Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 33
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Capítulo 33: Capítulo 33 Lo que no se ve
Merea despertó con el cuerpo pesado y adolorido.
No era un dolor desconocido, pero sí profundo, como si cada músculo le recordara lo intensa que había sido la noche. Aun así, no se movió. Kael’thar la sujetaba por la espalda con una fuerza inconsciente, su rostro enterrado cerca de su pecho, su respiración lenta y regular.
Dormía.
Sus brazos eran como cadenas… y, al mismo tiempo, como un refugio.
Merea apretó los labios. Una punzada de culpa le recorrió el pecho.
Lo asusté tanto…
Recordaba la forma en que él la había mirado al verla entrar esa noche. El miedo puro, sin orgullo, sin fuerza. Un miedo que no pertenecía a un líder, sino a un hombre que creía haber perdido lo único que le importaba.
Se aferró un poco más a él y volvió a cerrar los ojos, obligándose a descansar.
°°°°
Horas después, Kael’thar despertó.
Lo primero que hizo fue comprobar que Merea seguía allí.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Ajustó el abrazo, inhaló su aroma, apoyó la frente contra ella. Solo entonces permitió que el nudo en su pecho se aflojara un poco.
Está aquí…
Pero su mente no olvidaba.
La noche anterior regresó a casa y no la encontró. El silencio lo había golpeado como un puño. Fue al río. Nada. Preguntó. Nerai le dijo que se habían despedido allí.
Y entonces el miedo se volvió real.
¿Regresó a su hogar?¿Volvió al océano?
El mar era inmenso. Inabarcable. Para un hombre bestia terrestre, era una frontera imposible.
Había regresado a la cabaña con el corazón destrozado, preguntándose en qué había fallado. Ella había prometido avisar. Prometió no irse sin despedirse.
Y aun así… no estaba.
Luego, los pasos apresurados. La puerta abierta. Merea.
El recuerdo hizo que su pecho se apretara de nuevo.
Kael’thar bajó la mirada hacia ella. Dormía tranquila ahora, aunque su cuerpo mostraba el cansancio. Él había sido demasiado intenso. Lo sabía.
Pero estaba aquí…
Por primera vez desde que despertó, pensó en el día.
No quería ir a ningún lado. No quería dejarla sola. Quería caminar con ella por la tribu, mostrarle los puestos, comprarle cosas de otras tierras. Quería verla reír, verla segura.
Y, al mismo tiempo, tenía miedo.
Miedo de mostrar demasiado.Miedo de que se vaya.
Sus ojos se desviaron, casi por instinto, hacia el lugar donde sabía que estaba la marca.
El tótem.
El suyo estaba cerca del corazón. El de ella… en la espalda, lado derecho.
Una marca incompleta.
Cuando estaban juntos, aparecía. Ardía. Existía.Cuando se separaban… desaparecía.
Kael’thar frunció el ceño.
No es normal.
En su pueblo, las marcas eran claras. Permanentes. Innegables. Una vez que una pareja se marcaba, ambos llevaban el símbolo visible, como una verdad imposible de negar.
Con Merea… no era así.
¿Es diferente porque es una sirena?¿O porque no me acepta del todo?
Las dudas comenzaron a enroscarse como serpientes.
Para un hombre bestia, las marcas de pareja eran más importantes incluso que las marcas de estrellas. Eran la prueba de pertenencia. De elección mutua.
Y Kael’thar había elegido.
Pero… ¿ella?
Merea despertó poco después.
Sintió la tensión en su cuerpo incluso antes de abrir los ojos. Kael’thar estaba despierto. Lo sabía por la forma en que su respiración había cambiado.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Kael’thar tardó un segundo en responder.
—Sí —mintió.
Merea se giró con cuidado para mirarlo. Sus ojos estaban abiertos, pero perdidos en algún punto que ella no podía ver.
Está pensando demasiado…
—Anoche… —comenzó ella, pero se detuvo.
No sabía cómo decirlo sin herirlo.
—Lo siento —dijo al final—. No quise asustarte.
Kael’thar la miró de inmediato.
—No vuelvas a hacerlo —respondió con más dureza de la que pretendía—. No desaparezcas así.
Merea apretó los labios.
—No desaparecí. Me quedé dormida.
—Pudiste no regresar.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Merea bajó la mirada.
Si supiera cuántas veces pienso en eso…
Ella no quería irse. No ahora. No mientras él estuviera así. Pero sabía que su presencia no era inocente. Sabía que su poder podía atraer problemas.
—Kael’thar… —dijo suavemente—. No quiero dejarte.
Él la tomó del rostro, obligándola a mirarlo.
—Entonces no lo hagas —dijo, casi como una orden—. Quédate. Quédate conmigo.
Merea apoyó la frente contra la suya.
—Mientras me permitas quedarme… me quedaré.
Kael’thar cerró los ojos.
No era suficiente. Nunca sería suficiente.
Pero por ahora… la tenía en sus brazos.
Y eso bastaba para calmar, apenas, la tormenta que crecía dentro de él.
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