Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 38 La verdad bajo la cascada
Rhazek permaneció inmóvil durante varios segundos.
Su mente se negaba a aceptar lo que sus ojos veían. Durante todo ese tiempo había creído que Merea era una mujer serpiente, como todos en la tribu. Una hembra extraña, sí, diferente, pero aun dentro de lo comprensible.
Sin embargo, aquello… aquello no encajaba en nada que conociera.
—Una sirena… —murmuró con incredulidad—. ¿Aquí?
Las sirenas no abandonaban el océano. Mucho menos las hembras. Solo algunos machos se atrevían a viajar a la superficie, y aun así era raro. Lo que tenía delante rompía todas las reglas conocidas.
Merea, apoyada con tranquilidad sobre una piedra plana en medio de la laguna, lo observó con una sonrisa ladeada, casi burlona.
—Ahora que sabes qué criatura soy realmente —dijo—, supongo que tienes muchas preguntas, Rhazek.
Él avanzó un par de pasos, todavía en guardia.
—Dime quién eres —exigió—. Y no me mientas.
Merea no se ofendió. Al contrario, su expresión se volvió seria por primera vez.
—Te lo diré —respondió—. Pero recuerda esto: Kael’thar desconoce mi identidad real. Él sabe qué tipo de bestia soy, porque nos conocimos aquí, pero no conoce mi origen.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Necesito aliados. Y tú, Rhazek, pareces alguien confiable. No solo para Kael’thar… también para mí.
Rhazek frunció el ceño, atento.
—Mi nombre es Merea —dijo ella con firmeza—. Soy hija de Su Majestad, el rey de Abyssara, y de la reina de las profundidades marinas. Gobernantes del mundo oceánico.
Rhazek abrió los ojos con asombro.
—¿Una… princesa?
—La única hembra entre tres hijos —añadió—. Por eso mi existencia es tan… vigilada.
Rhazek guardó silencio unos segundos antes de hablar con un deje irónico:
—Entonces dime, pequeña princesa del océano… ¿qué haces en tierras tan lejanas?
Merea lo miró sin molestarse.
—Tuve una premonición —respondió con naturalidad—. En ella, estaba en tierra. Por eso dejé Abyssara.
—¿Escapaste? —preguntó él, incrédulo.
—No exactamente. Hice un trato con mi padre —aclaró—. No vendrán a buscarme. No atacarán a la tribu. Así que no temas por Kael’thar ni por los tuyos.
Rhazek chasqueó la lengua con sarcasmo.
—Merea, deja de jugar conmigo. Las hembras no tienen ese tipo de po—
Se detuvo de golpe.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—Espera… —susurró—. Tú eres una… Bestia Celestial.
El silencio se volvió pesado.
Merea lo observó con sorpresa genuina y luego… aplaudió suavemente.
—Vaya, Rhazek —dijo con una sonrisa divertida—. No sabía que eras tan perceptivo.
Él retrocedió un paso, atónito.
—Las Bestias Celestiales… —murmuró—. Pensé que eran solo leyendas.
—Yo nací como una —afirmó Merea—. Por eso sigo viva. Por eso estoy aquí.
Rhazek apretó los puños, incómodo. No le gustó sentirse observado desde una posición inferior, pero tampoco podía negar la verdad. Las Bestias Celestiales no eran hombres bestia comunes. Eran entidades elegidas por el Dios Bestia. Existencias puras. Sagradas.
—No pienso hacerle daño a Kael’thar —añadió Merea con seriedad—. Ni a nadie de tu tribu.
Rhazek exhaló lentamente.
—Lo sé —admitió—. Y… perdón por juzgarte. Muchas personas intentan dañarlo.
Bajó la cabeza levemente.
—Gracias por curar a Solan. Y no diré nada a Kael’thar… al menos, no sin tu permiso.
Merea parpadeó.
—Oh… no esperaba que cambiaras tan rápido.
Rhazek sonrió con respeto.
—Las Bestias Celestiales no son como nosotros —dijo—. Algunos dicen que son fragmentos vivos del Dios Bestia. Por eso deben ser veneradas.
Merea soltó una carcajada.
—En el océano piensan igual —admitió—. Y es agotador.
Su expresión se suavizó.
