Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 51
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Capítulo 51: Capítulo 51 ¿Quién soy…?
La habitación estaba en silencio.
Sobre la cama de Hyun Ryu descansaba Merea, inmóvil, con la respiración suave y constante. La luz tenue de las lámparas iluminaba su rostro tranquilo mientras su cabello dorado se extendía sobre la almohada.
Nana estaba de pie junto a la cama.
Con movimientos expertos retiraron lentamente las vendas del brazo de la joven mientras observaba la piel que había sanado bajo ellas.
—Hmm.
La anciana entrecerró los ojos.
—Mucho mejor.
Volvió a aplicar medicamento con calma antes de colocar nuevas vendas.
Hyun Ryu observaba desde un lado de la habitación, con los brazos cruzados.
—Tu medicina funciona bien —dijo finalmente.
Nana soltó una pequeña risa.
—¿Mi medicina?
Le lanzó una mirada divertida.
—Joven maestro, si no hubieras traído tantas piedras espirituales, esta niña no habría sanado tan rápido.
Ryu no respondió.
Nana levantó el vendaje de la cabeza de Merea para revisar la última herida.
—También está cerrando.
Acomodó el vendaje con cuidado.
—No quedará cicatriz.
Ryu soltó un pequeño suspiro de alivio.
Nana lo notó inmediatamente.
Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa.
—Vaya… vaya…
Ryu frunció el ceño.
—¿Qué?
La anciana cruzó los brazos.
—Nunca te había visto cuidar a una hembra con tanta dedicación.
Ryu permaneció en silencio.
Nana miró a Merea y luego volvió a mirar a Ryu.
—Incluso la trajiste a tu habitación.
Ryu desvió la mirada.
—Era el lugar más seguro.
—Claro —respondió Nana con una sonrisa sospechosa—. El lugar más seguro.
La anciana se inclinaba un poco hacia él.
— ¿Estás seguro de que es solo eso?
Ryu se tensó ligeramente.
—Nana.
-¿Si?
—Estás imaginando cosas.
Nana soltó una pequeña carcajada.
—Entonces explícame por qué te pones rojo cada vez que tenemos que cambiarle la ropa.
El rostro de Ryu se tensó inmediatamente.
—No me pongo rojo.
—Claro que sí.
Nana señaló su cara.
—Ahora mismo.
Ryu apartó la mirada con evidente incomodidad.
Durante los últimos días había ayudado a Nana a mover a Merea cuando era necesario. No tenía otra opción. Su cuerpo aún estaba recuperándose y Nana no podía cargarla sola.
Pero cada vez que tenía que acercarse demasiado…
…se sentía extraño.
Era una sensación que no sabía explicar.
Nana observó la escena con evidente diversión.
—Tranquilo, joven maestro. No te estoy juzgando.
Ryu suspiró.
—No es eso.
—Entonces dime qué es.
Ryu miró hacia la cama.
Merea seguía dormida, completamente ajena a la conversación.
—Solo estoy devolviendo un favor.
Nana arqueó una ceja.
—¿Un favor?
—Ella salvó a Kiu.
La anciana miró hacia el pequeño zorrito rojo que dormía enrollado cerca del sofá.
—Eso es cierto.
Luego volvió a mirar a Ryu.
—Pero eso no explica por qué te quedas aquí todas las noches.
Ryu no respondió.
Nana lo observará unos segundos más antes de suspirar.
—Bueno… al menos es una chica bonita.
Ryu se tensó.
—Nana.
—¿Qué?
—No hables así.
La anciana sonrió.
—Está bien, está bien.
Se volvió hacia la cama y acomodó ligeramente la manta que cubría a Merea.
Su rostro se suavizó.
—Es una niña con suerte.
Ryu levantó la mirada.
—¿Suerte?
-Si.
Nana lo miró directamente.
—Porque tú la encontraste.
El silencio se extiende unos segundos.
Entonces Nana habló de nuevo.
—Por cierto.
Ryu levantó la mirada.
—Tu padre envió un mensajero esta mañana.
La atmósfera de la habitación cambió de inmediato.
La expresión de Ryu se volvió completamente distinta.
La suavidad que había tenido antes desapareció.
Sus ojos se volvieron fríos.
—¿Qué quería?
Nana notó el cambio inmediatamente.
—Quiere verte.
Ryu guardó silencio unos segundos.
—¿Dijo por qué?
-No.
La anciana lo vigila con atención.
—Pero parecía molesto.
Ryu soltó una pequeña risa sin humor.
—Eso no es nuevo.
Nana suspiró.
—Ryu…
Pero él ya estaba pensando en otra cosa.
Su mirada volvió a la cama.
Por un momento, su expresión se suavizó de nuevo.
Luego habló.
—Kiu.
El pequeño zorrito levantó la cabeza inmediatamente.
—Tengo que ir a ver a mi padre.
Kiu inclinó la cabeza.
—Es posible que envíe gente a vigilar este lugar.
El pequeño zorro se tensó.
Ryu señaló hacia la cama.
—Si alguien aparece…
Kiu comprendió de inmediato.
Sus ojos se volvieron serios.
Ryu habló con voz baja.
—No permitas que la encuentren.
El pequeño zorrito avanzando con firmeza.
Quería proteger a la hembra que lo había salvado.
°°°°
En el mar espiritual de Merea
El océano se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Agua azul, profunda y silenciosa.
