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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 53

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Capítulo 53: Capítulo 53 Ecos del pasado

Mientras todo aquello ocurría en el exterior…

Merea se encontró en un lugar completamente distinto.

Era un espacio oscuro, silencioso, como si estuviera flotando en lo más profundo del océano.

No había suelo.

No había cielo.

Solo agua negra extendiéndose en todas direcciones.

Sin embargo, pequeñas luces comenzaron a aparecer alrededor de ella.

Eran recuerdos.

Fragmentos de su vida que flotaban lentamente, como burbujas atrapadas en el agua.

Merea observó uno de ellos.

Dentro del recuerdo veía a tres niños nadando entre columnas de coral rojo. Sus risas se escuchaban distantes, suaves, como si vinieran de otro mundo.

Sus hermanos.

Otro recuerdo apareció cerca.

Su padre, imponente, hablando con varios guerreros mientras ella lo miraba desde lejos con curiosidad.

Luego otro más.

Su madre sentada junto a ella, arreglando su cabello mientras le hablaba con una sonrisa tranquila.

El pecho de Merea se apretó.

Eran recuerdos pequeños… simples… pero cálidos.

Y al mismo tiempo, dolorosos.

—Algún día… despertaré…

murmuró Merea.

Su voz se perdió en aquel espacio oscuro.

Por un momento no hubo respuesta.

El silencio se alargó tanto que pensó que estaba sola.

Entonces…

Una voz respondió.

Era suave.

Serena.

Extrañamente reconfortante.

-Pronto.

Merea levantó la mirada.

-¿Pronto?

preguntó con un hilo de esperanza.

La voz volvió a hablar.

—Pronto despertarás.

—Pero antes… debes recordar.

Merea frunció ligeramente el ceño.

—¿Recordar qué?

La voz parecía dudar por un momento.

Luego dijo con calma:

-Lo sabrás pronto .

El espacio oscuro comenzó a transformarse.

Las burbujas de recuerdos se movieron a su alrededor.

Una de ellas comenzó a crecer.

Cada vez más.

Hasta que el mundo cambió por completo.

Merea miró a su alrededor.

—¿Es… otro recuerdo?

La voz respondió.

-Si.

—Uno muy importante.

°°°°°

El océano era azul profundo.

La luz del sol apenas llegaba a esa profundidad.

Entre las corrientes de agua nadaba una pequeña figura.

Era Merea cuando era niña.

Su expresión estaba claramente molesta.

Sus mejillas infladas.

Nadaba con fuerza, como si intentara alejarse lo más posible de algo.

—¡No es justo!

murmuraba.

—¡Siempre dicen que soy la más pequeña!

Había discutido con sus hermanos.

Y como muchas otras veces… se había escapado.

Pero esa vez había nadado más lejos de lo habitual.

Mucho más profundo.

Finalmente llegó a un lugar que casi nadie visitaba.

Una cueva marina.

La entrada estaba cubierta por largas algas verdes que se movían lentamente con la corriente.

Merea se detuvo frente a ella.

Miró hacia atrás.

No había nadie.

Eso la hizo sentir un poco mejor.

—Hmph…

Entró en la cueva.

El interior era sorprendentemente hermoso.

Las paredes estaban cubiertas de algas luminosas que emitían una luz azul suave.

Pequeñas anémonas de colores crecían entre las rocas.

Todo parecía tranquilo.

Casi mágico.

Merea nadó lentamente observando todo con curiosidad.

Su enojo se fue calmando poco a poco.

Pero entonces…

Algo llamó su atención.

Entre un grupo de anémonas había un objeto redondo.

Blanco.

Merea se acercó con cautela.

—¿Eh?

Era un huevo.

Un huevo de sirena.

Pequeño.

Delicado.

La niña rodeó el huevo con cuidado, observándolo desde diferentes ángulos.

Pero no lo tocó.

—¿Qué es esto…?

murmuró con curiosidad.

