Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 40
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Capítulo 40: Capítulo 40 La distancia que se abre
Merea despertó exhausta.
No era la primera vez que pasaba la noche con Kael’thar, pero su cuerpo se sentía blando, pesado, como si cada músculo hubiera perdido fuerza. Se movió apenas, sintiendo una tibieza reconfortante a su lado.
Kael’thar dormía tranquilo.
Su respiración era profunda, regular. Merea se acercó más, aferrándose a su cuerpo con cuidado, como si temiera despertarlo… o como si quisiera detener el tiempo. Apoyó la frente en su pecho, escuchando su corazón.
No quería separarse de él.
Kael’thar abrió los ojos poco después y la encontró así, abrazándolo con fuerza. Esa imagen le apretó el corazón. Ella sentía lo mismo que él, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Debía marcharse.
La mañana transcurrió lentamente. Ambos se levantaron, se limpiaron y comieron juntos. El silencio entre ellos no era incómodo, pero sí pesado. Ninguno quería ser el primero en romperlo.
A mediodía, Kael’thar partiría con sus hombres.
Merea lo observó mientras comía, memorizando cada gesto. En tan poco tiempo, él se había ganado una parte importante de su corazón. No lo esperaba… y aun así, ahí estaba.
Cuando llegó el momento, la plaza central de la aldea comenzó a llenarse. Los hombres bestia se reunieron con sus armas y provisiones. Las hembras observaban en silencio.
Merea vio a Nerai entre la gente, junto a otras mujeres. Lara y Rhyssa no se separaban de sus maridos, despidiéndose como se despide a alguien que puede no regresar. Había abrazos, palabras bajas, manos entrelazadas.
Nerai se veía especialmente triste. Hacía poco Solan había estado al borde de la muerte, y ahora debía marcharse otra vez. No podía detenerlo. Solo le entregó medicamentos que ella misma había preparado, tanto para él como para los demás que partirían.
El ambiente estaba cargado de tristeza contenida.
Tras unos minutos, Kael’thar dio un paso al frente. Su voz firme rompió el silencio. Habló de la misión, de regresar con vida, de proteger a la tribu incluso en la distancia. No fue un discurso largo, pero fue suficiente para levantar el ánimo de los hombres.
Uno a uno comenzaron a marcharse.
Merea se despidió de Solan, luego de Rhazek. Con Kael’thar no hubo muchas palabras. Solo un abrazo largo, firme, como si ambos quisieran grabarse en el otro.
El grupo partió sin más.
Merea se quedó de pie, observando hasta que las figuras desaparecieron entre los árboles. No supo cuánto tiempo pasó así, inmóvil.
—Merea —Nerai la llamó suavemente, sujetándola del brazo—. Vamos… al menos nos tenemos a nosotras.
Intentó sonreír.
—Yo también me quedo sola —continuó—. Solo tengo a un macho. Vamos, Merea.
Kael’thar me dijo que te cuidara.
Merea asintió y se dejó guiar.
A muchas millas de distancia, en la tribu del Tigre Blanco, una enorme bestia descansaba en lo alto de una montaña.
Un tigre blanco de tamaño imponente dormía entre pieles, extendido sin preocupación bajo los rayos del sol. Su respiración era lenta, pesada, como si el mundo entero pudiera esperar.
Una de sus orejas se movió.
Pasos.
—Mi señor —dijo una voz tranquila—. He regresado de enviar la carta a la tribu de las panteras negras.
El gran tigre abrió un solo ojo, de un intenso color zafiro. Miró a quien hablaba sin moverse.
Era Lago.
—Jefe —añadió Lago sentándose a su lado—, ¿por qué siempre eres tan perezoso?
El tigre soltó un leve gruñido y giró el cuerpo, dándole la espalda.
—Tengo noticias de Kael’thar —continuó Lago.
Ambas orejas del tigre se alzaron. Un sonido grave escapó de su garganta.
Lago sonrió, entendiendo la reacción.
—Kael’thar tiene una hembra.
En el instante en que terminó de hablar, el tigre se transformó.
Frey apareció en su forma humana con un movimiento fluido y poderoso. Su piel blanca parecía absorber la luz del sol. No era un cuerpo exagerado, sino perfectamente trabajado: pecho amplio, abdomen firme, músculos definidos con precisión natural.
Su cabello plateado y largo cayó sobre sus hombros y espalda, algunos mechones deslizándose por su pecho. Enmarcaban un rostro severo y atractivo, de rasgos afilados y expresión calmada. Sus ojos zafiro brillaban con una intensidad inquietante.
—Repítelo —ordenó con voz baja.
Lago frunció el ceño y le lanzó una piel.
—Primero cúbrete. Lastimas mis ojos aún puros.
Frey tomó la piel sin apuro y se la colocó.
—Repítelo, Lago.
—Dije que Kael’thar tiene una hembra —replicó, alzando la voz.
Frey se sentó entre las pieles esparcidas, cruzando los brazos.
—No puede ser —murmuró—. Debes confundirte.
—Pensé lo mismo —respondió Lago acomodándose—. Pero la vi.
Frey alzó la mirada.
—Es hermosa —continuó Lago—. Exquisita. Demasiado hermosa. Tiene el tótem de Kael’thar en la espalda. La trajo hace menos de dos meses… y la volvió su hembra.
Frey guardó silencio.
—Dicen que es una hembra serpiente —añadió Lago—, pero no lo es. Está ocultando su verdadera identidad. Sabe de medicina, es sabia… Kael’thar consiguió una hembra inteligente y hermosa.
La rivalidad ardió en los ojos zafiro.
—Creo que debería visitarlo cuando termine esta caza —dijo Frey al fin.
Lago sonrió.
—Mejor no vayas. Esa mujer es capaz de robarte el corazón.
—Eso no es posible —respondió Frey con indiferencia.
—Y si Kael’thar está prendado de ella —continuó Lago—, tendrás problemas.
Frey sonrió lentamente.
—Quiero verla.
Se inclinó hacia Lago.
—Descríbela.
Lago suspiró. Sabía que a su jefe le encantaba competir con Kael’thar por todo.
—Tiene una figura hermosa, deseable —dijo—. Su piel es blanca… incluso más bonita que la tuya.
—Sigue —ordenó Frey.
—Cabello rubio casi plateado. Rostro limpio, puro. Ojos grandes, dorados… cautivadores. Labios que invitan al pecado.
Frey quedó en silencio.
—Me robó el corazón —admitió Lago con una sonrisa.
—Hablas como si fuera una sirena —murmuró Frey.
—Yo la consideraría una —respondió Lago.
Frey sonrió, mostrando colmillos apenas visibles.
—Entonces esperaré —dijo—. Cuando Kael’thar regrese… descubriré quién es realmente su hembra.
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