Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 La primera noche
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9: Capítulo 9 La primera noche 9: Capítulo 9 La primera noche El hogar de Kael’thar reflejaba exactamente lo que él era: sólido, preciso y elegante en su sencillez.
No había lujos innecesarios, pero cada objeto parecía elegido con intención.
La madera oscura brillaba bajo la luz que se colaba entre las ramas, y las piedras talladas con símbolos antiguos de la tribu narraban historias que solo él entendía.
Las pieles extendidas sobre el suelo invitaban a descansar, pero no de forma descuidada, sino con respeto.Toda la estructura se alzaba alrededor del tronco ancestral, integrándose a él como si nunca hubiera sido algo separado.
Merea lo notó de inmediato.
Giró lentamente sobre sí misma, dejando que sus dedos rozaran la madera, que sus ojos dorados recorrieran cada detalle antes de detenerse en él.
—No vives para ti mismo… —murmuró, volteando la mirada hacia Kael’thar—.
Vives para otros.
Él no respondió de inmediato.
—Y aun así… —añadió ella, con una leve inclinación de cabeza— hay algo en ti que atrae.
Kael’thar sostuvo su mirada apenas un segundo más de lo necesario… y luego se apartó.
Aunque la había llevado hasta su hogar, no entró con ella.
En cambio, se alejó unos pasos, como si necesitara aire… o distancia.
Kael’thar avanzó fuera de la vivienda, y varios miembros de la tribu inclinaron la cabeza al pasar cerca de él.
No era una reverencia exagerada, sino respeto natural.
Algunos guerreros interrumpieron su entrenamiento para saludarlo; una mujer mayor le dedicó una mirada aprobatoria; un joven aprendiz se enderezó al cruzarse con él.
Él respondió con gestos breves y precisos, cada movimiento controlado, medido.
No necesitaba alzar la voz para imponer su autoridad.
Merea observaba todo desde la entrada, en silencio.
—Eres… importante aquí —susurró finalmente, bajando la voz—.
Más de lo que dices.
Kael’thar se detuvo al escucharla.
Se dio la vuelta y regresó hacia ella con paso firme, mirándola de frente.
—Soy responsable —dijo con voz grave—.
De la seguridad, de las decisiones difíciles… y de las consecuencias.
Sus palabras eran sinceras, pero había algo más detrás.
Algo que Merea percibió con claridad.
Ella lo estudió un instante, como quien observa una marea antes de decidir si sumergirse.
—Un líder de verdad —comentó suavemente.
Kael’thar asintió apenas.
—Puedes quedarte aquí —añadió—.
Puedes estar tranquila.
Nadie te molestará.
Merea avanzó unos pasos, con esa gracia natural que hacía que Kael’thar sintiera un leve hormigueo recorrerle la espalda.
—¿Estás seguro?
—preguntó, alzando la vista hacia él—.
No quisiera causar problemas.
El tono no tenía timidez.
Solo curiosidad… y una chispa juguetona.
—Eres mi invitada —respondió él, firme—.
Y no es seguro que una viajera duerma sola en este bosque.
La pausa entre sus palabras fue breve, pero significativa.
Merea la notó.
Le importa… no solo por deber.
—Entonces… —dijo ella, acercándose un poco más— aceptaré.
Una sonrisa suave curvó sus labios, mezcla de gratitud y desafío.
Kael’thar sintió un extraño alivio asentarse en su pecho.
Bien.
El silencio cayó entre ellos, pesado pero no incómodo.
Merea recorrió el espacio con la mirada, tocando suavemente una talla en la madera, inclinándose para observar un símbolo antiguo.
—¿Qué significa este?
—preguntó, señalándolo.
—Protección —respondió él—.
Para el hogar… y para quienes descansan en él.
Ella alzó la mirada, encontrándose con la suya.
—Entonces estoy en el lugar correcto —dijo, con una sonrisa apenas insinuada.
Kael’thar apartó la vista.
—Dijiste que viajabas —comentó, cambiando de tema—.
¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé aún —respondió ella, acercándose sin darse cuenta—.
Quiero entender este mundo.
Conocer a quienes lo habitan.
La forma en que lo dijo… como si él formara parte de esa exploración.
Kael’thar la observó en silencio.
La luz se filtraba entre las ramas y acariciaba su cabello rubio platinado.
Sus ojos dorados lo miraban sin miedo, sin reservas.
—Entonces puedes quedarte el tiempo que necesites —dijo finalmente—.
Mientras estés aquí… estarás bajo mi protección.
La palabra protección cayó como un susurro cargado de promesas.
Merea lo miró fijamente.
—Eres amable, Kael’thar.
—No es amabilidad —respondió él en voz baja—.
Es… instinto.
Ella sonrió, como si esa respuesta le agradara más de lo que esperaba.
—Mañana te mostraré más de la aldea —continuó él—.
Los caminos seguros.
Las zonas donde no deberías ir sola.
—¿Y hoy?
—preguntó ella, ladeando la cabeza—.
¿Qué debo hacer hoy?
Kael’thar respiró hondo.
—Hoy deberías descansar.
Hubo una pausa cargada de algo que ninguno se atrevió a nombrar.
—Y yo —añadió— debo asegurarme de que nadie te moleste.
Merea se apoyó con suavidad en la entrada del hogar, observándolo desde abajo.
—Entonces… buenas noches, líder de las Panteras Negras.
Kael’thar sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Lo sabe… y no le incomoda.
—Oh… lo sabes —murmuró—.
Buenas noches, Merea.
Se dio la vuelta y retomó su camino.
Dentro, Merea cerró la puerta con cuidado, dejándola apenas entreabierta.
Por si regresaba el dueño del hogar.
Por si la noche cambiaba de planes.
Tras un breve recorrido, se sentó lentamente sobre las pieles, dejando que el cansancio la alcanzara por primera vez desde que había dejado el océano.
Es fuerte.
Es cuidadoso.
Y… me hace sentir segura.
Mientras la noche caía sobre la aldea, Merea cerró los ojos, consciente de que algo había comenzado entre ellos.Una chispa silenciosa, intensa… imposible de apagar.
Por hoy, dejó de pensar.
Y descansó.
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