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Mushoku tensei: Hitogami me quiere muerto, lo matare. - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capitulo 30 Recuerdos y lucha
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31: Capitulo 30: Recuerdos y lucha 31: Capitulo 30: Recuerdos y lucha Caminaba a pie.

Decidí que ya no tenía prisa.

Por primera vez en mucho tiempo no había una urgencia persiguiéndome.

Aprovecharía el viaje para detenerme por las noches y mejorar mi equipo poco a poco.

Lo primero que revisé fue mi pierna.

Si ya había hecho tanto con mi mano, no tenía sentido dejarla atrás.

Mi estilo de combate había cambiado.

El estilo Dios del Norte se adaptaba mejor a mí: tácticas, improvisación, lectura del rival.

No era elegante, era eficiente.

Seguí avanzando con rumbo a Asura, mi última parada antes de entrar a los territorios del norte.

Entonces lo vi.

Un monumento.

El monumento de las Siete Potencias Mundiales.

Mis pasos se detuvieron solos.

Lo recordé de inmediato… aquel viaje, aquella época.

Kurt.

Y Geese.

Recordé cómo Kurt casi saltaba de emoción cuando Geese nos explicó qué era ese monumento.

Cómo me jaló del brazo con esa sonrisa llena de sueños.

—Rudeus, mira esto.

Algún día tú y yo estaremos en el primer y segundo lugar— Una sonrisa amarga se me escapó.

Mi viejo amigo.

Lo extrañaba.

Había podido lidiar con otras muertes.

Bachiro.

Gablin.

Me sentía culpable por ellas; esa mujer me buscaba a mí, no a ellos.

Pero incluso entonces, lo que más me dolía era pensar en Kurt triste por perder a sus amigos, más que sus muertes en sí.

Pero él… Con Kurt no pude.

Mi mejor amigo.

Mi hermano.

Y murió de esa manera.

Apreté los puños con fuerza.

El círculo mágico recién ajustado en mi mano protésica reaccionaba a mis emociones.

La izquierda sangró un poco por la presión, pero la derecha… Explotó.

Astillas, tornillos y fragmentos de metal y madera salieron disparados.

Bajé la mirada.

Mi mano estaba destruida.

Me agaché y recogí algunos de los pedazos.

Buena modificación… reaccionaba perfectamente a la fuerza que yo quería aplicar.

El problema no era el mecanismo.

Era yo.

Esta mano no resistía la fuerza que ahora tenía.

Agarre los restos entre mis dedos con frustración, la tendria que reparar.

Y volví a mi tema que me iso hacer eso.

Él me lo quitó todo.

Me quitó a mi mejor amigo.

Me quitó mi mano.

Me quitó mi pierna.

Me quitó mis mayores fortalezas.

Fruncí el ceño.

“Mataré a ese cardenal malparido” Eso era seguro.

Y no sería una muerte gloriosa.

No dejaría que escapara tan fácilmente.

Haría que pagara por todo lo que me quitó.

La muerte sería un escape, y no pensaba concedérselo.

Seguí caminando, perdido en mis pensamientos, me detube y repare mi prótesis, hasta que el paisaje cambió.

La cordillera de los Dragones Rojos.

Peligroso… pero manejable.

Levanté la vista y vi varios wyrms rojos surcando las montañas.

Majestuosos.

Imponentes.

“Kurt amaría verlos…” El pensamiento se disipó cuando sentí presencias acercándose.

Dos.

Dos mujeres.

Una iba enmascarada, de cabello negro.

La otra era alta e imponente.

Cabello blanco, ojos amarillos y rasgados.

Su abrigo imponía tanto como su presencia.

Y su mirada… Una de esas miradas que te juzgan incluso antes de abrir la boca.

Se acercaron y se detuvieron frente a mí, y la peliblanca me examino.

Me sentí incómodo.

—Disculpe, ¿la conozco?— La mujer alta me observaba fijamente.

—No, aún no —respondió—Pero tengo una pregunta— —Claro, pregunte— Activé mi ojo clarividente, inyectándole más maná del habitual.

Algo estaba mal.

Su figura no se veía clara… temblaba, se fragmentaba en múltiples posibilidades.

—¿Conoces al Hombre-Dios?— Me relajé.

Hitogami había dicho que solo ciertos individuos conocían su existencia, específicamente la familia de Aleksander y sus apóstoles.

—Sí, claro.

Soy uno de sus apos…— No terminé la frase.

Saqué la lanza que aún llevaba envuelta y la levanté con ambas manos.

El impacto fue brutal.

Chispas saltaron cuando sus uñas chocaron contra el arma.

Solo con eso, unas ulas rivalizaban con mi lanza.

Mi ojo no pudo decirme cómo ni en que momento cuando ella me pateó contra la parte interna de la montaña.

Reboté contra la pared del pasadizo y caí al suelo.

Cuando levanté la vista, ya estaba frente a mí.

Demasiado cerca.

Me agarró del estómago.

Intenté liberarme, pero era tarde.

Un pulso de maná.

Devastador.

