Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 47
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Capítulo 47: Capítulo 47 Demasiado Tarde
La conciencia de Merea se deslizaba hacia la oscuridad.
No fue inmediato. Fue lento. Como si algo dentro de ella se estuviera apagando por partes.
El dolor ya no era agudo. No quemabas. No cortaba. Se había vuelto pesado. Constante. Su cuerpo había dejado de reaccionar con la misma intensidad. Eso no significaba que estuviera mejor. Significaba que estaba al límite.
Respirar era difícil.
Cada inhalación era superficial. Irregular. Sentía un frío extraño extenderse desde su abdomen hacia sus extremidades.
El zumbido en sus oídos se mezclaba con el ruido lejano del río.
Intentó mover los dedos.
Le costó.
Había perdido demasiada sangre.
Y su núcleo espiritual… estaba inestable.
Desde que rompió el vínculo, sintió algo fracturado dentro de su pecho. No era dolor físico. Era una sensación de hueco, de algo arrancado de raíz.
Apretó los dientes.
No podía desmayarse.
Si perdía la conciencia en ese bosque, moriría.
Entonces lo escuchó.
—Kiu…
Un sonido pequeño.
Débil.
Un maullido agudo.
Merea tardó unos segundos en reaccionar. Pensó que lo había imaginado.
Volvió a escucharlo.
Esta vez más claro.
Giró la cabeza apenas unos centímetros. El movimiento le arrancó un gemido ahogado. La herida en su cabeza se volvió a sangrar con más intensidad.
Se obligó a moverse.
Apoyó el brazo derecho contra el suelo embarrado y se arrastró.
Cada movimiento raspaba su piel contra piedras y raíces. Sus rodillas ya estaban abiertas. La sangre se mezclaba con barro.
El sonido volvió a repetirse.
Más cerca.
Entre los arbustos distinguió algo rojo.
Una roja.
Mal colocado, pero resistente.
Dentro, atrapado y enredado, había un pequeño zorro rojo.
Su pelaje estaba sucio. Parte del lomo tenia sangre seca. Una de sus patas traseras tenía una herida profunda. Seguía sangrando.
El animal la miraba con ojos grandes y tensos. No gruño. No mostraron los dientes. Solo estaba asustado.
Merea soltó una risa débil.
—Parece… que no soy la única que tuvo un mal día…
Le costaba enfocar la vista.
Extendió la mano hacia su anillo espacial.
Tardó más de lo normal en activar el mecanismo. Su energía estaba desorganizada. Le costaba concentrarse.
Finalmente logró abrirlo.
Sacó una daga pequeña.
Sus dedos temblaban tanto que casi se le cayó.
Se acercó a la roja y comenzó a cortar hilo por hilo.
No tenía fuerza para hacerlo de una sola vez.
Cortaba un tramo.
Se detenía.
Respiraba.
Sigue.
Varias veces su visión se volvió negra por segundos.
Pero continuó.
El zorro no se movía. Solo la observaba.
Cuando pasó la última parte de la roja, el animal dio un pequeño salto hacia atrás. Se mantuvo en posición defensiva, pero no huyó.
Merea dejó caer la daga.
Se recostó de lado.
Su respiración era irregular.
El mundo giraba.
—Tranquilo… —murmuró—. No voy a comerte…
El zorro inclinó ligeramente la cabeza.
Merea cerró los ojos un segundo. Solo un segundo.
Cuando los volvieron a abrir, el zorro seguía ahí.
No se había ido.
Ella sabía lo que significaba esa herida.
Si no se trataba pronto, se infectaría.
Y moriría.
Merea tragó saliva.
Sabía que usar energía espiritual en ese estado podía matarla.
Su núcleo ya estaba resentido por la ruptura del vínculo.
Pero no dudó demasiado.
Si iba a morir… no quería hacerlo dejando atrás otra vida que pudo salvar.
Se incorporó un poco.
El movimiento le provocó un espasmo en el abdomen.
Sintió humedad cálida entre sus piernas.
Extendió la mano hacia la pata herida del zorro.
El animal se tensó.
—No dolerá… —susurró.
Concentró energía.
Fue difícil.
Su núcleo respondió de forma inestable. El flujo no era limpio. Sentia interferencias internas.
Aún así, logró formar una luz tenue alrededor de su palma.
La apoyó cerca de la herida.
El dolor fue inmediato.
No en la mano.
En el abdomen.
Como si algo se desgarrara más por dentro.
Un jadeo se escapó de sus labios, pero mantuvo la energía activa.
La herida del zorro comenzó a cerrarse lentamente.
No fue rápido. No fue perfecto.
Pero la hemorragia se detuvo.
La piel comenzó a unirse.
Cuando terminó, su mano cayó al suelo sin fuerza.
Su visión se volvió borrosa.
El zorro miró su pata.
La movió.
Apoyó peso.
Ya no sangraba.
Levantó la cabeza hacia Merea.
Ella estaba cubierta de sangre. Su respiración era irregular. Sus labios pálidos.
El zorro dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Se acercó hasta su rostro y lamió su mejilla con cuidado.
Merea apenas pudo sonreír.
—Ten cuidado… pequeño zorro…
Su voz era apenas un hilo.
—Voy a… dormir un poco…
Cerró los ojos.
En ese momento, el dolor en su abdomen se intensificó.
No fue como antes.
Fue más profundo.
Más interno.
Sintió un flujo cálido correr con mayor intensidad entre sus piernas.
Su respiración se volvió aún más débil.
Su núcleo espiritual vibró de forma inestable.
La fractura provocada por la ruptura del vínculo estaba pasando factura.
Su cuerpo no pudo sostenerlo.
La sangre comenzó a fluir con mayor intensidad.
