Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 45
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Capítulo 45: Capítulo 45 El precio de escapar
Los hombres bestia errantes avanzaban por el camino principal con una disciplina silenciosa.
Eran siete en total. Jian caminaba al frente, atento a cada sonido del bosque, a cada cambio en el viento. La carreta iba en el centro, escoltada por ambos lados. No hablaban.
No se permitían errores. Aquella zona, aunque apartada, no estaba completamente deshabitada, y cualquier descuido podía atraer problemas.
Dentro del carruaje viajaban las hembras.
Cubiertas con pieles gruesas y telas oscuras que ocultaban sus rostros y cuerpos, no solo para protegerlas del frío o de las miradas ajenas, sino para evitar que otros clanes reconocieran su presencia… o su valor. Algunas sollozaban en silencio. Otras permanecían inmóviles, demasiado débiles para reaccionar.
Merea estaba entre ellas.
Atada de manos y pies, con el cuerpo debilitado por los sedantes, se obligaba a mantenerse consciente. Cada sacudida del camino hacía que el dolor se acumulara en su espalda y costados. Algo dentro de su cuerpo no estaba bien. Lo sentía con claridad, aunque no entendía qué era exactamente.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
No sabía hacia dónde la llevaban.
Pero sabía una cosa con absoluta certeza.
Tenía que sobrevivir.
El bosque comenzó a volverse más denso a ambos lados del camino. Árboles antiguos, raíces expuestas, sombras profundas. A unos trece metros, oculto entre la vegetación, corría un río. Su sonido era constante, profundo. Más adelante, ese mismo río se precipitaba con fuerza formando una cascada cuyo rugido se confundía con el viento.
Merea lo oyó.
Su corazón reaccionó antes que su mente.
Entonces, el ambiente cambió.
Jian frunció el ceño.
Un olor distinto llegó al aire. Tierra removida. Sangre reciente. Energía territorial.
—Deténganse —ordenó en voz baja.
Los errantes frenaron de inmediato, tensando los músculos.
Desde el costado del camino, entre la maleza, surgieron figuras enormes. Cuerpos anchos, musculosos, hechos para el combate frontal. Sus pisadas eran pesadas, firmes.
Hombres bestia oso.
Habían salido a cazar. Su presa escapó, y al seguirla cruzaron los límites de su territorio. Al regresar, se encontraron con algo que jamás esperaron ver.
La carreta.
Los errantes.
El líder dio un paso al frente.
Kei.
Sus ojos se clavaron en Jian con un reconocimiento inmediato… y con él, la furia.
—Jian… —gruñó—. Así que sigues vivo.
Los errantes se prepararon para el combate.
Kei avanzó otro paso, su presencia aplastante.
—Violaste una hembra —continuó—. Luego secuestraste a otra. Te expulsamos de la tribu. Te convertiste en errante.
El aire se volvió pesado.
Jian sonrió con desprecio.
—No vine a escuchar sermones.
Kei no respondió.
Su cuerpo se expandió al transformarse. Un oso gigantesco emergió, su energía explotando como una presión invisible que sacudió el suelo. Ocho estrellas.
Los errantes reaccionaron tarde.
—¡Formación! —rugió Jian.
Se transformó también. Su forma bestia era enorme, violenta, apenas un nivel por debajo. Siete estrellas, forzadas al límite.
Ambos chocaron.
El impacto sacudió el bosque entero.
La onda de choque golpeó la carreta de lleno.
Las bestias que la tiraban salieron despedidas. El carruaje se volcó, golpeando árboles y rocas con violencia brutal. La madera crujió, partiéndose.
Dentro, las hembras fueron lanzadas unas contra otras.
Merea sintió cómo su cuerpo golpeaba primero contra la pared, luego contra algo duro. El aire salió de sus pulmones de golpe.
El dolor fue inmediato.
—No… —pensó, mareada—. No ahora…
La carreta terminó de romperse.
Las hembras rodaron por el suelo, cubiertas de tierra y hojas. Algunas quedaron inconscientes al instante.
Kei rugió con furia.
—¡DESGRACIADO! ¡AÚN SIGUES SECUESTRANDO HEMBRAS!
Los hombres de Kei atacaron.
Eran cinco contra siete, pero los osos eran guerreros de primera línea. Su fuerza superaba ampliamente a la de los errantes comunes.
El combate fue brutal.
Huesos rompiéndose. Gritos. Sangre.
Jian evaluó la situación en segundos.
—¡Levanten a las hembras! —rugió—. ¡Llévense las que puedan!
El caos estalló.
Los errantes comenzaron a cargar a las mujeres. Algunas no opusieron resistencia. Otras gimieron débilmente.
—¡La última! —gritó Jian, señalando a Merea—. ¡Esa es la más importante!
Un errante la levantó sin cuidado.
Merea gritó.
El impacto contra su costado fue insoportable. Sintió algo crujir dentro de su cuerpo. Un dolor profundo.