—Por eso, cuando tuve la premonición, no dudé. Quería una vida distinta.
Lo miró directamente.
—Quiero quedarme con Kael’thar. Creo que mi visión tiene que ver con él.
Rhazek asintió en silencio.
Merea se giró y, con un movimiento natural, volvió a su forma humana, colocándose la ropa con calma. Luego ambos salieron de la cascada y caminaron hacia el sendero que llevaba a la aldea.
—Irán a la tribu del Tigre Blanco —dijo Rhazek de pronto—. Yo también iré. Tardaremos unos dos meses en regresar.
Merea se detuvo un instante.
—Kael’thar me dijo que sería un mes…
Rhazek sonrió de lado.
—Te mintió. Quiere regresar antes.
Merea soltó una pequeña risa.
—Eso parece propio de él.
—Mientras tanto —continuó Rhazek—, ten cuidado. Karessa aprovechará esta ausencia.
Dicho eso, se marchó.
Merea permaneció quieta unos segundos, procesando todo. Luego retomó el camino hacia su hogar. Estaba cansada, pero aliviada. Al menos ahora tenía un aliado que conocía la verdad.
Sin embargo, una sensación incómoda se instaló en su pecho.
Los problemas… apenas comenzaban.
Cuando Merea llegó a su hogar, el cansancio cayó sobre ella de golpe.
Había usado demasiada energía curando a Solan y, además, la conversación con Rhazek la había dejado mentalmente agotada. Al inicio había creído que descubrir su identidad causaría problemas, sospechas o incluso rechazo. Sin embargo, no fue así. Rhazek había reaccionado con más calma de la que esperaba.
Eso la tranquilizaba.
Saber que él ya no desconfiaba de ella le daba un poco de paz. No tendría que fingir tanto frente a él, y al menos uno de los hombres cercanos a Kael’thar conocía la verdad y no la veía como una amenaza.
Aun así, una frase seguía resonando en su mente.
—Karessa puede ser un problema…
Merea suspiró mientras se dirigía a la tina que Kael’thar había preparado para ella. El vapor aún salía del agua caliente. Se despojó de la ropa lentamente y se sumergió, dejando que el calor relajara sus músculos tensos.
Cerró los ojos.
El tiempo pasaba rápido. Demasiado rápido. Kael’thar tendría que marcharse pronto.
Después del baño, se alistó con calma para la noche. Cuando Kael’thar regresó, lo notó un poco serio, como si algo pesara en su pecho.
—Hablé con Rhazek —le dijo mientras se sentaba a su lado—. Vendrán dos hembras mayores a trabajar aquí.
Merea lo miró con atención.
—Son viudas —continuó—. Personas tranquilas y gentiles. Una es una hembra conejo, se llama Iris. La otra pertenece al clan zorro, su nombre es Xiao.
—¿Vendrán a quedarse? —preguntó Merea.
—Se encargarán del hogar —asintió él—. Y cuando yo me vaya, cuidarán de ti.
Merea entendió de inmediato. Kael’thar estaba haciendo todo lo posible por dejarla protegida.
—Gracias —dijo con sinceridad.
Kael’thar bajó la mirada. Había conseguido una pareja, pero aun así tenía que marcharse. Esa idea lo frustraba más de lo que quería admitir.
Poco después se fue a tomar un baño. Cuando regresó, el silencio entre ambos era denso, cargado de emociones no dichas. Kael’thar no habló. Simplemente se acercó, la tomó entre sus brazos y la besó con una intensidad que dejó clara su inquietud.
Esa noche se pertenecieron sin palabras, como si ambos quisieran grabar ese momento en sus cuerpos antes de la separación.
Mientras tanto, Rhazek caminaba solo por la aldea.
No podía dejar de pensar en lo que había descubierto. Las Bestias Celestiales no eran simples criaturas poderosas. Eran seres cercanos a lo divino, descendientes de los primeros diez. Portadores de marcas únicas y habilidades sobrenaturales.
Confiaba en Merea.
Estaba seguro de que ella no lastimaría a Kael’thar. Aun así, había algo que le inquietaba: la marca de Merea era distinta. No se parecía a nada que hubiera visto antes.
Decidió no pensar demasiado en ello. Pronto tendría que partir también.
