Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 44

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Mundo Bestial Las joyas de la Sirena
  4. Capítulo 44 - Capítulo 44: Capítulo 44 Presagios rotos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 44: Capítulo 44 Presagios rotos

Kael’thar llevaba varios días en la tribu del tigre blanco.

Desde que había llegado, no se había permitido descanso alguno. Cazaba bestias abismales sin pausa, aceptaba patrullas de madrugada y salidas nocturnas cerca de las grietas, incluso cuando otros guerreros ya no podían mantenerse en pie. No lo hacía por prestigio ni por deber hacia la tribu aliada. Cada movimiento, cada combate y cada herida tenían un solo propósito: terminar rápido y volver con Merea.

Pero el tiempo no avanzaba lo suficientemente rápido.

Cada día lejos de ella se volvía más pesado. No era una preocupación común, sino una presión constante en el pecho, como si algo invisible lo empujara desde dentro, advirtiéndole que algo no estaba bien. Dormía poco, apenas lo necesario para no caer inconsciente. Comía por costumbre. Y cuando no estaba cazando, entrenaba hasta que su cuerpo quedaba entumecido.

Las bestias abismales surgían de las grietas abiertas cerca de la frontera. Criaturas deformes, violentas, atraídas por la energía del mundo. Algunas eran pequeñas, otras enormes, y todas dejaban tras de sí cristales oscuros o translúcidos al morir. Kael’thar los ignoraba. No le importaban las recompensas.

Ese día regresaba con su grupo tras cerrar una grieta menor cuando notó que Lago se acercaba.

Lago no sonreía.

No hacía bromas.

Eso, en él, era extraño. Tanto Lago como Frey eran conocidos por su carácter provocador, casi insoportable en ocasiones. Verlo caminar con el ceño fruncido y los pasos tensos activó de inmediato las alarmas de Kael’thar.

—¿Qué ocurre? —preguntó, deteniéndose en seco.

—Jefe Kael’thar —dijo Lago con una seriedad poco habitual—. Necesitas venir a la casa del líder Frey. Ahora.

El tono no dejaba espacio para preguntas.

Kael’thar miró a los hombres que lo acompañaban.

—Regresen al campamento —ordenó—. No se muevan hasta que vuelva.

Sin esperar respuesta, siguió a Lago.

Al entrar en la casa de Frey, el ambiente se sentía pesado.

Lo primero que vio fue a Eshen, el hombre bestia jaguar.

Estaba de pie, rígido, con los puños cerrados y la mirada tensa. Aquella sola presencia fue suficiente para incomodarlo.

Algo grave había ocurrido.

—Eshen —dijo Kael’thar con voz baja y controlada—. Habla.

Eshen dudó. Miró un instante a Frey, como buscando apoyo, luego volvió la vista hacia Kael’thar. Sabía lo que esa noticia significaba. Sabía cuánto amaba su líder a su pareja.

Tomó aire.

—La señorita Merea… —tragó saliva—. Ha desaparecido.

El mundo se detuvo.

Kael’thar dio un paso al frente, y la presión en su pecho explotó de golpe.

—¿Qué acabas de decir?

—Kael’thar… cálmate —intentó intervenir Frey.

—¡No! —rugió—. Eshen, explícate. Ahora.

Eshen apretó los puños.

—La señorita Merea se sentía enferma. Nerai la llevó a su casa para que descansara. Al día siguiente, cuando fue a verla… ya no estaba. Pensamos que había salido sola, pero nadie la vio. Buscamos por toda la aldea. No hay rastro.

Un frío brutal recorrió la espalda de Kael’thar.

—Sigue.

—Exploradores regresaron de patrullar las rutas cercanas —continuó Eshen—. Informaron que hombres bestia errantes secuestraron varias hembras que estaban solas cerca del bosque.

El silencio cayó como una losa.

Kael’thar apretó el tótem de su pecho con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Su respiración se volvió pesada, irregular.

—Frey —dijo sin mirarlo—. Regreso a mi aldea. Ahora.

Frey asintió de inmediato.

—Te ayudaré. De una forma u otra, lo haré.

Kael’thar no respondió.

Sombras negras cubrieron su cuerpo cuando se transformó. Un rugido cargado de furia sacudió la casa antes de que saliera disparado hacia el exterior de la tribu.

Rhazek y Solan intercambiaron una mirada y lo siguieron sin dudar.

Mientras corrían a toda velocidad, Rhazek rompió el silencio.

—Kael’thar… dime exactamente qué pasó. Estás demasiado alterado.

—Merea fue secuestrada —respondió con voz dura—. Por errantes.

Rhazek se quedó helado.

Antes de partir, Merea le había contado la verdad. No todo, pero lo suficiente para entender el peligro.

—Eso significa… —murmuró, sin terminar la frase.

Kael’thar no respondió, pero su expresión se volvió aún más oscura. Había notado la reacción de Rhazek. Sabía que ocultaba algo.

—Cuando regresemos —dijo—, creo que tienes cosas que explicar.

Rhazek palideció, pero asintió en silencio.

Merea estaba sentada dentro de la carreta, con las manos y los pies atados.

Cada movimiento hacía que su cuerpo débil se balanceara sin control. Le dolía la cabeza, el cuerpo le pesaba y su energía era mínima. Aun así, sus ojos observaban todo con atención.

Sabía que no podía correr. Apenas podía mantenerse despierta.

Los hombres bestia errantes lo sabían. Por eso les daban solo lo necesario para seguir vivas. Ni más, ni menos.

Jian se acercó y se agachó frente a ella.

—Sigues mirando como si buscaras algo —dijo con una sonrisa torcida—. No intentes escapar.

Merea no respondió.

—En la casa roja te tratarán bien —continuó—. Mientras obedezcas.

Ella apretó los dientes.

—No te daremos Damiana… si te portas bien.

Su corazón dio un salto involuntario.

—¿Damiana? —preguntó, sin poder ocultar la tensión.

Jian sonrió con interés.

—Veo que sabes lo que hace.

Merea sintió un escalofrío.

—Lo sé —respondió en voz baja.

—Entonces compórtate —dijo él, sujetándole el mentón—. Con ese rostro, no cualquiera podrá comprarte.

Merea apartó la mirada.

—Aquí no está Kael’thar —susurró él—. Nadie vendrá por ti.

Eso fue suficiente.

—Te equivocas —respondió ella, firme—. Él vendrá.

Jian soltó una carcajada.

—Cuando lo haga, ya será demasiado tarde.

Merea cerró los ojos.

Entonces lo oyó.

El sonido lejano del agua.

Abrió los ojos lentamente. Entre las tablas de la carreta vio destellos de luz reflejándose en movimiento.

Un río.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—Si caigo al agua… —pensó—. Podría transformarme.

No sería el océano.

Pero sería suficiente.

Respiró hondo. Tenía que esperar el momento exacto.

En la tribu pantera, Nerai no había dejado de buscar.

Cuando confirmó que Merea no estaba en ninguna parte, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Caminó hasta el pequeño templo y se arrodilló.

—Dios Bestia… protégela.

Apretó las manos contra su pecho.

—Está embarazada… —susurró—. No puede estar pasando esto.

Las lágrimas cayeron en silencio.

La carreta redujo la velocidad.

El terreno se volvía rocoso. El sonido del agua era cada vez más claro.

Merea respiró hondo.

—Ahora… —pensó.

Y se preparó.

Pero en ese momento…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo