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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 La viajera y el hogar de la pantera
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7: Capítulo 7 La viajera y el hogar de la pantera 7: Capítulo 7 La viajera y el hogar de la pantera Merea permaneció en el borde de la laguna unos instantes más, observando al hombre frente a ella.

La forma en que controlaba su postura, cómo mediaba cada gesto, le resultaba fascinante.

Es fuerte… pero… refinado.

No era como los relatos exagerados de las bestias terrestres.

—No sueles ver sirenas por aquí —dijo Kael’thar finalmente, rompiendo el silencio—.

Este bosque está lejos del mar.

Merea inclinó levemente la cabeza, pensativa.

—Eso es cierto —respondió con naturalidad—.

Pero…

estoy de viaje por la superficie .

No dijo más.

Las sirenas no revelaban su procedencia.

No por desprecio, sino por supervivencia: eran raras, buscadas, codiciadas.

Kael’thar aceptó la respuesta sin presionarla, pero no podía quitarle los ojos de encima.

—Entonces eres una viajera —dijo, con un dejo de curiosidad—.

No muchos se adentrarán solos en este territorio.

—Quiero conocer el mundo de aquí arriba —admitió ella—.

Todo es distinto aquí… tienen árboles, el aire, todo es nuevo para mi sabes solo lo había leído en textos .

Sus ojos recorrieron el entorno con curiosidad genuina, pero de vez en cuando, sus pupilas parecían rozar la suya de manera deliberada, sutil.

—¿Dónde estamos exactamente?

Kael’thar señaló hacia el bosque.

—Estas tierras pertenecen a la tribu de la Pantera Negra.

Mi hogar está más adelante, entre los árboles altos y las rocas antiguas.

Construimos con madera, piedra y raíces vivas.

Merea lo observar.

—Suena… interesante —dijo ella—.

Nunca he visto un hogar así.

Él la estudió un instante más de lo habitual, evaluando su seguridad y, quizás, disfrutando de la manera en que la luz del bosque acariciaba su cabello húmedo.

—Si viajas sola, quizás necesites orientación.

Puedo mostrarte los caminos… si lo deseas.

Merea dudó un instante, luego esbozó una sonrisa ligera, casi juguetona.

—Busco joyas —dijo, desviando ligeramente la mirada mientras jugueteaba con un mechón de cabello húmedo.

Kael’thar arqueó una ceja, sorprendido.

—¿Joyas?

—repitió—.

En ese caso, las montañas del este tienen buenas vetas de cristal y gemas negras.

Puedo ayudarte a encontrarlas.

Merea contuvo una risa apenas audible.

—No son ese tipo de joyas… —susurró, dejando que sus palabras cayeran como un secreto.

Él inclinado, intrigado, su mirada recorriéndola sin ser obvio.

—Aun así —añadió—, puedo enseñarte mi hogar.

Es más seguro que acampar sola.

Al menos por hoy.

Merea lo miró, midiendo sus intenciones, y finalmente asintió .

—Me gustaría —dijo, extendiendo su mano con un gesto que era casi un desafío, casi una invitación.

Kael’thar vaciló un instante.

…Está desnuda.

No lo había pensado antes.

Para ella, el agua y su cabello eran suficientes.

Para él… era… difícil no mirar.

El calor subió a su rostro mientras apartaba la mirada por instinto, carraspeando.

—Y-yo… claro.

Tomó su mano.

Su piel era cálida y firme; la de ella, fresca y delicada.

El contacto fue breve, pero suficiente para encender un hilo invisible de electricidad entre ambos Merea salió del agua con una gracia impecable, como si cada movimiento estuviera coreografiado por el mismo océano.

No había apuro, no había vergüenza; solo equilibrio y un magnetismo sutil.

Kael’thar respiró hondo, girándose con discreción, como un hombre que teme perderse en la intensidad de la presencia de alguien más.

—Te daré privacidad —dijo, con voz baja—.

Para… lo que necesites.

Merea ladeó la cabeza, divertida, y con un gesto elegante activó el anillo en su dedo.

Un destello suave iluminó la laguna.

De la nada, apareció un vestido.

Era una prenda ligera como espuma marina, tejida con hilos de luz perlada que cambiaban de azul pálido a agua verde según su movimiento.

El escote envolvía delicadamente su pecho y la espalda quedaba parcialmente descubierta, recordando la libertad del océano.

La falda caía en capas suaves, abierta a los lados, dejando vislumbrar el contorno de sus piernas con cada paso, como si todavía llevara la memoria de su cola.

Pequeños bordados brillaban como diminutas escamas.

Cuando Kael’thar volvió a mirarla, se quedó en silencio.

— ¿Está bien así?

—preguntó Merea, girando ligeramente, como tanteando su reacción.

—…Sí —respondió él, con la voz más grave, como si algo en su tono hubiera cambiado—.

Más que bien.

Un breve roce de manos mientras caminaban entre los árboles, miradas que se cruzaban en silencio, una tensión ligera que prometía más de lo que las palabras podían decir.

Y juntos se internaron en el bosque, sin saber que aquel simple gesto —una mano extendida— había marcado el inicio de algo mucho más profundo que una guía entre viajeros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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