Mushoku tensei: Hitogami me quiere muerto, lo matare. - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capitulo 16 La maldicion Superd
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17: Capitulo 16: La maldicion Superd 17: Capitulo 16: La maldicion Superd A pesar de estar en este continente, no iba a dejar de fortalecerme.
Seguí el consejo de Hitogami.
Los días pasaron rápido.
Entre misiones de rango D y entrenamientos nocturnos, comencé a experimentar con círculos mágicos.
No era fácil, su estructura era compleja, y más aún intentar adaptarla a mi forma de manipular el mana, pero poco a poco comencé a notar resultados.
Cada trazo, cada línea, cada símbolo representaba un flujo de energía, y al comprenderlo, podía forzar al mana a comportarse de formas que antes creía imposibles.
Y también pude darme cuenta que super poner 2 circulos magicos para hacer al mana actuar de cierta forma consumia mucho menos que usar solo uno lo que me decia que debia usar esto para que cuando quisiera hacer circulos magicos mas complejos lo mejor seria usar varios superpuestos.
—————————————————— Me desperté con un grito.
Tuve uno de esos sueños…
aunque no creo que fuera realmente un sueño.
El Superd… era él.
Sus memorias, específicamente.
La verdad es irritante, pero ahora está conmigo.
Cada sentimiento que ese hombre tuvo lo estaba heredando, y junto a eso, mi habilidad con la lanza ( la de su hijo, según entendí en uno de esos sueños) había mejorado.
La lanza de tres puntas era algo que mis compañeros no esperaban ver, y claro, me preguntaron cómo la obtuve.
Solo les dije que la había encontrado en el desierto.
Aparentemente, eso no era raro del todo.
Según escuché, los Superd cambiaron sus lanzas originales por las que Laplace les dio, y dejaron las antiguas esparcidas por todo el desierto.
De vez en cuando, algún aventurero encontraba una… aunque hoy en día eso ya no era común y estos solian venderlas.
Después de todo, habían pasado más de 450 años desde aquella era.
—————————————————— Acabamos de aceptado una misión que terminó siendo la misma de un grupo liderado por un chancho gigante, eso solo significaba una cosa.
—No se interpongan en nuestro camino, esa misión la completaremos nosotros —dijo el puerco.
Literalmente.
—No lo creo, nosotros también tenemos derecho, esto será una carrera, cara de chancho —le respondí.
—Ni lo creas, es nuestro premio, vayan a casa a dormir, mocosos —dijo antes de emprender su búsqueda del objetivo.
Kurt iba a hablar, pero lo detuve.
—Calma, no harás nada hablándoles, cerremos la boca del marrano quitándole el premio —dije.
Y así los cuatro empezamos a buscar por el bosque al monstruo no identificado que era nuestro objetivo.
———————————————— La “anaconda”, como la llamó Kurt, era eso, una anaconda, pero con tres pares de ojos y una altura enorme.
Yo, Kurt y Bachiro estábamos juntos, y Gablin atrás.
Yo le había enseñado a usar magia y él, al tener ocho años, podía aún mejorar sus reservas.
Con mi ayuda, aunque con poco talento, pudo aprender a acortar su canto.
Kurt y Bachiro rodearon al monstruo y yo cargué adelante, esperando que ya fuera yo quien abriera la apertura o que fueran ellos lo isieran y así Gablin pudiera atacar en conjunto y derribarla.
Luego de que la cabeza se lanzara a Bachiro, yo, con una ráfaga de aire comprimido, evité que lo matara, y eso fue suficiente momento para que Gablin le acertara un hechizo de fuego y Kurt le hiciera una gran cortada en la mitad de su cuerpo, dejándolo agonizar un momento antes de terminar muerto.
La verdad, yo podría acabar con esto rápidamente, pero era necesario que ellos se fortalecieran, y haciéndolo todo no sería una buena manera.
—¡Lo hicimos!
—gritó alegre Kurt, y yo solo suspiré; todo salió bien.
Bachiro y yo nos acercamos para que yo lo curara, y eso fue aprovechado por una araña gigante carroñera.
Esta atacó a Gablin; él pudo escapar, pero fue herido gravemente en el estómago y empezó a perder sangre.
Yo, ágil, le di una patada al monstruo y empecé a curarlo rápidamente.
Pero mi ira no desapareció solo porque Gablin estaba a salvo, él se había desmayado, y eso fue suficiente para que lo que sabía que pasaría, pasara.
La gema roja que me tragué accidentalmente volvió a la acción, salió en medio de mi frente rodeada por venas de color oscuro.
