Mundo de los Ciclos: Li Tian - Capítulo 60
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60: SACRIFICIO 60: SACRIFICIO El cielo sobre la Ciudad de la Luna Caída se retorcía en un torbellino de nubes rojas y negras, un caos celestial que rugía con furia divina sobre el Lago del Durazno Divino.
Las aguas, que antaño reflejaban un resplandor dorado capaz de elevar el talento de cualquier cultivador, ahora temblaban bajo una presión opresiva, como si el mismo lago sintiera el peso de una presencia maligna.
En el centro, flotando como un dios oscuro, estaba Mu Yuan, su figura envuelta en una aura demoníaca que corrompía el aire.
Su cabello gris ondeaba como cenizas en una tormenta, sus ojos sin pupila brillaban con un fulgor espectral que parecía perforar la realidad, y su túnica negra, bordada con hilos morados, palpitaba con una energía que hacía estremecer los árboles circundantes.
Las hojas caían en silencio, como si la naturaleza misma temiera su poder, y un hedor fétido comenzaba a alzarse, un presagio de la corrupción que se avecinaba.
En la orilla, Li Shen, mentor del clan Li y maestro de la espada espiritual, observaba con el ceño fruncido, su rostro tallado en una mezcla de furia y contención.
Su túnica azul oscuro ondeaba bajo el viento tormentoso, y su espada espiritual, envuelta en un aura plateada, brillaba como un faro en la noche.
Los ancianos del clan, alineados detrás de él, liderados por el Gran Anciano Li Kun, temblaban ante la escena.
El Lago del Durazno Divino, un tesoro sagrado que había nutrido al clan Li durante generaciones, estaba siendo profanado por la energía demoníaca de Mu Yuan.
El cielo rugió con un trueno que hizo temblar las montañas circundantes, y un relámpago carmesí iluminó la figura de Mu Yuan, cuya presencia parecía desafiar la voluntad de los cielos mismos.
El aire estaba cargado de ozono, mezclado con un aura maligna que pesaba como plomo en los corazones de los presentes.
“Yo soy solo un demonio más en el mundo,” proclamó Mu Yuan, su voz resonando como un eco de ultratumba, cada sílaba impregnada de una arrogancia que cortaba el aire como una espada.
Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, mostrando dientes afilados que brillaban bajo los destellos de la tormenta.
“Pero este demonio alcanzará el Núcleo Dorado, y ni tú, Li Shen, ni tu clan patético podrán detenerme.” Sus palabras eran un desafío directo, no solo al clan Li, sino a los cielos que rugían sobre él, preparándose para descargar un rayo de tribulación que decidiría su destino.
Li Shen apretó la empuñadura de su espada, su aura plateada vibrando con una intensidad que hacía crujir las rocas bajo sus pies.
Su corazón latía con una furia que amenazaba con consumir su razón.
Sabía que atacar a alguien durante una tribulación celestial era un riesgo mortal: los cielos, en su justicia implacable, castigarían al agresor con una tribulación de igual nivel, un relámpago capaz de reducir a cenizas incluso a un cultivador del Reino de Formacion de Base.
Pero la visión del Lago del Durazno Divino, cuyas aguas comenzaban a teñirse de vetas negras bajo la influencia de la energía demoníaca, era más de lo que podía soportar.
Este lago es el alma del clan, pensó, su mente inundada por recuerdos de tragedias pasadas.
La muerte de Li Li, consumida por una desviación de qi al intentar proteger a Ling Tian, y la de Li Yue, madre de Li Tian, destruida por un gu latente implantado por el mismo Mu Yuan, pesaban como cadenas en su alma.
No puedo permitir que este demonio destruya nuestro legado.
Los ancianos, sintiendo la tormenta que crecía en el corazón de Li Shen, murmuraron con nerviosismo.
“Maestro Shen, no lo hagas,” susurró Li Kun, su voz temblorosa mientras el viento azotaba su túnica.
“Si atacas, los cielos te castigarán con una tribulación igual.
¡Es una sentencia de muerte!” Pero Li Shen, con los ojos encendidos por una furia que ardía como un incendio, apenas escuchó sus palabras.
La imagen del lago, su superficie dorada ahora manchada por vetas negras que se extendían como venas venenosas, era un insulto a todo lo que el clan Li representaba.
