Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capitulo 49
En las profundidades del océano se levantaba la residencia de Vael.
Era un palacio construido entre enormes formaciones de coral blanco y piedra marina pulida. Las paredes estaban talladas con patrones antiguos que contaban historias de las primeras tribus del océano. Columnas naturales sostenían amplias cámaras protegidas por enormes burbujas de aire mantenidas por magia antigua.
Fuera de esas burbujas, el océano profundo se extendía oscuro y silencioso.
Bancos de peces luminosos atravesaban lentamente los jardines de coral que rodeaban el palacio, iluminando el lugar con pequeños destellos de luz azul y verde.
Era un lugar tranquilo.
Un lugar donde casi nada perturbaba la calma.
En la parte más alta del palacio se encontraba la recámara principal.
Un espacio amplio, silencioso y elegante.
En el centro de la habitación había una cama larga cubierta con telas suaves de tonos claros.
Sobre ella descansaba Vael.
En forma humana.
Su cuerpo alto y elegante estaba recostado sobre las sábanas. Tenía una complexión estilizada pero fuerte, formada por años nadando contra las corrientes profundas.
Su piel era muy pálida, con un brillo nacarado que reflejaba la luz azul del océano.
Su pecho estaba descubierto.
Su respiración era lenta y tranquila.
Su cabello plateado caía largo sobre la almohada, mezclándose con la iluminación azulada de la habitación.
Todo parecía completamente en calma.
Hasta que ocurrió.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Azules.
Profundos.
En el siguiente instante—
—¡Ah…!
Un grito ahogado escapó de su garganta.
Su cuerpo se tensó violentamente mientras su mano se cerraba sobre su pecho.
Justo sobre su corazón.
Allí había una marca.
Un símbolo delicado.
Un vínculo de pareja.
Normalmente esa marca brillaba con una luz suave y estable.
Pero ahora…
La luz era débil.
Inestable.
Como si estuviera luchando por no desaparecer.
—No… —susurró Vael con la respiración entrecortada—. No… Merea…
Intentó incorporarse.
Pero el dolor volvió.
Más fuerte.
No era un dolor físico.
Era algo mucho más profundo.
Algo que parecía tirar directamente de su alma.
La presencia que siempre había sentido al otro lado del vínculo…
Aquella sensación cálida que siempre estaba allí…
Ahora era apenas perceptible.
Débil.
Lejana.
Como una llama a punto de extinguirse.
—No puede ser…
Vael bajó de la cama con torpeza.
Las telas se enredaron en sus piernas y terminó cayendo de rodillas contra el suelo de piedra.
Apretó con fuerza la marca en su pecho.
Para un macho bestia, ese vínculo no era algo trivial.
Era sagrado.
La hembra marcada en su alma.
La única.
La mujer destinada a él.
Y ahora…
Ella estaba sufriendo.
El vínculo lo estaba reflejando.
Una presión insoportable llenó su pecho.
—¡No!
El grito resonó en toda la recámara.
Luego en los pasillos del palacio.
Guardias tritones reaccionaron de inmediato.
Pasos rápidos se acercaron.
La puerta se abrió.
—¡Su Alteza! ¿Qué ocurre?
Vael no los miró.
Seguía arrodillado.
Su aura espiritual estaba completamente fuera de control.
La presión llenó la habitación como si el aire mismo se hubiera vuelto pesado.
—Fuera.
Su voz fue baja.
Pero peligrosa.
Los guardias se congelaron.
—¡Llamen a Lian! —ordenó sin levantar la cabeza.
—¡Sí, Su Alteza!
Uno de ellos salió corriendo.
Los demás abandonaron la habitación rápidamente.
Nadie quería permanecer cerca de Vael cuando liberaba su aura de esa manera.
Un tritón de nueve estrellas descontrolado era algo que incluso los guerreros experimentados evitaban.
Pasaron varios minutos.
Vael logró ponerse de pie.
Respiraba con dificultad.
Sus ojos seguían fijos en la marca.
La luz continuaba debilitándose.
Entonces la puerta volvió a abrirse.
Entró Lian.
Tenía apariencia juvenil. Cabello negro, ojos oscuros y rasgos finos que le daban una expresión tranquila y disciplinada.
Cerró la puerta detrás de sí.
—Su Alteza me llamó.
Vael levantó la mirada.
—Lian.
El joven avanzó unos pasos.
Su mirada cayó sobre el pecho de Vael.
