Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capítulo 39 Antes de la partida
Cuando Merea llegó a su hogar, el cansancio cayó sobre ella de golpe.
Había usado demasiada energía curando a Solan y, además, la conversación con Rhazek la había dejado mentalmente agotada. Al inicio había creído que descubrir su identidad causaría problemas, sospechas o incluso rechazo. Sin embargo, no fue así. Rhazek había reaccionado con más calma de la que esperaba.
Eso la tranquilizaba.
Saber que él ya no desconfiaba de ella le daba un poco de paz. No tendría que fingir tanto frente a él, y al menos uno de los hombres cercanos a Kael’thar conocía la verdad y no la veía como una amenaza.
Aun así, una frase seguía resonando en su mente.
—Karessa puede ser un problema…
Merea suspiró mientras se dirigía a la tina que Kael’thar había preparado para ella. El vapor aún salía del agua caliente. Se despojó de la ropa lentamente y se sumergió, dejando que el calor relajara sus músculos tensos.
Cerró los ojos.
El tiempo pasaba rápido. Demasiado rápido. Kael’thar tendría que marcharse pronto.
Después del baño, se alistó con calma para la noche. Cuando Kael’thar regresó, lo notó un poco serio, como si algo pesara en su pecho.
—Hablé con Rhazek —le dijo mientras se sentaba a su lado—. Vendrán dos hembras mayores a trabajar aquí.
Merea lo miró con atención.
—Son viudas —continuó—. Personas tranquilas y gentiles. Una es una hembra conejo, se llama Iris. La otra pertenece al clan zorro, su nombre es Xiao.
—¿Vendrán a quedarse? —preguntó Merea.
—Se encargarán del hogar —asintió él—. Y cuando yo me vaya, cuidarán de ti.
Merea entendió de inmediato. Kael’thar estaba haciendo todo lo posible por dejarla protegida.
—Gracias —dijo con sinceridad.
Kael’thar bajó la mirada. Había conseguido una pareja, pero aun así tenía que marcharse. Esa idea lo frustraba más de lo que quería admitir.
Poco después se fue a tomar un baño. Cuando regresó, el silencio entre ambos era denso, cargado de emociones no dichas. Kael’thar no habló. Simplemente se acercó, la tomó entre sus brazos y la besó con una intensidad que dejó clara su inquietud.
Esa noche se pertenecieron sin palabras, como si ambos quisieran grabar ese momento en sus cuerpos antes de la separación.
Mientras tanto, Rhazek caminaba solo por la aldea.
No podía dejar de pensar en lo que había descubierto. Las Bestias Celestiales no eran simples criaturas poderosas. Eran seres cercanos a lo divino, descendientes de los primeros diez. Portadores de marcas únicas y habilidades sobrenaturales.
Confiaba en Merea.
Estaba seguro de que ella no lastimaría a Kael’thar. Aun así, había algo que le inquietaba: la marca de Merea era distinta. No se parecía a nada que hubiera visto antes.
Decidió no pensar demasiado en ello. Pronto tendría que partir también.
Durante esos últimos días, Rhazek vigiló de cerca a Karessa. No podía permitir que tramara algo extraño mientras Kael’thar estuviera ausente. Sin embargo, no podía pedir ayuda a otros machos. La mayoría eran aprendices de Kael’thar, y eso lo complicaba todo.
Solo podía confiar en que nada pasaría.
El tiempo avanzó rápido.
Durante esa semana, Merea recordó algo importante: habían pasado casi treinta días. Debía enviar una carta a sus padres. Si lo olvidaba, sus hermanos mayores vendrían por ella, y ambos eran bestias de ocho estrellas. Su llegada causaría problemas graves en la aldea.
Apresurada, comenzó a escribir.
Mientras tanto, Kael’thar se mostraba cada vez más reprimido. No quería dejar a su hembra. Aun así, debía partir con Solan, Rhazek y otros diez hombres bestia. Los que se quedaban eran fuertes, pero aun así la inquietud no lo abandonaba.
Había disfrutado cada noche junto a Merea, tomando los medicamentos que Nerai le había dado. Sabía que quizá era pronto para pensar en concebir, pero no podía evitar imaginar un futuro con ella.
Un día antes de la partida, Merea salió sola de la aldea.
Se dirigió a la orilla del mar. Justo cuando estaba a punto de entrar al agua, una voz la detuvo.
—¿Te irás y dejarás a Kael’thar?
Merea se giró y vio a Rhazek, de pie, con expresión tensa.
Ella sonrió.
—Tranquilo, Rhazek —dijo con ligereza—. No abandonaré a tu líder.
—Entonces… —él dudó.
—Solo enviaré una carta a mis padres —respondió—. Si quieres, puedes quedarte y acompañarme de regreso.
Rhazek exhaló con alivio. Durante esos días había notado cuánto quería Kael’thar a Merea. Nunca lo había visto así, y eso le daba miedo. Si ella desaparecía, solo el Dios Bestia sabría cómo reaccionaría Kael’thar.
Merea no notó su tensión. Se acercó al mar, sumergió los pies y, con un gesto sencillo, creó un pequeño delfín de agua. Colocó la carta en él y lo dejó partir.
Rhazek la observó en silencio.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Sí —asintió ella—. Solo les digo que estoy bien. No estoy vendiendo tu aldea ni nada parecido.
Rhazek no respondió. Sabía que la carta no tenía importancia real. Merea ya estaba claramente ligada a Kael’thar.
Cuando regresaban, Kael’thar apareció de pronto y tomó a Merea del brazo.
—Explícate —exigió—. ¿Tienes algo con Rhazek?
Ambos se quedaron helados.
Rhazek no tuvo tiempo de reaccionar. Kael’thar soltó a Merea y se lanzó hacia él, furioso.
—Si te gusta mi hembra, pelea conmigo —dijo—. Pensé que la tratabas mal porque no te agradaba. Te dejé seguirla para que vieras que no es una mala hembra… y tú te enamoras de ella.
Rhazek quedó atónito.
—No me gusta Merea —respondió con frialdad—. Solo la encontré y la escolté. No deseo a tu hembra.
Se dio la vuelta y se marchó, claramente herido.
Kael’thar se quedó allí, temblando de rabia y culpa. Cuando regresó, encontró a Merea molesta.
—¿De verdad piensas eso de nosotros? —le reclamó—. Apenas empezamos a tratarnos para que no te sintieras incómodo.
Se dio la vuelta y se alejó.
Kael’thar quedó en silencio. Había molestado a su amigo… y a su hembra. Y al día siguiente partiría.
Corrió tras ella, sin notar la mirada llena de odio de Karessa a lo lejos.
Cuando la alcanzó, la abrazó con fuerza.
—Perdóname —dijo—. No pensé.
Merea tembló… y luego comenzó a reír.
—Kael’thar —rió—, ¿cómo puedes pensar eso? Además, Rhazek no es mi tipo. Es demasiado malhumorado.
Lo miró con suavidad.
—Regresemos. Esta será nuestra última noche juntos.
Merea lo besó. Kael’thar la cargó sin decir una palabra y la llevó a casa.
Esa noche, se prometieron el uno al otro sin palabras.
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