Sus ojos brillaban de emoción.

—¿Un bebé?

Miró alrededor de la cueva.

No parecía haber nadie más allí.

—¿Te perdiste?

-preguntó suavemente al huevo.

Entonces…

Una voz respondió detrás de ella.

—¿Qué haces aquí?

Merea se sobresaltó.

Giró rápidamente.

Y lo vio.

Un niño tritón estaba de pie cerca de la pared de la cueva.

Parecía tener la misma edad que ella.

Su cabello era largo y plateado, con reflejos azulados que brillaban bajo la luz de las algas.

Sus ojos eran azul profundo, como el océano durante la noche.

Su piel era extremadamente pálida, con un ligero brillo nacarado.

Sus orejas tenían forma de aleta translúcida.

Y su gran cola azul iridiscente reflejaba tonos turquesa y plateados al moverse en el agua.

Merea se quedó mirándolo fijamente.

Era… increíblemente bonito.

Pero entonces notó algo más.

Su pequeño cuerpo estaba lleno de heridas.

Cortés.

Golpes.

Rasguños.

Algunos parecían recientes.

Otros ya estaban cicatrizando.

Merea frunció el ceño.

El niño caminó hasta el huevo y lo tomó cuidadosamente en sus brazos.

Lo sostenido contra su pecho con protección.

Merea lo inspeccionado con preocupación.

—Estás herido…

dijo finalmente.

El niño solo respondió con un pequeño sonido.

—Mmm.

Su voz era tranquila.

Como si aquello no fuera importante.

Merea señaló el huevo.

—¿Es tuyo?

El niño miró el huevo.

—Es mi hermano.

Merea parpadeó.

—Entonces debes llevar con tu padre.

El niño respondió con calma.

—Mi padre está muerto.

Merea se quedó quieta.

—Entonces… con tu madre.

El niño levantó la mirada.

Sus ojos azules eran sorprendentemente fríos para un niño.

—Mi madre mató a nuestros padres.

El silencio cayó dentro de la cueva.

Merea no supo qué decir.

Era pequeña.

Pero entendía perfectamente lo que significaba la muerte y matar a alguien .

Miró el pequeño huevo.

Luego al niño.

—Entonces… tú lo cuidas.

El niño admitió lentamente.

—Mmm.

Colocó el huevo sobre su cola y lo abrazó con cuidado.

Como si fuera lo más valioso que tenía.

Merea observo aquello en silencio.

Luego abrió una pequeña bolsa que llevaba colgada.

Había escapado de casa… pero aún llevaba algunas cosas.

Sacó pequeños frascos.

—Son plantas curativas.

dijo tímidamente.

—Puedo ponértelas… si quieres.

El niño la miró en silencio.

Luego dijo:

—Aunque me cura… volveré a tener más heridas.

Merea bajó la mirada hacia los cortes en su cuerpo.

Sus ojos se humedecieron ligeramente.

—Pero debe doler mucho…

El niño respondió con total naturalidad.

—Ya me acostumbré.

Luego agregó:

—Pero puedes hacerlo.

Merea sonrió suavemente.

Destapó uno de los frascos.

Y comenzó a aplicar la medicina sobre los cortes.

Sus movimientos eran cuidadosos.

Delicados.

El niño no se mueve.

Solo la observaba en silencio.

—No le diré a nadie que encontré este lugar…

murmuró Merea.

—Mmm.

—¿Puedo volver a venir?

preguntó ella después de un momento.

El niño frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué querrías regresar?

Merea miró el pequeño huevo.

Luego volvió a mirarlo a él.

—Porque yo también quiero cuidar a tu hermanito.

El niño la observará durante varios segundos.

Como si estuviera tratando de entenderla.

Finalmente asiente.

—Está bien.

Merea sonrió.

Cuando terminó de curarlo, tomó su mano y colocó un frasco nuevo en ella.

—Usa esto si te lastimas otra vez.