Durante esos últimos días, Rhazek vigiló de cerca a Karessa. No podía permitir que tramara algo extraño mientras Kael’thar estuviera ausente. Sin embargo, no podía pedir ayuda a otros machos. La mayoría eran aprendices de Kael’thar, y eso lo complicaba todo.
Solo podía confiar en que nada pasaría.
El tiempo avanzó rápido.
Durante esa semana, Merea recordó algo importante: habían pasado casi treinta días. Debía enviar una carta a sus padres. Si lo olvidaba, sus hermanos mayores vendrían por ella, y ambos eran bestias de ocho estrellas. Su llegada causaría problemas graves en la aldea.
Apresurada, comenzó a escribir.
Mientras tanto, Kael’thar se mostraba cada vez más reprimido. No quería dejar a su hembra. Aun así, debía partir con Solan, Rhazek y otros diez hombres bestia. Los que se quedaban eran fuertes, pero aun así la inquietud no lo abandonaba.
Había disfrutado cada noche junto a Merea, tomando los medicamentos que Nerai le había dado. Sabía que quizá era pronto para pensar en concebir, pero no podía evitar imaginar un futuro con ella.
Un día antes de la partida, Merea salió sola de la aldea.
Se dirigió a la orilla del mar. Justo cuando estaba a punto de entrar al agua, una voz la detuvo.
—¿Te irás y dejarás a Kael’thar?
Merea se giró y vio a Rhazek, de pie, con expresión tensa.
Ella sonrió.
—Tranquilo, Rhazek —dijo con ligereza—. No abandonaré a tu líder.
—Entonces… —él dudó.
—Solo enviaré una carta a mis padres —respondió—. Si quieres, puedes quedarte y acompañarme de regreso.
Rhazek exhaló con alivio. Durante esos días había notado cuánto quería Kael’thar a Merea. Nunca lo había visto así, y eso le daba miedo. Si ella desaparecía, solo el Dios Bestia sabría cómo reaccionaría Kael’thar.
Merea no notó su tensión. Se acercó al mar, sumergió los pies y, con un gesto sencillo, creó un pequeño delfín de agua. Colocó la carta en él y lo dejó partir.
Rhazek la observó en silencio.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Sí —asintió ella—. Solo les digo que estoy bien. No estoy vendiendo tu aldea ni nada parecido.
Rhazek no respondió. Sabía que la carta no tenía importancia real. Merea ya estaba claramente ligada a Kael’thar.
Cuando regresaban, Kael’thar apareció de pronto y tomó a Merea del brazo.
—Explícate —exigió—. ¿Tienes algo con Rhazek?
Ambos se quedaron helados.
Rhazek no tuvo tiempo de reaccionar. Kael’thar soltó a Merea y se lanzó hacia él, furioso.
—Si te gusta mi hembra, pelea conmigo —dijo—. Pensé que la tratabas mal porque no te agradaba. Te dejé seguirla para que vieras que no es una mala hembra… y tú te enamoras de ella.
Rhazek quedó atónito.
—No me gusta Merea —respondió con frialdad—. Solo la encontré y la escolté. No deseo a tu hembra.
Se dio la vuelta y se marchó, claramente herido.
Kael’thar se quedó allí, temblando de rabia y culpa. Cuando regresó, encontró a Merea molesta.
—¿De verdad piensas eso de nosotros? —le reclamó—. Apenas empezamos a tratarnos para que no te sintieras incómodo.
Se dio la vuelta y se alejó.
Kael’thar quedó en silencio. Había molestado a su amigo… y a su hembra. Y al día siguiente partiría.
Corrió tras ella, sin notar la mirada llena de odio de Karessa a lo lejos.
Cuando la alcanzó, la abrazó con fuerza.
—Perdóname —dijo—. No pensé.
Merea tembló… y luego comenzó a reír.
—Kael’thar —rió—, ¿cómo puedes pensar eso? Además, Rhazek no es mi tipo. Es demasiado malhumorado.
Lo miró con suavidad.
—Regresemos. Esta será nuestra última noche juntos.
Merea lo besó. Kael’thar la cargó sin decir una palabra y la llevó a casa.
Esa noche, se prometieron el uno al otro sin palabras.
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