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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 Pasos sobre tierra ajena
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8: Capítulo 8 Pasos sobre tierra ajena 8: Capítulo 8 Pasos sobre tierra ajena El bosque los recibió con un murmullo suave, casi reverente.

La luz del sol se filtraba entre las copas altas, rompiéndose en destellos dorados que caían sobre Merea como si la naturaleza misma quisiera tocarla.

Kael’thar avanzaba con paso firme, atento al entorno, alerta a cada sonido… pero su mirada, traicionera, volvía una y otra vez hacia ella.

Camina como si el mundo no pudiera tocarla.

Su vestido ligero se movía con cada paso, ondulando con una gracia que no pertenecía del todo a la tierra, como si aún recordara el vaivén constante del agua.

No era un atuendo terrestre común, y aun así no desentonaba.

No parecía perdida.

No parecía insegura.

Parecía… en control.

Kael’thar había guiado como líder de la tribu a muchos viajeros antes: mercaderes nerviosos, exploradores tensos, emisarios que cuidaban cada palabra.

Todos caminaban con cautela, atentos al crujir de las ramas, al murmullo del bosque.

Merea no.

Observaba todo con ojos brillantes, curiosos.

Las hojas, los troncos retorcidos, la forma en que la luz tocaba el suelo.

Cada detalle parecía digno de ser guardado, como si estuviera memorizando el mundo terrestre pieza por pieza.

¿Qué clase de viajera eres…?

Entonces, sin quererlo, su mirada descendió.

A sus pies.

Merea caminaba descalza.

Sus pies eran delicados, de piel clara, contrastando con la tierra oscura y las raíces expuestas.

Cada paso era cuidadoso, preciso, pero no torpe.

No había temor en su andar.

Kael’thar frunció ligeramente el ceño antes de darse cuenta de que se había detenido.

—Espera —dijo.

Merea alzó la mirada, sorprendida, con un leve gesto inquisitivo.

—¿Ocurre algo?

Él señaló el suelo… y luego sus pies.

—¿Estás bien caminando así?

—preguntó, su voz grave y baja—.

Este bosque… no siempre es gentil.

Ella siguió su mirada y, por un instante, pareció genuinamente confundida.

Luego soltó una risa suave, ligera, casi traviesa.

—Oh… eso.

Activó su anillo con un gesto natural.

Un leve destello envolvió sus dedos y, como si siempre hubieran estado allí, aparecieron unos zapatos.

Eran ligeros, abiertos, de un material flexible que recordaba cuero fino entrelazado con hilos perlados.

Se ajustaban con elegancia al empeine y al tobillo, con pequeñas incrustaciones brillantes que armonizaban con su vestido.

Protegían sus pies… sin ocultarlos del todo.

Claramente hechos para ella, entre tierra y agua.

—Gracias por preocuparte —dijo Merea, alzando la vista hacia él, sus ojos dorados brillando con un matiz juguetón—.

Es… amable de tu parte.

Kael’thar apartó la mirada un instante.

Solo un instante.

Demasiado tarde.

—Es… mi responsabilidad mientras te acompaño —respondió, en un murmullo grave cargado de una intensidad que hizo vibrar el aire entre ellos.

Merea ladeó la cabeza, observándolo con atención, como si leyera algo más allá de sus palabras, pero no dijo nada.

Reanudaron la marcha, aunque algo había cambiado.

Kael’thar se descubrió ajustando inconscientemente su paso al de ella, apartando ramas antes de que rozaran su piel, eligiendo el terreno más seguro sin darse cuenta.

¿Desde cuándo me preocupo tanto por una extraña?

El bosque comenzó a transformarse poco a poco.

Los árboles se separaron, permitiendo ver estructuras de madera integradas entre raíces gigantes y formaciones de piedra natural.

No había muros imponentes ni barreras agresivas.

Todo parecía crecer en armonía con la tierra.

—Es… hermoso —murmuró Merea, deteniéndose un instante para observar.

—No tomamos más de lo que la tierra ofrece —dijo Kael’thar—.

Así permanece fuerte.

Como nosotros.

Ella lo miró con atención, deteniéndose más en él que en el paisaje.

La autoridad tranquila en su voz, su postura firme, la forma en que caminaba… hablaban de un líder nato.

Hablaba con la autoridad de un líder… y aun así me provocaba algo que no debería.

El murmullo de la tribu era sereno.

Algunos miembros se movían entre las estructuras, otros entrenaban más lejos.

Varias miradas se alzaron al notar la presencia de una forastera: algunas cargadas de recelo, otras de curiosidad abierta.

Merea lo notó… pero no se inquietó.

A su lado, Kael’thar era una presencia sólida, constante.

Me sentía segura a su lado.

Avanzaron un poco más hasta detenerse frente a una vivienda más amplia, construida alrededor de un tronco antiguo que parecía sostenerla.

—Aquí estamos —dijo Kael’thar—.

Mi hogar.

Merea dio un paso adelante, acercándose un poco más de lo necesario.

Sus manos rozaron accidentalmente las de él, apenas un contacto… pero suficiente.

—Gracias por traerme —dijo con sinceridad.

Por un instante, sus ojos dorados se encontraron con los de Kael’thar.

Intensos.

Silenciosos.

Cargados de algo que ninguno de los dos quería nombrar todavía.

Él sostuvo su mirada.

No tienes idea… de lo que acabas de hacer, pensó Merea, con una chispa coqueta encendiéndose en su interior.

Kael’thar hizo un gesto invitándola a pasar.

Merea no dijo nada.

Se adelantó con naturalidad, cruzando el umbral y comenzando a observar el interior.

El hogar estaba integrado entre raíces y madera, con pieles, objetos tallados y una sensación cálida que la envolvió de inmediato.

—Es acogedor —comentó, girándose ligeramente hacia él—.

No esperaba menos de alguien como tú.

Kael’thar cerró la entrada detrás de ella, en silencio.

Y el aire, dentro del hogar, pareció volverse más denso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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