Mundo En Guerra - Capítulo 2
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2: Europa En Las sombras 2: Europa En Las sombras Berlín, año 2050.
El cielo estaba cubierto por una densa capa de nubes grises que parecían presagiar el peso de las decisiones que estaban a punto de tomarse.
En el antiguo edificio del Reichstag, reforzado ahora con tecnología militar de última generación, el canciller alemán **Lukas Hartmann** caminaba de un lado a otro en una sala privada, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
Cada paso resonaba en el mármol como un recordatorio del momento histórico que vivían.
La guerra ya no era una amenaza futura: era una realidad en expansión.
En cuestión de minutos llegarían los líderes más influyentes de Europa: **El primer ministro del Reino Unido**, **la presidenta de Francia**, **el primer ministro de Italia**, **el presidente de España**, **la presidenta de Finlandia** y **la presidenta de Suiza**, esta última rompiendo siglos de neutralidad solo con el hecho de sentarse en esa mesa.
Hartmann se detuvo frente a una gran ventana blindada y observó la ciudad.
—*Europa nunca había estado tan cerca del abismo* —murmuró.
### La llegada de los líderes Las puertas se abrieron una a una.
Primero entró **Élise Moreau**, presidenta de Francia, con el rostro firme, aunque sus ojos delataban cansancio.
Francia ya estaba movilizando tropas y su economía comenzaba a resentirse.
—Lukas —dijo, estrechándole la mano—.
Esto ya no es solo una guerra.
Es una prueba de si Europa puede sobrevivir unida.
Después llegó **Marco DeLuca**, primer ministro de Italia, visiblemente alterado, hablando incluso antes de sentarse.
—¡Nuestros puertos están en riesgo!
El Mediterráneo se ha convertido en un tablero de ajedrez militar.
Si perdemos el control ahí, perdemos el sur de Europa.
El **primer ministro británico, Jonathan Reeves**, entró con paso medido, pero con una expresión dura.
—No olvidemos algo —dijo mientras tomaba asiento—: Estados Unidos fue nuestro aliado durante décadas.
Esta guerra está dividiendo no solo continentes, sino historias compartidas.
La tensión aumentó cuando entraron **Isabel Cortés**, presidenta de España, y **Aino Kallio**, presidenta de Finlandia.
La última en entrar fue **Helena Baumgartner**, presidenta de Suiza, cuyo silencio llenó la sala más que cualquier discurso.
—Gracias por venir —comenzó Hartmann—.
Sé que algunos de ustedes han sido criticados incluso por estar aquí.
Pero si no hablamos ahora, Europa hablará mañana con misiles.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
### El inicio de la discusión —Seamos claros —intervino Moreau—.
Estados Unidos no solo está defendiendo recursos.
Está defendiendo su hegemonía.
Y nosotros… somos el obstáculo.
—¿Y Alemania no lo sabía?
—preguntó Reeves con tono seco—.
El conflicto en el Ártico no apareció de la nada.
Hartmann apretó los puños.
—Sabíamos que el riesgo existía, Jonathan.
Pero no esperábamos una respuesta tan agresiva ni una coalición tan amplia.
—México, Japón, Israel, Corea del Sur… —enumeró DeLuca—.
No estamos luchando contra un país, sino contra medio planeta.
Isabel Cortés respiró hondo antes de hablar.
—España apoya a la Unión Europea, pero debo ser honesta: nuestra población está asustada.
El turismo se ha desplomado, el comercio marítimo está paralizado y hay protestas diarias.
Si esta guerra se prolonga, los gobiernos caerán.
Aino Kallio, hasta entonces en silencio, habló con voz firme.
—Finlandia comparte frontera con Rusia.
Cada movimiento que hacemos es observado.
Si esta guerra escala mal, podríamos enfrentarnos a un segundo frente sin haberlo elegido.
Todos miraron entonces a Helena Baumgartner.
—Suiza… —comenzó Hartmann—.
Tu presencia aquí es histórica.
Baumgartner cruzó las manos sobre la mesa.
—No nos engañemos.
La neutralidad suiza existe mientras el mundo respeta las reglas.
Y esas reglas se han roto.
Nuestro sistema financiero ya está bajo ataque.
Si Europa cae, Suiza caerá después.