Sentí cómo algo dentro de mí se retorcía.

Un remolino se formó en mi interior, como un huracán hecho de sangre.

Arrasó con todo lo que encontró.

Por el hecho de que aún podía respirar, supe lo que había perdido.

Mi estómago.

Mis intestinos.

De suerte se salvaron mis pulmones y corazón.

El dolor era indescriptible.

Me llevé las manos a los oídos.

La presión interna aumentó de golpe y sentí cómo mis tímpanos estallaban.

No podía oír.

No podía gritar.

Y aun así… Seguía vivo.

Ella me miró con lástima… y ¿decepción?

Era la mirada de alguien observando a un hijo que había perdido el camino.

En sus ojos había resignación, como si esto fuera algo que esperaba desde hace tiempo, algo que no quería, pero que aceptaba.

Entonces lo entendí.

Era ella.

La mujer de la que habló Hitogami.

La Diosa Dragón.

La raíz de todo el mal, la que ,según él, tal vez fue quien me trajo a este mundo.

¿Por qué?

Tal vez me quería como una herramienta.

Tal vez esperaba que la ayudara a destruir este mundo.

Ni hablar.

Apreté los dientes y conjuré lo mejor que tenía.

El hechizo más destructivo que podía lanzar.

Frente a mí nació un fuego abrasador.

Aumenté su potencia y concentración, reduje el área y elevé la velocidad al límite.

En menos de tres segundos lo lancé.

Ella era más rápida.

Activó un hechizo que absorbió el mío… pero aun así, mi magia terminó destrozando el suyo.

“Demasiado poderoso para ser contenido, ¿eh?” pensé en un breve momento de satisfacción mientras el hechizo continuaba su curso directo hacia ella.

Desapareció.

Y reapareció frente a mí.

Me tomó de la mano buena, como si fuéramos a bailar.

Era obvio que no era su intención real.

Apretó.

Caí al suelo.

Intenté gritar, pero mis cuerdas vocales ya dañadas sangraron al forzarlas.

Mi mano era ahora un revoltijo de huesos dislocados y fracturados.

Aun así, la levanté y formé una bala de tierra a máxima velocidad.

Ella puso la mano al frente.

Mi hechizo se disipó como neblina.

Mis ojos comenzaron a lagrimear, cai de rodillas.

Retrocedí usando la mano protésica y mis piernas, que ya empezaban a fallar.

Iba a morir.

No había duda.

Incluso si me dejaba ahora, mis hechizos de sanación sin canto no estaban funcionando dentro de mí.

Y ella no parecía tener intención de detenerse.

Entonces nuestras miradas se cruzaron.

Por un segundo… solo un segundo, apareció un atisbo de ternura en su rostro.

Desapareció al instante.

Me pateó fuera del camino.

Mientras caía al abismo entre las montañas de wyrms, lo último que escuché fue: —Nanahoshi, sigamos— Ese era mi final.

No podría vengarme del cardenal.

No podría vengarme de Reida.

No podría vengarme de Darius.

No podría convertirme en el más poderoso.

Sería olvidado.

—————————————————— Tres individuos caminaban por las faldas de las montañas de wyrms.

—¿Qué hacemos aquí?— —Tú no lo sabes porque sí lo hiciste, pero con todo lo que alteramos, Rudeus nunca pudo comer la carne de un Reyback— —¿Entonces para eso atacamos a ese idiota?— Iban a seguir caminando, pero entonces vieron algo.

Una masa de carne casi irreconocible.

—Realmente le dieron duro a ese tipo…— —Por suerte tiene boca…— —Pero no estómago— dijo el hombre más viejo mientras lo examinaba con las manos.

—Le curaré el estómago.

Si no funciona, tú irás en su lugar— dijo señalando al más pequeño, que se parecía a Rudeus.

—¿Qué?

¿¡Por qué yo!?— —Te pareces más a él que nosotros— —Qué estupidez…— —Calma, está funcionando— dijo el enmascarado.

—¿Y su brazo y pierna?— preguntó el más alto.

—Parece que los perdió desde antes.

Mucho antes— —Vaya que le dieron duro, y más de una vez, jajaja— —Da igual.

De él dependerá si es digno de vivir— dijo el enmascarado, antes de depositar la mitad de toda la carne que habían extraído en su boca.

—¿Solo la mitad?

Dale todo de una vez, no la necesitamos— —Tiene bloqueado su factor Laplace.

De alguna manera replicaron el mecanismo de sellado que usaríamos en el futuro para el Laplace original— —Eso es una mierda.

Espera… si es así, ¿cómo estás seguro de que funcionará darle eso?

¿No es inútil?

Mejor guardémoslo y hagamos un clon, solo nos falta aprender a recuperar almas del otro mundo o algo así— —Las almas se desvanecen en maná.

No habrá tiempo para transferirla— —Qué estupidez… lo que sea, dale la carne y larguémonos.

Déjalo a la suerte— Los cuatro terminaron de ayudar a Rudeus a masticar y tragar la carne de Aleksander antes de marcharse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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