Luego agregó con una expresión seria:

—No te hagas daño.

El niño inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué?

Merea respondió con naturalidad.

—Mi mamá dice que las cosas bonitas no deberían lastimarse.

El niño la miró fijamente.

Algo extraño apareció en su mirada.

Luego respondió suavemente:

—Entiendo.

Merea se apartó.

—Volveré mañana.

Pero antes de que el niño pudiera responder…

Ella ya había salido nadando rápidamente de la cueva.

El niño se quedó mirando la entrada durante mucho tiempo.

En silencio.

°°°°°°°°°

Merea observaba todo desde fuera del recuerdo.

Su pecho se apretó.

—Ese niño…

susurró.

La voz misteriosa habló nuevamente.

—Pronto sabrás quién es.

Merea bajó la mirada.

Había tristeza en sus ojos.

Y también confusión.

°°°°°°

Mientras tanto…

Kael’thar llegó a la entrada de la aldea junto a Rhazek y Solan.

En la entrada había tres hombres.

Todos llevaban capas blancas que cubrían sus rostros.

Kael’thar los observó con atención.

No reconocía sus marcas.

Ni su clan.

Pero entonces…

Un olor llegó hasta él.

Un olor muy leve.

Pero imposible de confundir.

Olor a mar.

Sus puños se cerraron lentamente.

Uno de los hombres habló.

—Tú eres el líder de las panteras.

Kael’thar respondió con voz firme.

—Soy Kael’thar.

—¿Quiénes son ustedes?

Uno de los hombres dio un paso adelante.

—Estamos buscando una hembra.

Kael’thar frunció el ceño.

—Primero díganme quiénes son.

Entonces…

El tercer hombre avanzó.

Su presencia era distinta.

Más fuerte.

Más peligroso.

Kael’thar adoptó una postura defensiva.

Aquella bestia era poderosa.

El hombre se detuvo a pocos metros de él.

Y lentamente bajó la capucha.

—Estamos buscando una hembra.

Su voz era tranquila.

—Su nombre es Merea.

Luego se quitó completamente la capa.

Mostrando su rostro.

Kael’thar sintió algo extraño.

—¿Por qué la buscan?

preguntó.

El hombre respondió con total naturalidad.

—Soy su esposo Bestia .

—Salió hace unos meses.

—Necesitamos que regrese.

—El último lugar donde estuvo fue este territorio.

Las palabras golpearon a Kael’thar con fuerza.

—¿Tu… pareja?

susurró.

-Si.

El hombre abrió ligeramente su túnica.

Revelando su pecho.

Allí brillaba una marca de pareja.

Una marca viva.

Intensa.

Kael’thar sintió que el aire volvía pesado.

Porque en algún momento…

Él también había tenido la misma marca .

—Entonces…

murmuró.

—Tú eres un esposo bestia de Merea.

Otro de los hombres dio un paso adelante.

—Lo es .

Luego añadió con calma.

—Ahora que lo sabes, líder pantera…

—¿Dónde está mi hermana?

Rhazek y Solan quedaron completamente sorprendidos.

Rhazek esperaba hermanos el lo sabia .

Pero no un esposo.

Kael’thar respiró profundamente.

Intentando controlar lo que sentía.

—Ella desapareció…

dijo finalmente.

—Un grupo de errantes la tomó.

Antes de que terminara—

Uno de los hombres lo agarró del cuello.

—¿Qué dijiste?

Rhazek y Solan estuvieron a punto de atacar.

Pero entonces una presión monstruosa explotó en el aire.

—BASTA.

La voz fue como un trueno.

El hombre soltó a Kael’thar.

Todos guardaron silencio.

Vael dio un paso adelante.

Sus ojos azules eran fríos.

Pero en el fondo había algo más.

Algo peligroso.

—Necesito saber exactamente qué pasó.

dijo lentamente.

Y el aire alrededor de todos se volvió pesado.

꒰ᐢ. .ᐢ꒱

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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