### El debate estratégico Hartmann activó una pantalla holográfica que mostraba mapas del mundo.
—Estados Unidos domina el Pacífico y gran parte del Atlántico.
Nosotros tenemos ventaja tecnológica terrestre y logística europea.
Pero si no coordinamos cada movimiento, perderemos por desgaste.
—¿Estás sugiriendo una guerra total?
—preguntó Reeves.
—Estoy sugiriendo preparación total —respondió Hartmann—.
Militar, económica y psicológica.
—La población europea no está preparada para una guerra larga —dijo Moreau—.
Venimos de décadas de estabilidad.
Esto no es 1914.
—Precisamente —replicó DeLuca—.
En 1914 nadie creía que duraría años.
Isabel Cortés golpeó suavemente la mesa.
—Necesitamos una narrativa común.
Ahora mismo, cada país explica la guerra de forma distinta.
Eso nos debilita.
—La narrativa debe ser simple —dijo Kallio—: defensa, no conquista.
Reeves frunció el ceño.
—¿Y el Reino Unido?
Nuestra participación no es bien vista por todos.
Hay sectores que piden neutralidad o incluso acercamiento a Estados Unidos.
Hartmann lo miró fijamente.
—Jonathan, sin el Reino Unido, Europa pierde el Atlántico Norte.
Y tú lo sabes.
El británico guardó silencio unos segundos.
—Lo sé.
Pero también sé que esta guerra podría destruir lo poco que queda de la relación transatlántica.
—Esa relación ya está destruida —intervino Baumgartner—.
Solo que algunos aún no quieren aceptarlo.
### Momentos de tensión extrema La discusión se volvió más acalorada cuando se abordó el uso de armamento avanzado.
—Francia no permitirá el uso de armamento autónomo sin control humano —afirmó Moreau.
—Pero Estados Unidos ya lo está usando —respondió DeLuca—.
Si no igualamos, perderemos ventaja.
—¿Y a qué costo moral?
—preguntó Cortés.
Hartmann levantó la voz por primera vez.
—¡A costo de sobrevivir!
Si perdemos esta guerra, no habrá moral que defender.
El silencio fue absoluto.
Reeves se levantó y caminó hacia la ventana.
—¿Saben qué es lo peor?
—dijo sin girarse—.
Que todos aquí sabemos que no hay una buena opción.
Solo hay opciones menos terribles.
Aino Kallio asintió.
—Finlandia está dispuesta a movilizar reservas, pero necesitamos garantías claras de defensa mutua.
—Las tendrán —aseguró Hartmann—.
Si uno cae, caemos todos.
Baumgartner cerró los ojos un instante.
—Entonces Suiza abrirá sus corredores financieros y humanitarios.
Pero si Europa cruza ciertas líneas… no podremos seguir.
### El acuerdo final Tras horas de discusión, gritos contenidos, silencios incómodos y miradas cargadas de responsabilidad, se redactó un documento provisional.
No era un tratado de victoria.
Era un pacto de resistencia.
Hartmann leyó en voz alta: —“Los Estados aquí reunidos acuerdan coordinar sus esfuerzos militares, económicos y diplomáticos en defensa de la soberanía europea, evitando acciones que conduzcan a una escalada nuclear y priorizando la protección de la población civil.” Uno a uno, los líderes asintieron.
—No es perfecto —dijo Moreau—.
Pero es lo que tenemos.
—Y lo que somos —añadió Cortés—: una Europa imperfecta, pero unida.
Reeves regresó a la mesa.
—El Reino Unido se queda.
Hartmann soltó un suspiro que llevaba horas conteniendo.
—Entonces Europa aún tiene una oportunidad.
### Epílogo del capítulo Mientras los líderes abandonaban la sala, cada uno sabía que aquel acuerdo no garantizaba la paz.
Solo compraba tiempo.
En algún lugar del mundo, nuevos misiles eran cargados.
Nuevas alianzas se tejían en secreto.
Y millones de personas dormían sin saber que su destino había sido discutido en una habitación silenciosa de Berlín.
La guerra seguía avanzando.
Pero por primera vez desde su inicio, Europa hablaba con una sola voz.
Y el mundo contenía la respiración.
**Continuara**.
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