Y entonces vio la marca.
Se detuvo.
Observó la luz inestable con atención.
—El vínculo está debilitándose —dijo finalmente.
Vael apretó la mandíbula.
—Lo sé.
Lian volvió a observar la marca.
No preguntó demasiado.
Pero entendía lo suficiente.
—Está herida.
Vael respondió sin dudar.
—Gravemente.
Un silencio pesado llenó la habitación.
—Prepárate —dijo Vael.
Lian levantó la mirada.
—¿Su Alteza?
—Vamos al palacio real.
—¿Ahora?
—Ahora.
Vael tomó una túnica ligera y se la colocó rápidamente.
Luego salió de la habitación.
Lian lo siguió sin hacer más preguntas.
En el palacio real, el rey Aegirion y la reina Lyssara se encontraban en el invernadero marino.
Era una enorme cámara protegida por magia.
El techo de cristal permitía ver el océano abierto.
Criaturas marinas nadaban lentamente alrededor del lugar.
La reina observaba un jardín de corales raros con expresión tranquila.
—Merea no ha enviado noticias últimamente —comentó el rey.
—Seguramente está ocupada —respondió Lyssara con una sonrisa leve—. Siempre le gustó explorar.
Pero antes de que el rey respondiera—
La puerta se abrió con fuerza.
Vael entró.
Su aura espiritual llenó la habitación.
La presión fue inmediata.
El rey frunció el ceño.
—Vael.
La reina también lo miró.
Su expresión cambió de inmediato.
—Pequeño Vael… ¿qué ocurre?
Ella lo conocía desde niño.
Sabía que algo estaba muy mal.
Vael se detuvo frente a ellos.
—Necesito una respuesta.
El rey cruzó los brazos.
—Primero explícanos qué sucede.
Vael no respondió.
Solo abrió su túnica.
La marca quedó expuesta.
La luz era débil.
Inestable.
El silencio cayó sobre la habitación.
La reina fue la primera en reaccionar.
—Eso es…
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
El rey también lo reconoció.
—Una marca de compañera…
En ese momento otra voz habló desde la entrada.
—¿Qué está pasando?
Kaelis acababa de entrar.
Eldric venía detrás de él.
Ambos se detuvieron al ver la escena.
Luego vieron la marca.
Kaelis frunció el ceño.
—Espera…
Su mirada se volvió fría.
—¿Eso es una marca de compañera?
Eldric también la observó con atención.
—Eso significa que…
Kaelis dio un paso adelante.
Sujetó el hombro de Vael.
—Explícate.
Su voz tenía un filo claro.
—¿Engañaste a mi hermana?
—¿O te acostaste con ella?
—Explícate, Vael.
La tensión en la habitación se volvió palpable.
Vael no se movió.
—No.
Su respuesta fue corta.
—Ella es mi compañera.
Hizo una pausa.
—Y eso es lo único que debería importarte.
Kaelis se quedó inmóvil.
—Eso es absurdo—
El rey levantó la mano.
—Suéltalo.
Kaelis dudó.
Pero obedeció.
El rey volvió a mirar la marca.
—¿Qué está pasando con Merea?
Vael bajó la mirada hacia el símbolo.
La luz volvió a temblar.
—Está herida.
El ambiente cambió.
—¿Qué tan grave? —preguntó la reina con voz tensa.
Vael respondió con frialdad contenida.
—Gravemente.
La reina retrocedió un paso.
—Merea…
Vael levantó la mirada.
—Necesito saber dónde está.
El rey guardó silencio unos segundos.
Luego habló.
—Está en la Tribu Pantera Negra.
Vael se giró inmediatamente.
—Entonces me retiro.
Pero antes de que saliera—
—Espera.
Eldric habló.
Vael se detuvo.
—Vamos contigo.
Kaelis frunció el ceño.
—Eldric—
—Es nuestra hermana.
Kaelis apretó la mandíbula.
Luego miró nuevamente la marca.
Su expresión era complicada.
—Si lo que dices es verdad…
Miró directamente a Vael.
—Entonces también iremos.
Vael los observó unos segundos.
No discutió.
Porque el tiempo se estaba acabando.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
La marca volvió a temblar.
Vael llevó una mano al pecho.
Su voz salió apenas audible.
—Resiste…
Sus ojos se endurecieron.
—Merea.
Luego siguió caminando.
Porque ahora solo había una cosa que importaba.
Encontrarla.
/ᐠ – ˕ -マ
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