Cada ola que chocaba contra la orilla parecía gritar por justicia, y el corazón de Li Shen respondió con un rugido interno.
Si no actúo, el clan caerá en la ruina, pensó, su resolución endureciéndose como el acero.
“¡Maldito seas, Mu Yuan!” rugió Li Shen, su voz amplificada por el qi, resonando sobre el rugido del cielo.
Canalizó su energía espiritual en su espada, desatando un corte de luz plateada que surcó el aire como un dragón plateado, rugiendo con una furia que parecía capaz de partir la noche en dos.
El ataque iluminó el lago, proyectando sombras danzantes sobre los árboles y las rocas, y levantó una ráfaga de viento que azotó los rostros de los ancianos.
La energía del corte era tan intensa que el suelo tembló, y las aguas del lago se agitaron, enviando olas que chocaron contra las orillas con un estruendo.
Mu Yuan, impasible ante el ataque, alzó una mano con una calma escalofriante.
Con un gesto rápido, liberó un enjambre de 1000 gus latentes, criaturas negras y retorcidas que surgieron de su túnica como una marea viviente, sus cuerpos brillando con un aura maligna.
Los gus cayeron al lago, sus formas disolviéndose en las aguas doradas, que comenzaron a teñirse de un negro venenoso, como si la sangre de un demonio se derramara en el corazón del clan Li.
Un hedor fétido llenó el aire, un olor a podredumbre que hizo que los ancianos retrocedieran, cubriéndose la nariz con las mangas.
Los peces espirituales, guardianes del lago, flotaron a la superficie, sus cuerpos plateados apagados por la corrupción, y las aguas, que alguna vez habían brillado con una luz pura, ahora parecían un abismo de oscuridad.
El aire sobre el Lago del Durazno Divino vibraba con una energía opresiva, como si los cielos mismos contuvieran el aliento ante el enfrentamiento que se desarrollaba en la Ciudad de la Luna Caída.
Las nubes rojas y negras giraban en un torbellino furioso, descargando relámpagos que iluminaban la noche con un resplandor carmesí.
En el centro del lago, Mu Yuan flotaba, su figura envuelta en una aura demoníaca que hacía temblar las aguas doradas, ahora manchadas por vetas negras de corrupción.
Su cabello gris ondeaba como un estandarte roto, sus ojos sin pupila brillaban con un fulgor espectral, y su túnica negra, bordada con hilos morados, palpitaba con una energía maligna que parecía desafiar la voluntad divina.
En la orilla, Li Shen, mentor del clan Li, ardía de furia, su espada espiritual brillando con un aura plateada que cortaba la oscuridad como un faro.
Su túnica azul oscuro ondeaba bajo el viento tormentoso, y su rostro, marcado por el dolor y la determinación, reflejaba el peso de su deber.
Había desafiado las advertencias de los ancianos, liderados por Li Kun, y atacado a Mu Yuan, incapaz de soportar la profanación del lago, el corazón del clan Li.
Pero su corte de qi plateado, un dragón rugiente que había surcado el aire con una fuerza capaz de partir montañas, chocó contra una barrera de energía demoníaca conjurada por Mu Yuan.
El escudo negro, palpitante con un aura maligna, absorbió el ataque con un crujido ensordecedor, enviando ondas de choque que agitaron las aguas del lago y levantaron una ráfaga de viento que azotó las orillas.
El cielo, furioso por la intervención de Li Shen, rugió con un trueno que hizo temblar las montañas circundantes.
Dos rayos, gruesos como pilares de un templo antiguo, descendieron desde las nubes con una furia celestial, dirigidos hacia Mu Yuan, cuya tribulación para alcanzar el Núcleo Dorado estaba en su apogeo.
El cultivador demoníaco alzó ambas manos, su barrera demoníaca brillando con un resplandor negro que parecía devorar la luz misma.
Los rayos chocaron contra el escudo, pero en lugar de destruirlo, fueron absorbidos con una facilidad insultante, como si Mu Yuan se alimentara de la ira de los cielos.
Su risa, fría y desquiciada, resonó sobre el rugido del viento, un sonido que helaba la sangre y hacía retroceder a los ancianos.
“Lastimosamente para ti, Shen, este rayo será mi comida, como todo tu clan,” se burló, sus ojos sin pupila brillando con una malicia infinita.