El pequeño zorro retrocedió, alarmado.
Olfateó el aire.
El olor era fuerte.
Demasiado fuerte.
Corrió alrededor de ella, nervioso.
Arrancó hojas grandes con el hocico.
Las empujó torpemente sobre su cuerpo, intentando cubrirla.
Pero entendió algo instintivamente.
Ella no sobreviviría sola.
Se quedó inmóvil un segundo.
Luego tomó una decisión.
Corrió.
Se adentrará en el bosque a toda velocidad.
Saltó raíces. Esquivó troncos. No se detuvo.
El entorno cambió gradualmente.
Los árboles comenzaron a ordenarse en patrones artificiales.
El aire se volvió más limpio.
Más denso de energía espiritual.
Finalmente, enormes murallas doradas aparecieron ante él.
Antiguos símbolos estaban tallados en la piedra.
La ciudad del zorro.
El pequeño zorro se deslizó por una abertura estrecha en la base del muro.
Conocía el camino.
Corrió entre calles, plataformas y pabellones.
Algunos hombres bestia lo miraron pasar, pero nadie lo detuvo.
Llegó a un pabellón amplio.
Entró sin anunciarse.
En el centro, sobre un diván bajo, descansaba un hombre bestia zorro.
Cabello rojo intenso. Largo hasta la cintura.
Orejas erguidas.
Una sola cola esponjosa reposaba a su lado.
Su aura era tranquila.
Pero contenía poder.
El hombre abrió los ojos lentamente.
—Kiu…
Su voz estaba cargada de sueño.
—Te estuve buscando.
El pequeño zorro no respondió.
Se acercó y mordió la túnica del hombre.
Jaló.
Insistente.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
Kiu jaló con más fuerza.
Algo en su comportamiento no era normal.
El hombre se incorporó.
Su expresión cambió.
—¿Quieres que te siga?
Kiu avanzando con pequeños movimientos.
El hombre se puso de pie.
—Está bien.
Salieron del pabellón.
Abandonaron la ciudad sin llamar la atención.
Se internaron en el bosque.
Mientras avanzaban, el hombre se detuvo de pronto.
Su expresión se endureció.
—Sangre.
Su olfato era extremadamente sensato.
El olor era intenso.
Demasiado.
Siguió a Kiu hasta el lugar.
El pequeño zorro apartó las hojas.
El hombre se quedó inmóvil.
Ante él, una mujer yacía inconsciente.
Cubierta de barro.
De sangre.
Con múltiples heridas.
Y el olor metálico era más fuerte en la parte inferior de su cuerpo.
Su mirada descendió.
Su expresión cambió por completo.
Se arrodilló junto a ella.
Acercó la mano a su cuello.
Había pulso.
Débil.
Pero presente.
—Llevémosla —dijo con voz firme.
Se quitó la capa y la cubrio.
La levantó con cuidado.
Era demasiado ligera.
Demasiado fría.
Regresó a la ciudad sin perder tiempo.
Entró a su pabellón y la colocada sobre la cama.
La observó con atención.
Cortes profundos.
Un brazo dislocado.
Golpe en la cabeza.
Signos claros de pérdida de sangre severa.
Y lo más preocupante…
La sangre que no se detenía.
Su expresión se volvió más oscura.
—¿Quién te hizo esto…?
Apartó el cabello de su rostro.
Incluso en ese estado, su rostro tenía una estructura fina. Era armoniosa.
No parecía alguien que debería haber estado muriendo sola en el bosque.
—Kiu —dijo con seriedad—. Ve por la Nana.
El pequeño zorro salió disparado.
Minutos después, una anciana gata de las nieves entró al pabellón.
Su expresión era amable . Profesional.
Se acercó sin perder tiempo.
—Desnúdala —ordenó con una suave voz .
El hombre dudó solo un segundo.
Luego obedeció.
La Nana examinó el cuerpo con rapidez y precisión.
Su expresión cambió gradualmente.
Se volvió sombría.
—Las heridas externas puedo tratarlas —dijo—. Pero esto no es lo más grave.
El hombre la miró.
La anciana dijo con discreción.
—Ha perdido un hijo.
El aire en la habitación se volvió pesado.
El hombre bestia zorro quedó inmóvil.
No era solo pérdida de sangre.
—¿Sobrevivirá? —preguntó.
La Nana suspiró.
—Si pero …
Hizo una pausa.
—Pero su alma está fracturada , tu también lo debes sentir .
El hombre no respondió de inmediato.
Él también lo había sentido.
Desde que la tocó.
Esa inestabilidad en su núcleo.
Ese vacío.
No era natural.
—Si no estabilizamos su alma —continuó la anciana—, su cuerpo no resistirá la recuperación.
Silencio.
Kiu se acurrucó junto a la mujer inconsciente.
El hombre apretó los puños.
Tomó una decisión.
—Yo lo haré.
La Nana lo miró con atención.
Él no explicó más.
Se sentó junto a la cama.
Colocó la mano sobre el centro del pecho de la mujer.
Cerró los ojos.
Su aura comenzó a expandirse.
No era agresiva.
No era dominante.
Era firme.
Estable.
Controlada.
Su energía envolvió lentamente el cuerpo de Merea.
Buscó las fracturas.
Las encontraron.
No intenté reconstruirlo.
Eso sería imposible.
Pero sí podía estabilizar los bordes rotos.
Su energía comenzó a reforzar su núcleo.
Lentamente.
Con precisión.
La respiración de Merea, casi imperceptible, se volvió apenas más regular.
No estaba fuera de peligro.
El contragolpe de su alma comenzó a estabilizarse.
Y por primera vez desde que cayó al río…
Su cuerpo dejó de empeorar.
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