La cola de Superd apareció, su filo fue suficiente para partir a la mitad el báculo en mi espalda cuando salió de una sola vez en todo su esplendor.
Mi mirada penetrante se dirigió a la araña, y en menos de un segundo, sin necesidad de mi lanza, la había partido a la mitad, cortesía de mi cola.
Kurt y Bachiro, detrás de mí, miraron atónitos.
Un rayo de luz golpeó mi cabeza resaltando los ahora demasiado numerosos mechones verdes, y la gema no hizo más que empeorar todo al reflejar la luz directamente en ella.
—¡S-Superd!
—gritó Kurt antes de agarrar a Gablin y salir corriendo, seguido por Bachiro.
—Con que esta es la maldición Superd…
— me dije a mí mismo, viendo a mis amigos escapar despavoridos de mí.
La gema volvió antes de que pudiera darme cuenta de lo que me permitía hacer, y la cola siguió su ejemplo, regresando por donde salió.
Claro, eso me hizo notar que mi báculo estaba roto.
Recogí los pedazos, la madera de Trent, de tan alta calidad, era muy cara, así que decidí venderla.
Pero la piedra…
esa, sin duda, debía aprovecharla de alguna manera.
Y se me ocurrió algo.
———————————————— Volví a la ciudad.
Traje los ojos de la anaconda para confirmar que la había acabado.
La recepcionista aceptó la evidencia y pude reclamar la misión.
Al salir del gremio, alguien me tocó el hombro, era Kurt.
Detrás, en un callejón, asomaban la mirada Bachiro y Gablin.
—P-perdón por lo que hicimos…
tú le salvaste la vida a Gablin y te agradecimos así.
Lo lamentamos…
—dijo nervioso.
—No te preocupes, es en parte mi culpa.
Nunca les dije la verdad.
Volvamos a la posada y hablemoslo —respondí.
—Claro, ¡vamos chicos!— Los otros dos, al ver que no estaba molesto, decidieron seguirnos, y el ambiente se aligeró.
———————————————— —Es la maldición de los Superd, y yo, al tragar la gema más mi factor Laplace, obtuve la maldición.
— Acababa de contarles todo, cómo, al ser teletransportado, fui atacado por Ruijerd, pero obviando a Hitogami y su consejo, atribuyendo el ataque a mi factor Laplace.
—Woah, no puedo creer que hicieras eso para sobrevivir, tú sí que eres un cerdo —dijo Kurt, recuperando la confianza, yo me rei era bueno que ya no me tubiera miedo.
Al ver que yo me reía, los otros dos también lo hicieron.
Y así, volvimos a ser los cuatro amigos que éramos.
—————————————————— Era un día nuevo.
Acababa de vender la madera del báculo, pero ya tenía una gran idea de qué hacer con la gema y la espada que recientemente me di cuenta que podía canalizar mana.
Compré un recipiente de grafito, este podía aguantar altas temperaturas.
¿Y para qué quería eso?
Simple.
Cavé un hueco en la tierra, luego hice una tapa de barro y construí dos túneles por los que entraban, justo las palmas de mis manos.
Estos eran largos, a veinte metros su final y llevaban directo a la fosa improvisada en la cual metí el recipiente con la espada encima.
Cerré la fosa y coloqué mis manos en los túneles antes de expulsar una llama súper potente por ellas.
Apliqué el mayor maná posible y, en cuestión de dos minutos, revisé y, como pensé, el metal de la espada estaba en el recipiente totalmente líquido.
Sin perder tiempo coloqué unos moldes previamente hechos con magia de tierra y, usando la lanza como pinza, logré verter el metal en los moldes.
“Listo” pensé cuando se solidificó , y empecé a pulir el escudo recien echo con una piedra áspera.
Pasaron tres horas, esta fue la parte más tardada.
No podía usar maná para acelerarla y yo quería un buen acabado.
Frente a mí, un escudo con un hueco circular estaba recién hecho.
“Es hora “pensé.
Con ese último pensamiento coloqué la piedra en el orificio y, con pequeños hilitos de metal, sostuve la esfera.
Rápidamente, en mi dedo apareció un soplete para unir el metal y hacer la unión más fuerte.
Eso era lo que tenía en mente, un escudo capaz de canalizar maná en hechizos con la mayor eficiencia.
Ahora que mi maná no crecía, siempre quería tener mis reservas llenas, y eso me convertiría en un combatiente sin límite.
El escudo llevaba una pequeña muñequera para que siempre estuviera conmigo, incluso cuando no estuviera en guardia.
Sin duda, me vería más intimidante.
Ahora, en mi mano derecha la lanza, y en la izquierda, el escudo.
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