“Eso yo lo pongo,” añadió en un murmullo, como si cada paso de su plan estuviera escrito en el destino.
Li Shen, con el rostro contorsionado por la rabia, sintió un nudo en el pecho ante las palabras de Mu Yuan.
La mención del clan Li, unido a la memoria de las tragedias pasadas, avivó un fuego que amenazaba con consumir su razón.
Recordó a Li Li, consumida por una desviación de qi al proteger a Ling Tian, y a Li Yue, madre de Li Tian, destruida por un gu latente implantado por el mismo Mu Yuan.
Este demonio es la raíz de nuestro sufrimiento, pensó, su corazón latiendo con una furia que hacía temblar su aura plateada.
Los ancianos gritaron, instándole a retroceder, pero la burla de Mu Yuan era un veneno que corroía su control.
“¡No permitiré que destruyas nuestro legado!” rugió, canalizando su qi en un nuevo ataque.
Un torbellino de luz plateada estalló desde su espada, iluminando la noche como un faro y cortando el aire con un rugido que parecía desafiar a los dioses.
Mu Yuan, con una calma escalofriante, alzó una mano, su energía demoníaca condensándose en una segunda barrera que bloqueó el torbellino con un estruendo que sacudió el lago.
Las aguas se agitaron, enviando olas que chocaron contra las orillas, y el aire se llenó de un ozono abrasador.
“Patético,” siseó Mu Yuan, su voz cargada de desprecio.
“Tu furia solo acelera tu fin.” En ese momento, el cielo respondió al desafío de Li Shen.
Un rayo, aún más grueso y brillante que los anteriores, descendió con una furia que parecía capaz de partir la tierra.
El relámpago golpeó a Li Shen con una fuerza devastadora, su aura plateada vacilando bajo el impacto.
La sangre brotó de su boca, su túnica se desgarró, y cayó de rodillas, el dolor atravesándolo como mil agujas.
Su espada espiritual tembló en sus manos, y los ancianos gritaron, sus auras colapsando ante la tragedia.
Desde las sombras, Li Tian llegó al borde del lago, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y desesperación.
El joven transmigrado, con el rostro pálido, reconoció a Mu Yuan al instante, su mente inundada por recuerdos de Espadachín que Gobierna los Tres Mundos y Cinco Planos.
Este es el comienzo del desastre, pensó, la culpa pesando como una montaña.
En la novela original, el clan Li sufría un colapso catastrófico, convirtiéndose en el más débil de la Ciudad de la Luna Caída tras un evento que diezmaba a sus líderes.
Si hubiera usado el sistema antes… La muerte de Li Li por una desviación de qi y la de Li Yue por el gu latente de Mu Yuan ardían en su alma, alimentando una determinación que apenas comenzaba a formarse.
“Eso yo lo pongo,” se dijo, su mente aferrándose a la idea de cambiar el destino, aunque el espectáculo de Li Shen herido de gravedad lo llenaba de temor.
El rugido del cielo y la risa de Mu Yuan resonaban, un presagio de la oscuridad que amenazaba con consumir todo.
El cielo sobre el Lago del Durazno Divino rugía con una furia que parecía desgarrar el tejido del mundo, las nubes rojas y negras girando en un torbellino que proyectaba relámpagos carmesí sobre la Ciudad de la Luna Caída.
Las aguas del lago, antaño un espejo dorado que prometía ascensión a los cultivadores, ahora estaban contaminadas por vetas negras, reflejo de la energía demoníaca que emanaba de Mu Yuan.
El cultivador demoníaco flotaba en el centro, su figura envuelta en una túnica negra con bordados morados que palpitaban como un corazón maligno.
Su cabello gris ondeaba como cenizas en el viento, y sus ojos sin pupila brillaban con un fulgor que parecía devorar la luz misma.
La atmósfera estaba cargada de un hedor fétido, un recordatorio de la corrupción que había profanado el tesoro sagrado del clan Li.
En la orilla, Li Shen, mentor del clan Li, yacía de rodillas, su túnica azul oscuro desgarrada por el impacto de un rayo celestial que lo había herido gravemente.
La sangre goteaba de su boca, manchando las rocas a sus pies, y su espada espiritual temblaba en sus manos, su aura plateada vacilante.
