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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 34

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Capítulo 34: Capítulo 34 Lo que se intenta proteger

Merea y Kael’thar se miraron durante un largo momento.

No hubo palabras, solo esa tensión silenciosa que quedaba después de una noche intensa y emociones aún más profundas. Kael’thar fue el primero en moverse; la atrajo hacia sus brazos con firmeza, como si necesitara sentirla allí para convencerse de que no se iría.

Merea no protestó.

Entendía por qué él estaba así.

Se dejó rodear, apoyando la frente contra su pecho. El latido de su corazón seguía siendo fuerte, irregular. No era calma lo que sentía… era miedo contenido.

Finalmente, ambos se levantaron.

Kael’thar se encargó de preparar la mesa para desayunar. Sus movimientos eran precisos, automáticos, pero su mente seguía pendiente de ella. Cuando sirvió la comida, habló sin mirarla directamente.

—Hoy estoy libre —dijo—. ¿Quieres salir conmigo?

Merea levantó la vista.

—¿Salir?

—A media hora de viaje hay una frontera que se usa como mercado —continuó—. Vienen tribus de lejos. Pieles, herramientas… telas que hacen los hombres bestia oveja. Son más suaves. Mejor para ti.

Hizo una breve pausa.

—Puedo comprarte lo que quieras.

Merea lo miró con curiosidad.

Un mercado. Comercios. Gente.

Era la primera vez que escuchaba algo así desde que llegó. Quería ir. De verdad quería. Pero algo la detuvo.

¿Quiere salir conmigo… o quiere vigilarme?

Se quedó pensativa.

Kael’thar lo notó.

Y, contra todo pronóstico, eso lo hizo sentir un poco mejor.

La Merea que conoció al principio no habría dudado. Habría aceptado sin pensar. Esta… esta pensaba en él. En cómo se sentía.

—Kael’thar —dijo al final—. Iré contigo. Iremos juntos.

Él asintió, satisfecho.

Cuando Kael’thar tomó asiento, su mirada cayó en las manos de Merea.

Magulladas. Enrojecidas.

Su expresión cambió al instante. Tomó sus manos sin pedir permiso.

—¿Qué te pasó? —preguntó con voz baja, pero tensa—. ¿Quién hizo esto?

Merea se quedó atónita por la reacción. Intentó soltarse, avergonzada, pero él no la dejó.

—Yo… —se sonrojó—. Intenté lavar la ropa. Creo que… lo logré.

Kael’thar se quedó en silencio.

No esperaba esa respuesta.

Se levantó de golpe, la miró una vez más… y se dio la vuelta, saliendo sin decir nada.

La puerta se cerró.

Merea se quedó quieta.

Otra vez hice algo mal…

—Últimamente solo te molesto —murmuró para sí—. Solo quería ser una buena pareja para ti…

Se quedó sentada, apoyando los codos en la mesa, pensando cómo recuperar su favor.

Tal vez debería… seducirlo un poco.

La idea la hizo ruborizarse aún más.

Kael’thar caminaba con pasos duros, claramente frustrado.

¿Por qué hizo eso?

¿Por qué no le pidió ayuda? ¿Por qué no confió en él?

Él podía darle todo. No necesitaba que se lastimara haciendo cosas que nunca había hecho.

Llegó a la gran construcción que servía como almacén de medicamentos. Dentro, Nerai estaba inventariando.

—Buenos días, líder —saludó ella.

—Dame algo para curar raspones —dijo sin rodeos—. Que no deje cicatrices.

Nerai levantó una ceja.

—¿Es para Merea?

Kael’thar no respondió, pero eso fue suficiente.

Nerai se adentró y sacó un pequeño pote de bambú.

—Esto servirá. Pensaba llevárselo más tarde. Lo hice ayer después de despedirme de ella.

Luego dudó un segundo.

—Jefe… no quiero incomodar, pero Merea es diferente.

Kael’thar la miró.

—Parece criada como una dama noble —continuó Nerai—. Como las de la ciudad del Zorro Celestial. No conoce las tareas comunes de una hembra bestia.

Suspiró.

—No la juzgo. Pero debería tener al menos una o dos hembras que la ayuden. Es frágil. Y ahora quiere aprender a cocinar… si se corta, si se quema…

Negó con la cabeza.

—No puedes permitir eso.

Kael’thar soltó una risa breve.

—Pensé que era el único preocupado.

—Para nada —respondió Nerai—. Aunque no lo creas, muchos la admiran. Ayuda al sanador, escucha a los niños… sin darse cuenta, se ha ganado a la tribu.

Kael’thar apretó el pote en su mano.

—Gracias.

Nerai pareció recordar algo y salió corriendo.

—¡Espera!

Volvió con cinco pequeñas bolsitas de hojas secas.

—Para que Merea no se vaya —dijo sin rodeos—. Deberías darle cachorros.

Kael’thar se quedó en blanco.

—Nerai…

—A veces se necesita ayuda —interrumpió ella—. Solo hiérvelo y bébelo.

Kael’thar salió sin decir más, completamente aturdido.

¿Eso piensa de mí…?

Mientras caminaba, pensó que Merea debía tener un origen alto. Curadora, tritón, sirena… pero estaba bien que todos creyeran que era una mujer serpiente.

Karessa apareció en su camino.

—Buenos días, Kael’thar.

—Buenos días —respondió con frialdad.

Ella apretó los puños. Había visto, por un segundo, el tótem en su pecho.

—¿Los Tigres Blancos ya enviaron su carta?

Kael’thar frunció el ceño. Lo había olvidado.

—Aún no —dijo—. Pero pronto.

Karessa sonrió antes de irse.

El ánimo de Kael’thar cambió.

Aún tengo asuntos pendientes…

No notó la mirada fija de Rhazek desde la distancia.

—Vigilaré de cerca a esa mujer —murmuró—. Demasiadas cosas no encajan.

Cuando Kael’thar regresó, encontró a Merea apoyada en la mesa.

Ella levantó la cabeza y le sonrió con suavidad.

—Pensé que me abandonaste.

Kael’thar se detuvo.

El miedo volvió a apretar su pecho.

Y supo que, mientras ella estuviera allí… jamás podría pensar con claridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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