Merea flotaba en medio de ese vasto mar, observando sus propias manos con confusión. Su largo cabello dorado se movía lentamente con la corriente invisible que parecía rodearla.
Su mirada descendió hacia su cuerpo.
Una hermosa cola cubierta de escamas doradas se extendía detrás de ella.
—¿Dónde estoy…?
Su voz apenas rompió el silencio.
—¿Quién soy…?
Se llevó una mano a la cabeza.
Un dolor leve apareció en su mente, como si algo estuviera bloqueando sus pensamientos.
Entonces una voz habló.
Una voz dulce.
Melodiosa.
—Estás en tu mar espiritual.
Merea levantó la cabeza rápidamente.
—¿Quién…? ¿Quién eres?
La voz respondió con una calma tranquila.
—Soy una buena amiga tuya, pequeña. No tengas miedo.
Merea frunció el ceño.
—Si eres mi amiga… entonces dime quién soy.
Su voz tembló ligeramente.
—No lo recuerdo…
Se sujetó la cabeza con ambas manos.
La voz respondió con suavidad.
—Es porque te esforzaste demasiado.
El océano alrededor de ella onduló suavemente.
—Pero tranquila… alguien te está ayudando a recuperarte.
Merea bajó lentamente las manos.
—Entiendo… o eso creo…
Miró a su alrededor.
—Y ¿dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
La voz dejó escapar una pequeña risa suave.
—Bueno… digamos que es un recuerdo tuyo.
El agua frente a Merea comenzó a brillar lentamente.
—Solo observa.
—Si miras con atención… podrás recordar quién eres.
El océano cambió lentamente.
Un recuerdo comenzó a formarse.
Una pequeña sirena nadaba alegremente entre las aguas cristalinas.
—¡Mamá, mira! ¡Es Asha!
La pequeña Merea nadaba emocionada hacia una enorme ballena azul.
Detrás de ella nadaba su madre.
Lyssara.
—No nades tan rápido, Merea —dijo con una sonrisa—. El océano es inmenso… y si te pierdo…
La pequeña giró en el agua riendo.
—¡Papá puede encontrarme rápidamente!
Lyssara suspiró con ternura.
—Bueno… tienes razón, pequeña pececita traviesa.
La enorme ballena emitió un sonido profundo.
Asha.
La mascota de Lyssara.
—Merea —dijo su madre—. Asha pronto tendrá un bebé.
Los ojos de la pequeña se iluminaron.
—¿Un bebé?
-Si.
—¿Puedo ser amiga del bebé de Asha, mamá?
Lyssara sonrió.
—Claro que sí.
Luego agregó con una mirada divertida.
—Siempre que no lo moleste demasiado.
Merea infló las mejillas.
—¡Merea no molestará al bebé de Asha!
La gran ballena emitió un sonido cariñoso.
Como si estuviera de acuerdo.
La pequeña nadó hasta el enorme frente de la ballena y la abrazó.
—Asha… prometo que vendré a verte cuando tengas a tu bebé.
La ballena respondió con otro sonido profundo.
Después de eso, Merea volvió al lado de su madre.
—Mamá… ¿el bebé de Asha es importante para ella?
Lyssara asintió lentamente.
—Asha ha esperado muchos años para tener este bebé.
—Es la primera vez que logra terminar su embarazo.
—Por eso siempre vengo a verla.
Merea inclina la cabeza.
—No lo entiendo…
Lyssara acarició su cabello.
—Aún eres pequeña.
—Cuando seas más grande lo entenderás.
Merea infló los cachetes.
—¡Merea ya es una sirena grande!
Lyssara rió.
—No, mi pequeña Merea… todavía no eres una sirena adulta.
—¡Sí lo soy!
—Merea es una sirena adulta.
Lyssara fingió pensar.
—Entonces se lo diré a tu padre.
Merea abrió los ojos.
-¡No!
—Papá siempre llora cuando Merea dice que es una sirena adulta.
Lyssara suspiró.
—Tienes razón… mejor no se lo decimos.
Las dos comenzaron a nadar hacia la distancia.
El recuerdo empezó a desvanecerse.
En el mar espiritual, Merea observaba en silencio.
—¿Este es… mi recuerdo?
—Lo es —respondió la voz.
—Tu hermano mayor se llama Eldric.
—Y tu segundo hermano mayor se llama Kaelis.
Merea repitió los nombres.
—Eldric… Kaelis…
La voz habló suavemente.
—Pero tranquila.
—Poco a poco recordarás todo.
Luego añadió algo más.
—Y recuerda algo importante, pequeña Merea.
—No te sientas culpable por nada.
Merea frunció el ceño.
-Culpable…?
—Todo ocurrió como debía ocurrir.
—El destino fue escrito así para ti.
—No lo entiendo…
—Pero gracias.
Merea levantó la mirada.
—Aún no me has dicho tu nombre.
La voz guardó silencio.
—Aún no es momento de que sepas mi nombre.
El océano se volvió ondular lentamente.
—Pero poco a poco…
—Recordarás todo.
En la habitación de Hyun Ryu…
La noche había caído.
Ryu dormía en el sofá.
Kiu estaba inscrito cerca de él.
La habitación estaba en silencio.
Durante un largo momento…
Nada ocurrió.
Entonces…
Los dedos de Merea se movieron ligeramente.
Un pequeño movimiento.
Casi imperceptible.
Pero suficiente para anunciar que algo estaba cambiando.
Merea estaba comenzando a despertar.
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