—Algo… está mal… —pensó, con la visión borrosa.
Los hombres de Kei se lanzaron tras ellos.
Uno a uno, los errantes fueron alcanzados. Algunos murieron aplastados contra el suelo. Otros quedaron inconscientes, con los huesos destrozados.
Solo tres lograron escapar cargando hembras.
Kei y Jian seguían luchando.
El suelo se resquebrajaba bajo cada golpe.
En un movimiento brusco, Jian retrocedió, volvió a su forma humana y corrió hacia sus ropas rasgadas. Sacó un pequeño paquete y lo lanzó directo al rostro de Kei.
El polvo verdoso se expandió.
Kei rugió de dolor.
Sus ojos ardieron.
Su visión se perdió.
—¡JIAN!
—No te mataré —respondió Jian—. Por respeto a mi hermana. Pero me arruinaste los planes.
—¡Cobarde!
—No verás por una horas.
Jian huyó.
Kei cayó de rodillas, rugiendo. A tientas, buscó entre sus ropas y se roció los ojos con un líquido espeso. Su visión comenzó a regresar lentamente.
—¡Atrapen a los errantes! —rugió—. ¡No dejen que escapen!
Los osos se dispersaron, persiguiendo a los fugitivos.
Merea luchaba por no perder la conciencia.
El mundo giraba.
El errante que la cargaba corría hacia el río. Cada paso era una punzada brutal en su cuerpo.
—No… puedo… —pensó.
El sonido del agua era cada vez más fuerte.
Con manos temblorosas, accedió a su anillo espacial y sacó una pequeña daga. Con cuidado extremo, cortó las cuerdas de sus muñecas.
Esperó.
Cuando estuvieron cerca del río, clavó la daga en la espalda del errante.
El hombre bestia gritó y la soltó, lanzándola con violencia.
Merea cayó rodando, chocando brutalmente contra un árbol.
El dolor explotó.
Se quedó sin aire.
Se sentó con dificultad. Sentía los huesos como si estuvieran rotos. Su brazo izquierdo estaba dislocado. Aun así, sacó otra daga y cortó las ataduras de sus pies.
Se arrastró hacia el sonido del agua.
El errante intentó seguirla, pero sus movimientos eran torpes. La daga estaba cubierta con un alga paralizante.
Merea se levantó apoyándose en el tronco de un árbol.
Cada respiración ardía.
Cada paso era una lucha.
Llegó al borde del río.
La cascada rugía frente a ella.
Detrás, los sonidos del combate se alejaban.
Su cuerpo tembló.
Una punzada profunda atravesó su vientre.
No entendía qué era.
Solo sabía que algo estaba muy mal.
Cayó de rodillas.
—Kael’thar… —susurró.
El mundo se volvió cada vez más oscuro pero no podía ….
Tu regalo es la motivación para mi creación. ¡Dame más motivación!
(づᴗ _ᴗ)づ
Merea estaba a menos de dos metros del río cuando el errante la alcanzó.
La corriente bajaba fuerte por las lluvias recientes. Si lograba lanzarse, al menos tendría una oportunidad de desaparecer río abajo.
No llegó.
Un tirón brutal la hizo caer hacia atrás. El errante la sujetó del cabello y la arrastró sin cuidado. Su espalda golpeó contra el suelo. El aire salió de sus pulmones.
Intentó girarse, pero él ya la había sujetado por la cintura.
—Deja de resistirte —gruñó.
Merea apenas podía sostener la daga. Sus manos estaban débiles. Había perdido demasiada sangre.
Desde el bosque se escucharon pasos rápidos.
El errante tensó el cuerpo.
Varios hombres bestia salieron de entre los árboles, bloqueando la zona. Kei estaba al frente.
Nadie habló de inmediato.
El errante presionó su brazo alrededor del cuello de Merea.
—Si se acercan, la mato.
Kei observó la escena con calma. Sus hombres formaron un cerco amplio.
Merea entendió algo en ese instante.
Ninguno de los dos lados le garantizaba seguridad.
Si el errante la llevaba, sería vendida o usada.
Si Kei la capturaba, tampoco sabía cuál sería su destino.
No podía confiar.
Reunió la poca fuerza que le quedaba y movió la mano que aún sostenía la daga.
La hundió hacia atrás.
La hoja entró en el abdomen del errante.
El agarre se aflojó por reflejo.
Merea no dudó.
Giró el cuerpo y corrió hacia el río.
Solo dio tres pasos.
El suelo cedió bajo sus pies.
La corriente la tragó.
Kei avanzó de inmediato, pero era tarde.
El agua arrastró a Merea con violencia.
Al caer, golpeó una roca. El impacto le nubló la vista.
Su cuerpo cambió por instinto.
Escamas cubrieron su piel. Su cola sustituyó sus piernas. Las branquias se abrieron.
Bajo el agua podía respirar.