Los ancianos del clan, alineados detrás del Gran Anciano Li Kun, observaban con rostros pálidos, sus auras colapsando ante la tragedia que se desarrollaba.
Li Shen, consumido por la furia y el dolor, había desafiado los cielos al atacar a Mu Yuan durante su tribulación, y ahora pagaba el precio.
Pero la visión del lago corrompido, un símbolo del legado del clan, ardía en su corazón, negándose a dejarlo rendirse.
Mu Yuan, con una sonrisa cruel que destilaba malicia, alzó una mano, su energía demoníaca condensándose en una espada de energía demoníaca.
La hoja, negra como la medianoche, palpitaba con un aura maligna que hacía temblar el aire, cada pulso emitiendo un zumbido que resonaba como un lamento.
“Pobre Shen,” siseó, su voz cargada de desprecio, cortando el rugido del viento.
“Tu clan está condenado, como lo estuvo Li Yue.” La mención de Li Yue, madre de Li Tian, asesinada por un gu latente implantado por Mu Yuan, fue como un veneno que avivó la furia de Li Shen.
Sus ojos se encendieron con un brillo desesperado, y alzó su espada, intentando un último esfuerzo para detener al demonio.
Pero Mu Yuan, con un movimiento fluido, lanzó la espada demoníaca hacia adelante, la hoja cortando el aire con un silbido que parecía rasgar la realidad misma.
El ataque fue implacable.
La espada de energía demoníaca atravesó el pecho de Li Shen con un crujido espeluznante, la hoja negra emergiendo por su espalda en una explosión de sangre que salpicó las aguas corruptas del lago.
El mentor del clan Li dejó escapar un grito ahogado, su cuerpo temblando mientras la energía demoníaca invadía sus meridianos, corrompiendo su qi.
Los ancianos gritaron, sus voces perdidas en el rugido del cielo, y Li Kun dio un paso adelante, solo para ser detenido por la onda de choque de la energía maligna.
Li Shen, con la sangre goteando por su barbilla, miró a Mu Yuan con ojos llenos de odio y desesperación.
Sabía que la muerte lo reclamaba, que su dantian estaba al borde del colapso, pero su espíritu se negaba a doblegarse.
No dejaré que el clan caiga sin luchar, pensó, recordando a Li Li, consumida por una desviación de qi al proteger a Ling Tian, y a Li Yue, cuya muerte aún lo atormentaba.
Con un rugido que desafió el dolor, Li Shen canalizó todo su qi restante, su aura plateada estallando en un resplandor cegador.
“¡Por el clan Li!” gritó, su voz resonando como un trueno sobre el lago.
Su dantian, el núcleo de su cultivación, se fracturó en un instante, liberando una explosión de energía que iluminó la noche como un sol naciente.
La autodestrucción de Li Shen desató una onda de choque que sacudió el Lago del Durazno Divino, levantando olas furiosas que chocaron contra las orillas y arrancaron árboles de raíz.
El resplandor plateado envolvió la escena, cegando a los ancianos y cubriendo el lago en un velo de humo denso, tan espeso que parecía un manto tejido por los mismos dioses.
Las rocas se agrietaron, el suelo tembló, y el aire se llenó de un calor abrasador, como si la furia de Li Shen hubiera incendiado el mundo.
El silencio que siguió fue opresivo, roto solo por el eco de las olas que aún lamían las orillas.
Los ancianos, tosiendo y tambaleándose, intentaron perforar el humo con sus sentidos espirituales, pero la energía residual de la autodestrucción de Li Shen interfería, cegándolos.
El lago, ahora un caos de aguas negras y doradas, parecía gemir por la pérdida de su protector.
De repente, una risa loca, un sonido que helaba la sangre y resonaba con una malicia infinita, surgió de entre el humo.
Era la risa de Mu Yuan, un eco de locura que parecía burlarse de la muerte misma.
El humo comenzó a disiparse, revelando su figura intacta, su túnica ondeando como si la explosión no lo hubiera tocado.
Sus ojos sin pupila brillaban con un fulgor aún más intenso, y su sonrisa, afilada como una daga, prometía más destrucción.
Los ancianos retrocedieron, sus corazones llenos de terror, mientras la risa de Mu Yuan resonaba sobre el lago, un presagio de la oscuridad que aún estaba por venir.
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