Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 36
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Capítulo 36: Capítulo 36 Los Planes
Merea permaneció en silencio por un momento, sentada sobre el lomo cálido de Kael’thar mientras avanzaban entre los árboles. Sus dedos se hundían suavemente en el pelaje negro, pero su mente estaba lejos.
—Kael’thar… —dijo al fin, en voz baja—. ¿Te irás?
El paso de la pantera se ralentizó apenas un poco.
Kael’thar soltó un suspiro contenido antes de responder.
—Sí. En esta temporada aparecen más bestias abismales —explicó—. Y cuando eso ocurre, los hombres bestia errantes se mueven como ratas. Secuestran hembras, atacan aldeas pequeñas… Desde que estoy al mando no ha pasado aquí, pero no podemos confiarnos.
Merea escuchaba con atención.
—No vamos solos —continuó—. Estamos aliados con la tribu de los Tigres Blancos. Su líder es molesto, pero sabe dirigir. Nuestra alianza sigue vigente. De hecho… el día que te conocí, acababa de regresar de allí. Esta vez prometí ir en persona.
Merea bajó la mirada.
—Si hubiera sabido que te conocería… —Kael’thar hizo una pausa— tal vez habría pedido que otro fuera en mi lugar. Pero ahora no puedo romper esa promesa.
Hubo silencio entre ambos durante unos segundos.
—No sé exactamente cuándo partiré —añadió—. Pueden ser semanas… o solo días.
Merea tragó saliva.
—Mientras no esté… no salgas de la aldea —dijo con firmeza—. Sé que no te gusta que te vigilen, pero te lo pido. Si necesitas salir, pide escolta. Los hombres bestia de Lara son de seis y siete estrellas, pueden protegerte.
Merea apoyó la mejilla contra su cuello.
—Lo entiendo —respondió—. No saldré. Te estaré esperando.
Sus dedos acariciaron el pelaje, lentos, tranquilos.
Kael’thar dejó escapar un pequeño ronroneo involuntario. Merea sonrió; le gustaba ese sonido más de lo que admitiría.
Poco después, los árboles se abrieron y el bullicio del mercado apareció ante ellos.
Kael’thar se transformó de nuevo en humano, se cambió rápidamente y tomó la mano de Merea.
—No te sueltes —le dijo.
El mercado estaba lleno de voces, aromas y colores. Merea miraba todo con curiosidad: pieles, telas, frutas, piedras espirituales. Se detenía a preguntar precios, tocaba las telas con cuidado, como si temiera dañarlas.
Kael’thar pagaba sin discutir, observándola con una mezcla de orgullo y preocupación.
Ninguno de los dos notó las miradas que los seguían.
Karessa se había separado de su padre con la excusa de comprar ungüentos. Caminó sin prisa hasta un callejón apartado, donde el ruido del mercado se volvía distante.
Allí, apoyado contra una pared de piedra, Jian bebía licor de una bolsa de cuero. Su cuerpo robusto y su aura salvaje delataban su naturaleza errante.
—Vaya —dijo él al verla—. ¿Vienes a calentar mi cama esta noche?
Karessa sonrió con dulzura estudiada.
—No —respondió—. Pero si estás dispuesto a ayudarme… tal vez podamos divertirnos después.
Jian la miró de arriba abajo.
—¿Y qué gano yo? —preguntó—. Tu cuerpo es agradable, pero tengo muchas hembras. No sé si me conviene.
Karessa se acercó, deslizando los dedos por su pecho.
—En la tribu de las panteras negras apareció una hembra —susurró—. Dice ser una mujer serpiente. Hermosa. Mucho más de lo que imaginas.
Los ojos de Jian brillaron.
—¿Quieres que la secuestre? —murmuró cerca de su oído.
—Kael’thar está enamorado de ella —añadió Karessa.
Jian frunció el ceño de inmediato.
—¿La hembra del líder pantera? ¿Crees que no valoro mi vida?
Karessa sabía que no sería fácil.
—Si la llevas lejos —continuó—, si la vendes… o la tienes en una casa roja… ganarás mucho. Te lo prometo. Es más hermosa que cualquiera que hayas tenido.
Karessa se apartó lentamente, dejándolo pensar.
—Enséñamela —dijo Jian al final—. Si me mientes, te mataré. Si dices la verdad… acepto el riesgo.
Karessa sonrió.
Salió del callejón y, a lo lejos, vio a Kael’thar y Merea frente a un puesto de frutas. Soltó una risita baja.
—Ella —dijo señalando—. Se llama Merea.
Jian se acercó lo suficiente para verla bien… y se quedó sin palabras.
Había estado en muchas tribus, incluso tras las murallas del zorro celestial. Había visto mujeres hermosas, pero ninguna como esa.
El deseo le recorrió el cuerpo como fuego.
—Lo haré —dijo con voz grave—. Pero necesitaré tu ayuda. Kael’thar no es estúpido. La vigilará.
Karessa asintió.
—Solo necesito que consigas algo —respondió—. Algo que tú tienes de sobra.
Mientras la pantera y el oso errante comenzaban a trazar planes, otra mirada se posaba sobre la pareja.
Lago, el hombre bestia tigre blanco, observaba desde un punto elevado del mercado.
No estaba sorprendido de ver a Kael’thar allí.
Estaba sorprendido por ella.
—Así que esta es la hembra… —murmuró.
Había venido a entregar un mensaje de su líder, Frey, pero ahora sabía que regresaría con noticias mucho más interesantes.
Frey no se alegraría.
Era competitivo. Especialmente cuando se trataba de Kael’thar.
Lago siguió observándolos, memorizando cada detalle.
Ajena a todo eso, Merea probaba una fruta por primera vez.
—Es dulce —dijo sorprendida.
Kael’thar sonrió.
—Te compraré más.
—No gastes tanto —respondió ella, un poco avergonzada.
—Puedo hacerlo.
Caminaron juntos, riendo en momentos simples, sin saber que varias sombras ya se movían alrededor de ellos.
Planes se tejían.
Miradas se cruzaban.
Y, sin darse cuenta, Merea había entrado en el centro de una red peligrosa.
El mercado seguía lleno de vida.
Pero para algunos… la caza ya había comenzado.
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