Pero no podía controlar la corriente.
El río no era el océano.
La arrastró contra otra roca. Sintió algo romperse en su hombro. El dolor fue intenso.
Intentó impulsarse hacia un lado, pero sus músculos no respondían bien. Había perdido demasiada sangre.
Entonces sintió el vacío.
La cascada.
No logró sujetarse a nada.
Cayó.
El impacto abajo fue peor que el primero. Su cabeza golpeó algo sólido bajo el agua. Todo se volvió oscuro por un segundo.
La corriente inferior la empujó hasta una orilla más tranquila varios metros más abajo.
Quedó atrapada entre raíces y barro.
Tardó varios segundos en reaccionar.
Seguía viva.
Intentó volver a su forma humana.
No pudo.
Su energía estaba casi agotada.
Respiró con dificultad.
El vínculo seguía ahí.
Débil.
Pero presente.
Cerró los ojos un momento.
Si la encontraban así, no sobreviviría.
No podía pelear.
No podía huir.
No podía sanar.
Y si moría con el vínculo activo…
Kael’thar pagaría el precio.
Dependiendo del nivel de cultivo, la muerte de una compañera podía causar daño en el núcleo, pérdida de poder o inestabilidad mental.
Ella no sabía cuánto le afectaría a él.
Pero sabía que no quería arrastrarlo.
Pensó que iba a morir.
No veía salida.
Tomó una decisión.
Concentró su energía espiritual en el vínculo.
No fue un proceso natural.
Empujó contra la conexión.
El dolor apareció de inmediato.
Interno.
Profundo.
Como si algo se estuviera desgarrando dentro de su pecho.
Su respiración se volvió irregular.
Sangre salió de su boca.
Siguió forzando.
El vínculo comenzó a fracturarse.
No fue limpio.
Fue brusco.
Como arrancar algo que no debía romperse.
El tirón final llegó de golpe.
El lazo se cortó.
Merea gritó.
El sonido fue débil.
Después, el vacío.
El silencio en su pecho fue peor que el dolor.
Ya no sentía nada de él.
°°°°°°
Muy lejos de allí, Kael’thar se detuvo.
No sintió debilitamiento en su energía.
No sintió daño en su núcleo.
Lo que sintió fue un golpe seco en el pecho.
Cayó de rodillas.
Frey se giró de inmediato.
—¿Qué sucede?
Kael’thar no respondió.
Se llevó la mano al tótem. Este brillaba de forma inestable.
Durante unos segundos, sintió algo.
Frío.
Desesperación.
Decisión.
No eran imágenes claras. Solo sensaciones.
Y entonces el tirón.
No fue como una muerte.
No fue un apagarse lento.
Fue una ruptura.
Violenta.
Directa.
Como si alguien hubiera cortado el vínculo desde el otro extremo.
El brillo del tótem se apagó.
Kael’thar respiró con dificultad.
Su energía seguía intacta.
No había daño.
Eso significaba algo importante.
Ella no había muerto con el vínculo activo.
Frey lo miró con preocupación.
—¿Te atacaron?
Kael’thar negó.
Tardó unos segundos en hablar.
—El vínculo… se rompió.
Rhazek frunció el ceño.
—¿Roto? ¿Cómo?
Kael’thar no tenía respuesta clara.
Solo sabía una cosa.
Había sentido una ruptura forzada.
Eso solo podía significar que ella lo había hecho.
Ella lo cortó.
El pensamiento le tensó la mandíbula.
¿Por qué?
¿Qué la llevó a hacer eso?
No respondió a las preguntas.
Se puso de pie.
Su energía estaba estable.
Su núcleo intacto.
Pero el vacío en su pecho era real.
No era dolor físico.
Era ausencia.
—Nos movemos —ordenó.
Su voz fue firme.
Nadie discutió.
°°°°°°°°°
Mientras tanto, río abajo, Merea logró abrir su anillo espacial.
Sus dedos temblaban.
Sacó la pulsera antigua.
La activó.
La transformación forzada a forma humana fue dolorosa.
Cayó de lado.
Su brazo izquierdo estaba dislocado.
Tenía cortes profundos en las piernas.
La herida de la cabeza seguía sangrando.
Se arrastró lejos del agua.
Cada movimiento dejaba rastro.
Se ocultó entre arbustos densos.
Respiró con dificultad.
Ya no sentía el vínculo.
No sabía si eso había sido lo correcto.
Pero estaba convencida de que iba a morir cuando lo hizo.
Miró hacia el cielo entre las ramas.
—Lo siento… —murmuró.
No sabía si él seguía buscándola.
No sabía si volvería a verlo.
Solo sabía que, al menos, el estaría bien solo eso importaba .
Cerró los ojos unos segundos.
No podía perder la conciencia.
Si lo hacía, cualquier depredador la encontraría.
Apretó los dientes.
Seguía viva.
Y mientras siguiera viva…
La historia no había terminado.
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