Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 43
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Capítulo 43: Capítulo 43 La jaula sobre ruedas
Merea recuperó la conciencia muy lentamente.
Lo primero que sintió fue dolor. No uno localizado, sino en todo el cuerpo, como si hubiera estado atrapada en una posición incómoda durante demasiado tiempo. La cabeza le latía con fuerza y cada respiración le resultaba pesada. Intentó moverse, pero no pudo.
Abrió los ojos apenas un poco.
La luz del sol le quemó la vista y tuvo que cerrarlos de nuevo. Su corazón comenzó a latir con fuerza, no por el esfuerzo, sino por el miedo. Intentó mover las manos. Nada. Intentó mover las piernas. Tampoco.
—¿Qué…? —pensó, pero ni siquiera pudo hablar.
Su garganta estaba seca, áspera, como si hubiera pasado días sin agua.
Volvió a abrir los ojos, esta vez con más cuidado. Su visión era borrosa, pero poco a poco fue distinguiendo formas. Madera. Telas. Sombras que se movían al ritmo de un traqueteo constante.
Estaba dentro de algo que se movía.
Giró la cabeza con dificultad y entonces lo vio.
A su alrededor había otras hembras sentadas. Algunas miraban al suelo, otras la observaban en silencio. Todas tenían las manos y los pies atados.
Merea se quedó helada.
—Me fui a dormir… —pensó—. Esto no puede ser real.
Intentó convencerse de que era un sueño. Pero el dolor en su cuerpo era demasiado claro, demasiado preciso. El balanceo del carruaje, el polvo en el aire, el olor a animales y sudor… nada de eso pertenecía a un sueño.
Su respiración se aceleró.
Mientras trataba de incorporarse, una voz masculina habló desde algún punto cercano.
—Veo que despertaste, pequeña belleza.
El tono era relajado, casi divertido.
Merea no pudo ver al hombre, pero sintió unas manos fuertes sujetándola por los hombros. La sentaron con brusquedad, y enseguida alguien retiró la mordaza de su boca.
Aspiró aire con desesperación, tosiendo.
—Mi nombre es Jian —dijo el hombre—. Y desde ahora, soy tu nuevo dueño.
Merea quiso responder. Quiso gritar, insultarlo, exigir explicaciones. Pero su boca no respondió. Solo salió un sonido ahogado.
Jian soltó una carcajada.
—Dormiste durante días. El brebaje es fuerte —dijo—. No te preocupes, ya podrás hablar pronto.
Le acercó un cuenco.
—Bebe. No quiero que te mueras antes de llegar.
Merea dudó, pero la sed era insoportable. Bebió. El agua le recorrió la garganta como fuego, pero poco a poco su voz regresó.
Su mente, en cambio, estaba llena de pensamientos caóticos.
—¿Cuántos días?—¿Dónde estoy?—La carta… tengo que enviar la carta…
Cuando recuperó un poco de control, habló.
—¿Quién eres… y qué piensas hacer conmigo? —preguntó con voz baja y ronca.
Jian la miró con interés.
—Ya te lo dije. Soy Jian. Y tú, junto con ellas, servirás en una casa roja.
Las palabras cayeron como un golpe.
Las otras hembras comenzaron a sollozar. Algunas se cubrieron el rostro. Otras temblaban en silencio.
Merea sintió un nudo en el estómago.
—¿Venderme…? —pensó.
Su mente comenzó a trabajar con rapidez. No podía entrar en pánico. Tenía que pensar. Tenía que escapar. Tenía que regresar.
—Déjame ir —dijo, obligándose a mantener la calma—. Te meterás en problemas. No sabes quién soy.
Las risas no se hicieron esperar.
Los hombres que custodiaban el carruaje se burlaron abiertamente.
Jian se inclinó un poco hacia ella.
—Eres graciosa. Eso me gusta —dijo—. Sé quién eres. La hembra de Kael’thar. El líder pantera.
El nombre le atravesó el pecho.
—Pero no te preocupes —continuó Jian con una sonrisa torcida—. No creo que te encuentre. Y si lo hace… ya no serás la misma mujer que conoció.
Merea tembló.
Este hombre no le tenía miedo a Kael’thar.
Decir su verdadera identidad sería un error. Si reaccionaba así ante un líder de ocho estrellas, ¿qué haría si supiera que era una bestia celestial? No podía arriesgarse.
—Tengo que escapar —pensó—. Antes de que sea tarde.
Pensó en sus hermanos. Si no enviaba la carta, ellos vendrían. Y si venían… la tribu de Kael’thar estaría en peligro.
Apretó los dientes.
—No puedo permitir eso.
Durante los siguientes dos días, el carruaje no se detuvo más de lo necesario. Les daban frutas y agua, lo justo para mantenerlas conscientes y con vida.
Merea observaba todo en silencio.
Contaba los cambios de luz. El sonido del terreno bajo las ruedas. El olor del aire. Estaba atenta a cada detalle.
—Un río… —pensó—. Si veo un río, intentaré algo.
Su cuerpo seguía débil, pero su mente estaba clara.
Por las noches, cuando las otras hembras dormían o lloraban en silencio, Merea miraba el cielo a través de los pequeños espacios entre las tablas.
—Kael’thar… —pensaba—. Perdóname. Te estoy causando demasiados problemas.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que desapareció. No sabía si Kael’thar ya lo sabía. No sabía si llegaría a tiempo.
Pero una cosa sí tenía clara.
No pensaba rendirse.
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