca del corazón. El de ella… en la espalda, lado derecho.
Una marca incompleta.
Cuando estaban juntos, aparecía. Ardía. Existía.Cuando se separaban… desaparecía.
Kael’thar frunció el ceño.
No es normal.
En su pueblo, las marcas eran claras. Permanentes. Innegables. Una vez que una pareja se marcaba, ambos llevaban el símbolo visible, como una verdad imposible de negar.
Con Merea… no era así.
¿Es diferente porque es una sirena?¿O porque no me acepta del todo?
Las dudas comenzaron a enroscarse como serpientes.
Para un hombre bestia, las marcas de pareja eran más importantes incluso que las marcas de estrellas. Eran la prueba de pertenencia. De elección mutua.
Y Kael’thar había elegido.
Pero… ¿ella?
Merea despertó poco después.
Sintió la tensión en su cuerpo incluso antes de abrir los ojos. Kael’thar estaba despierto. Lo sabía por la forma en que su respiración había cambiado.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Kael’thar tardó un segundo en responder.
—Sí —mintió.
Merea se giró con cuidado para mirarlo. Sus ojos estaban abiertos, pero perdidos en algún punto que ella no podía ver.
Está pensando demasiado…
—Anoche… —comenzó ella, pero se detuvo.
No sabía cómo decirlo sin herirlo.
—Lo siento —dijo al final—. No quise asustarte.
Kael’thar la miró de inmediato.
—No vuelvas a hacerlo —respondió con más dureza de la que pretendía—. No desaparezcas así.
Merea apretó los labios.
—No desaparecí. Me quedé dormida.
—Pudiste no regresar.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Merea bajó la mirada.
Si supiera cuántas veces pienso en eso…
Ella no quería irse. No ahora. No mientras él estuviera así. Pero sabía que su presencia no era inocente. Sabía que su poder podía atraer problemas.
—Kael’thar… —dijo suavemente—. No quiero dejarte.
Él la tomó del rostro, obligándola a mirarlo.
—Entonces no lo hagas —dijo, casi como una orden—. Quédate. Quédate conmigo.
Merea apoyó la frente contra la suya.
—Mientras me permitas quedarme… me quedaré.
Kael’thar cerró los ojos.
No era suficiente. Nunca sería suficiente.
Pero por ahora… la tenía en sus brazos.
Y eso bastaba para calmar, apenas, la tormenta que crecía dentro de él.
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